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(Para Julián Villaverde)
 
“El hombre que la educación debe realizar en nosotros no es el hombre tal y como la naturaleza lo ha hecho, sino tal y como la sociedad quiere que sea”. Esta reflexión de E. Durkheim viene al caso para enmarcar los contornos aparentemente difusos de la profunda crisis educativa que nos asola. Queda lejos de ser cierto que esa crisis tenga su fundamento en la carencia de un proyecto educativo formal o en la ineficacia de las políticas e instituciones formativas. Esta educación que padecemos, en fuerte contraste con las apariencias, responde con claridad al modelo de individuo, de ciudadano y de persona que nuestro occidental sistema de ideas requiere para que sus ecuaciones culturales, sociales y políticas cuadren a medio plazo. Precisamente.
 
Los ideales educacionales surgen siempre con posterioridad al diseño del tipo de sociedad en la que se desea vivir. Una certeza que nos acompaña al menos desde los diálogos de Platón. Una política educativa correcta será siempre aquella que aporte la clase de individuos que el estatu quo requiera para perpetuarse en el tiempo. Por tal motivo, las dudas que a todos nos asaltan al apreciar las profundas carencias formativas que apreciamos en las generaciones más jóvenes no deben dirigirse hacia el modelo educacional en sí, pues no es éste otra cosa que un mero instrumento técnico al servicio de los grandes proyectos que lo requieren. Es el tipo de sociedad que nos espera a la vuelta de una generación lo que en último extremo debe llamarnos a la reflexión, yo digo que incluso a la revuelta.
 
Estas preocupaciones alcanzan su punto álgido en lo referente a la formación axiológica, a la formación en valores. La crisis de las Humanidades en los actuales planes formativos obliga a cuestionarse si el ciudadano, el individuo, la persona que el Sistema requiere no será en definitiva un tipo ignorantón, carente de un mínimo espíritu crítico e incapacitado para advertir los graves defectos y carencias del tiempo político que le toque vivir, escindido a perpetuidad de las cualidades necesarias para poner en duda, tal vez en riesgo revolucionario, la aparente verdad de los dogmas a la mano. Privados de toda sensibilidad hacia la belleza, confundidos por los efectos del escepticismo y el relativismo radical mal digerido, ¿estamos acaso educando niños y jóvenes aptos apenas para el conformismo, el consumo frenético y el horizonte próximo de lo inmediato? Todos los vectores parecen apuntar en esa dirección.
 
La cultura, que es la materia que utiliza a la educación para transmitirse en el tiempo; la paideia, si se prefiere el recurso a un concepto venerable, suponen el medio más efectivo para conducir al hombre hacia la toma de conciencia plena de todas las posibilidades que su libertad y su dignidad llevan asociadas. Pero, ¿acaso el futuro que nos aguarda necesita de gentes conscientes de esos atributos tan cansinamente metafísicos, difusos, evanescentes? Efectivamente: necesita de hombres de ese tipo. Pero para subvertirlo. Hoy, la lucha por la cultura y por los bienes heredados de la tradición supone ante todo una línea de resistencia ante lo que está por venir, ante esa sociedad de autómatas capaces de proclamar (como hoy ya proclamamos) que se vive en el mejor de los mundos posibles. Merced a su radical incapacidad para imaginar otro mundo posible en el que los ideales de justicia, de libertad y de dignidad humana abandonen los ámbitos del marketing electoral para ocupar el lugar que les corresponde en el frontispicio de una nueva sociedad, de una realidad incluso más extensa.
 
El reto de educar resulta, hoy, del compromiso de los adultos con un futuro mejor para los jóvenes. Cultivar rigurosamente el espíritu crítico encarna la penúltima oportunidad para sobrevivir a una era de naufragio y decadencia. La heideggeriana esperanza en la venida de un dios que nos salve sería, ciertamente, el último saliente del precipicio al que asirnos. Pero eso es tema para otra ocasión.

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