''¿Le interesa este artículo?
¡A sus amigos también!
Mándeselo. (Click aquí.)''

Cerrar
 Háganos su página de inicio

 Añadir a favoritos
  

    

Hemeroteca 

Quiénes somos 

Contactar 
Jueves, 02 de septiembre de 2010 
  NACIÓN         MUNDO Y PODER         CULTURA         IDENTIDAD         DINERO         NATURALEZA         COMUNIDAD         TRIBUNA         ENTREVISTAS         REVISTA EN PAPEL  
Ternura, erotismo y clasicismo
Ver más
Lo que somos. Lo que nos mueve

Javier Ruiz Portella

JOSÉ ANTONIO NAVARRO GISBERT
De taxis anchoas y otras menudencias

JESÚS J. SEBASTIÁN
Darwin: evolucionismo o creacionismo

DAMIÁN RUIZ
La tontería predominante

JUAN PABLO VITALI
La histeria de un burgués asustado

TRIBUNA
Allan Bloom o cuando la universidad vende su alma


Antonio Martínez

22 de enero de 2008
Imprimir esta noticia
Enviar a amigos

Existen palabras que están rodeadas de una indudable aura de prestigio. “Universidad” y “universitario” se encuentran entre ellas. A pesar de la devaluación que hoy afecta hasta a las instituciones más venerables y respetadas, el “haber ido a la Universidad” sigue evocando unas resonancias que van mucho más allá de obtener un título académico que, en teoría, abre las puertas de un futuro profesional más o menos brillante. 
 
En efecto. Ese “haber ido a la Universidad” no implica simplemente cursar una serie de asignaturas que certifican una cierta competencia intelectual en tal o cual campo científico o técnico. Tradicionalmente, ha significado bastante más que eso: y es que al universitario se le consideraba investido de un “espíritu universitario” que le imbuía de un amor al saber que excedía los estrechos límites marcados por el programa que va a ser objeto del correspondiente examen. El universitario de toda la vida leía libros sin que se los mandaran, frecuentaba constantemente la biblioteca de la Facultad, asistía a conferencias, discutía con pasión en los cafés sobre ciencia, política, filosofía y literatura y no perseguía el simple saber especializado de su disciplina. Se entendía que era misión esencialísima de la Universidad estimular en sus estudiantes esta disposición: no en vano, la palabra “universidad” nos remite a la noción medieval de la universitas studiorum, al saber humano entendido como totalidad orgánica: el saber “universal” al que se ha consagrado durante siglos la institución universitaria rehúye la especialización fragmentadora y busca sin descanso la integración de las diferentes disciplinas en una gran unidad todos cuyos elementos están interconectados y se iluminan entre sí. El espíritu de Santo Tomás de Aquino, patrón de las universidades de Occidente, se encuentra, sin duda, reflejado en esta concepción “sinfónica” del saber que aspira a convertirse en sabiduría.
 
Pero, según la célebre frase de T.S. Elliot, la cultura occidental contemporánea ha cometido el imperdonable pecado de despreciar el saber en beneficio de la mera información. Ahora tenemos trillones y trillones de datos e informaciones fragmentarias, pero no sabemos qué hacer con ellas. Y la Universidad se ha sumado alegremente a esta nefasta revolución: el “espíritu universitario”, la aspiración de alcanzar una luminosa y compleja visión sinóptica del mundo, ha sido sustituida por la anarquía intelectual y la disgregación de las disciplinas, que ha convertido las Universidades en reinos de taifas, en archipiélagos de departamentos y facultades autistas, dedicadas con fruición al vicio de una “masturbación intelectual” en la que lo esencial es la hipertrofia irracional de la disciplina propia: producir, en desbocada metástasis, toneladas y más toneladas de artículos, programas, seminarios etc., etc., cuyo impresionante volumen se considera signo de que el campo de estudio propio posee una importancia extraordinaria. Y, mientras, los estudiantes se quedan en la más absoluta orfandad. ¿Unidad del saber? ¿Aspiración a la belleza, la verdad y la sabiduría? ¿Sacrificio del ego y sus opiniones en aras de un servicio desinteresado a la realidad objetiva de las cosas? ¿Veneración por el acervo cultural heredado al menos desde Grecia? Lenguaje anacrónico, palabras que hay que condenar al ostracismo. La nueva consigna se mueve en una dirección completamente opuesta: guerra sin cuartel a la tradición, difusión sistemática del caos y la irracionalidad por todos los intersticios del gran edificio universitario. Esto es lo que parece exigir el carnavalesco espíritu de nuestro tiempo, que pretende quemar en una inmensa pira, y en nombre de un nuevo concepto de “libertad”, los venerandos libros que han custodiado hasta ahora el tesoro de nuestra cultura.
 
Esta es la gran revolución que Allan Bloom, prestigioso profesor de la Universidad de Chicago, denunciaba, a finales de la década de 1980, en El cierre de la mente moderna. Su lúcido análisis se refería a la evolución de la Universidad americana desde 1950 a 1980, pero mantiene hoy en día todo su valor. En síntesis: para Bloom, la Universidad contemporánea –europea o americana- se ha quedado sin alma. El virus del más absoluto relativismo se le ha colado hasta el tuétano. Ya no tiene ningún corpus de alta cultura que ofrecer a sus estudiantes. Dicho de otra manera: el sagrado “espíritu universitario” de antaño se encuentra hoy a punto de expirar. La Universidad, enferma de narcisismo e indiferencia a la sabiduría, ha vendido su alma al demonio de una especialización paroxística. Y, porque ha perdido su propia alma, ya no es para sus estudiantes una “alma mater”, es decir, una madre nutricia que les proporciona el alimento del auténtico saber. Lógicamente, una Universidad así ya no aspira a llegar al alma de los jóvenes universitarios, ni a ser para ellos una experiencia vital, intelectual y espiritual decisiva. Y en esto consiste su culpa, su catástrofe y su tragedia.
 
Decía el antiguo lema de los salesianos: “Da mihi animas, cetera tolle”. Es decir: dame las almas y llévate lo demás. Lo que Bloom denuncia respecto a la Universidad de nuestros días es justo lo contrario: que le da igual el alma de sus alumnos, y que ya no pretende iniciarlos en el misterio de ninguna alta y hermosa sabiduría. Sin duda, estamos aquí ante uno de los mayores desastres culturales de nuestro tiempo.
Otros artículos de Antonio Martínez
¿Qué significa el mito de la Tierra Hueca?
René Guénon, ¿profeta de nuestro tiempo?
El toro, Cataluña y el alma de España
España en la hora de la verdad
¿Qué debemos hacer con el velo islámico?
¿Por qué nos fascina la interconexión global?
¿Qué había en los ojos de la muchacha afgana?
¿Por qué todo parece estar yendo a peor?
La carrera que yo habría querido hacer
¿Haría usted un testamento espiritual?
¿Es posible una nueva libertad educativa?
En busca del alma secreta de la ciudad
¿Es posible crear una "sociedad lúdica"?
¿Debe pedir perdón Wyoming a Hermann Tertsch?
¿Una Europa sin minaretes?
¿Quién es Fethullah Gülen?
Hipatia: vista desde el cristianismo
¿Por qué nuestros institutos se han quedado sin alma?
¿Por qué los finlandeses veneran tanto el latín
¿Es importante la astronomía en nuestra cultura?
Las góticas hijas de Zapatero
¿Qué hay detrás de la "batalla" de Pozuelo?
Las insensateces del "transhumanismo"
¿Tenemos demasiadas carreras universitarias?
¿Terminaremos todos con chilaba?
¿Ha ganado Rajoy las elecciones europeas?
¿Para qué diablos sirve la filosofía de Kant?
¿Podemos utilizar el cine de otra manera?
"Arte" conceptual (así lo llaman...) en Cartagena
Una nueva forma de mirar el mundo: he ahí la cuestión
La crisis… y el dinero: ese signo vacío
Recuperar a los auténticos sabios
¿Convertir Europa en un gran Marrakech?
Sí se puede cambiar la televisión. No hay que abolirla
La Tierra morirá dentro de 5.000 millones de años. Entre tanto…
Eluana Englaro debe vivir
Padres e hijos, ¿extraños entre sí?
Un filósofo marciano viene a la Tierra
¿Puede beneficiar a España la crisis?
Así se debe enseñar a nuestros alumnos
La Alianza de Civilizaciones, un perfecto bluff
Soluciones ante el desafío cosmopolita (y V)
El desafío cosmopolita (IV)
EN BUSCA DE UN NUEVO MITO (III)
EN BUSCA DE UN NUEVO MITO (II)
En busca de un nuevo mito (I)
La Universidad: ¿troquel de técnicos? ¿O centro del saber?
España 2008: crisis económica y crisis moral
¿Hacia qué abismo se deslizan nuestras librerías?
¿Para qué demonios sirven las Humanidades?
Darse de baja
Ir a Portada

Lejos de Itaca
¿Regalar Ceuta y Melilla a Marruecos?
José Vicente Pascual
Ver más blogs 
1 Para los niños de antes, con orgullo
2 DAMIÁN RUIZ
La tontería predominante
3 JESÚS J. SEBASTIÁN
Darwin: evolucionismo o creacionismo
4 JOSÉ ANTONIO NAVARRO GISBERT
De taxis anchoas y otras menudencias
5 Acabemos ya con la destrucción de la naturaleza


http://www.elmanifiesto.com | Aviso Legal | Política de Privacidad | Quiénes somos | Contactar |
Copyright © 2010 El Manifiesto Digital, S.L.