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¿Feminismo o Hembrismo? De la igualdad de la mujer a su supremacía



El feminismo imperante, con tantos matices según su radicalidad, ha dividido el mundo en buenos y malos. Las mujeres sumarían todas las virtudes: intuitivas, transmisoras de vida, pragmáticas, sensitivas, pacíficas. Los hombres, ya se sabe: brutales, cazadores y guerreros, indolentes, insensibles, violentos. Un estadio inferior en la evolución humana. Hay que frenarles y, en consecuencia, desposeerles de todo poder, reeducarlos, acallarlos. Pero este feminismo, por mucho que digan, no es un feminismo de la igualdad, supuesto remedio del machismo culpable de todos los males; es un feminismo de la supremacía y de la revancha.
Fernando de Haro

15 de noviembre de 2007
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Fernando J. Vaquero
 
Una entrevista realizada a María Teresa Fernández de la Vega ocupó el espacio más relevante del remozado El País Semanal del pasado 21 de octubre, ejemplar simultáneo a la nueva presentación del diario El País; aspirante cualificado al liderazgo de los diarios globales en español.
 
Nada menos que nueve páginas -dos de ellas correspondientes a otras tantas fotografías muy cuidadas en blanco y negro- le fueron reservadas en este producto divulgativo de las factorías de lo “políticamente correcto”; de especial incidencia en un sector muy relevante de la población lectora española. Un largo e interesante recorrido por las inquietudes feministas de nuestra poliédrica Vicepresidenta.
 
Nadie dudaba de su militancia feminista, faltaría más. De modo que, para explicar los orígenes de su trayectoria pública, Fernández de la Vega estableció una diferencia entre el llamado feminismo de la diferencia y el de la igualdad: la aceptación por el segundo de la militancia dentro de los partidos políticos al uso. Pero no nos engañemos. Tal matiz no se remite tanto a su supuesta moderación, como a la opción posibilista dentro del sistema, frente a las tácticas “separatistas” del primero.
 
El hembrismo
 
Una combinación de términos muy atractiva -feminismo de la igualdad- que aparentemente huiría de sus versiones más extremistas, que bien pudiéramos denominar como hembristas; no en vano algunas de ellas han reflexionado en torno a la conveniente desaparición progresiva de los varones al considerarlos innecesarios… En suma, un feminismo cuyo objetivo sería la conquista universal de la igualdad de derechos y oportunidades en todos los órdenes de la vida. Pero, en el caso español, el feminismo instalado en el poder, ¿realmente es igualitario?
 
Ciertamente, el movimiento feminista es muy plural, tanto en sus planteamientos como en sus actuaciones, englobando tendencias muy dispares: desde un feminismo cristiano (también diverso), anarquista, socialista, de la diferencia, separatista, radical… En algunos casos, incluso, su militancia les ha empujado al lesbianismo, al propugnar la exploración y el cultivo de lo específicamente femenino; según estas teorías, la introspección, la ternura, el pacifismo, los sentimientos maternales, la perspectiva holística, el diálogo…
 
En el seno de tales tendencias las barreras no son en absoluto rígidas, encontrándose en los foros feministas casi tantas versiones como participantes. Una pluralidad que, sin embargo, no le resta fuerzas.
 
Decíamos que Fernández de la Vega optó por el feminismo de la igualdad; mas en la actualidad esta etiqueta nominal puede significar mucho o, por el contrario, muy poco. De modo que para discernir qué tipo de feminismo nos gobierna, nada mejor que remitirnos a sus obras más recientes.
 
¿Igualdad?
 
El objetivo sería, supuestamente, la igualdad. Pero no olvidemos que entre las feministas también existe una tendencia que propugna abiertamente la supremacía sobre el varón, a modo de matriarcado compensatorio por los miles de años de imposición machista y patriarcal. De hecho, para el feminismo gobernante, la conquista de la igualdad real requiere medidas excepcionales. Y han actuado en consecuencia.
 
A la supuesta inferioridad actual de derechos, de las mujeres, la han combatido con la técnica de la discriminación positiva, imponiendo desde la legalidad mayores niveles de participación en la vida laboral, social y política: la llamada cuota femenina. Y no olvidemos la progresiva feminización de la universidad, la sanidad, la justicia…
 
En el ámbito de la familia, sus objetivos están nítidamente encaminados. Unos generalizados aborto y anticoncepción son presentados como las claves de la emancipación de la mujer. También son concebidos como las herramientas que desplazan el poder real, del hombre a la mujer, en las relaciones de pareja; al situarse ellas como únicas administradoras de los objetivos y tiempos de la procreación y, en consecuencia, de la educación de los hijos. Así, al hombre le resta únicamente la donación incondicional de su herencia genética y de su fuerza laboral, dentro y fuera del hogar. ¿Dónde queda, entonces, la receta del diálogo y la aspiración a la igualdad, como remedios de las tensiones e imposiciones en la vida de pareja?
 
La etapa siguiente ha sido la asignación automática de la custodia de los hijos, en los supuestos de ruptura, a la mujer. Si el hombre mantiene mayores pretensiones, deberá demostrar que está especialmente capacitado, así como que la mujer no es una buena madre. Y, para los casos de resistencia masculina, las denuncias falsas son un buen “suavizante”; e, incluso, como táctica preventiva. Un peculiar maridaje entre una aplicación perversa de la legalidad, fruto de particulares intereses egoístas, y los objetivos generales del movimiento feminista. No en vano, la legislación divorcista, también en su modalidad exprés, beneficia especialmente a la mujer, tanto por lo que respecta en el plano económico, como en la prelación de los restantes derechos y pretensiones.
 
Para combatir la violencia en el ámbito familiar, imperativa preocupación de toda sociedad decente, han diseñado una estratagema discutible, pero ya ampliamente implantada, sin escándalos ni apenas resistencias: la destrucción de la presunción de inocencia del varón en el contexto de las denuncias penales por supuestos delitos acaecidos en ese entorno.
 
El varón como chivo expiatorio
 
De todo ello se derivan múltiples consecuencias prácticas que arrojarán al varón al ostracismo social, al umbral de la pobreza, y a la desesperación personal; gravándolo, en su caso, con una pena superior a la impuesta a mujeres por los mismos delitos. Recordemos, igualmente, el tratamiento informativo e institucional de esta modalidad de violencia que ignora olímpicamente a sus víctimas masculinas; un porcentaje que oscila entre un 15 al 20% del total. Y un interrogante colateral: ¿qué pasa con la tasa de suicidios, de superior prevalencia masculina, especialmente en situaciones de crisis familiar? ¿Nadie estudia este fenómeno ni propone actuaciones preventivas?
 
En el ámbito de la salud, son encomiables los grandes avances en medicina preventiva y especializada. Es el caso de las campañas dirigidas a la detección precoz del cáncer de mama y, por ejemplo, de la reciente implantación de la discutida vacuna contra el cáncer de cuello uterino en niñas. Pero, ¿por qué no existen planes análogos ajustados al cáncer de próstata, de especial incidencia entre la población masculina?
 
Una pincelada a las actuaciones de solidaridad internacional. En este contexto, las feministas han destacado por actuaciones tendentes a la implantación del aborto como medio anticonceptivo; incluso de la esterilización forzosa. Pero, sin embargo, no se movilizan en absoluto contra el genocidio silencioso de millones de bebés de sexo femenino, perpetrado en las últimas décadas por medio del aborto selectivo, en China y la India. Otra contradicción que acaso cuestione sus dogmas. El mismo ardid ideológico de siempre: se reinterpreta la realidad y todo dato incómodo se omite.
 
Igualmente, la todavía insuficiente campaña mundial contra la mutilación genital femenina tampoco ha encontrado el equivalente dirigido a la denuncia y eliminación de la mutilación genital masculina, la circuncisión practicada por musulmanes y judíos a todo recién nacido. ¿Otro ejemplo de doble moral?
 
El feminismo imperante, con tantos matices según su radicalidad, ha dividido el mundo en buenos y malos. Las mujeres sumarían todas las virtudes: intuitivas, transmisoras de vida, pragmáticas, sensitivas, pacíficas. Los hombres, ya se sabe: brutales, cazadores y guerreros, indolentes, insensibles, violentos. Un estadio inferior en la evolución humana. Hay que frenarles y, en consecuencia, desposeerles de todo poder, reeducarlos, acallarlos.
 
No. Este feminismo, por mucho que digan, no es un feminismo de la igualdad, supuesto remedio del machismo culpable de todos los males de la historia de la humanidad. Es un feminismo de la supremacía y de la revancha.
 
Entonces, ¿feminismo o hembrismo?
 

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