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LO QUE SOMOS. LO QUE NOS MUEVE

Javier Ruiz Portella
Editor


19 de marzo de 2008
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Tal vez acaba usted de entrar por primera vez en Elmanifiesto.com. Y tal vez se esté preguntando: ¿es esto un periódico? Sí, sin lugar a dudas. Pero ¿es un periódico… “normal”? No, de ningún modo. Está usted ante el periódico más anormal que existe. Tanto por su forma como por su contenido.
 
Por su forma. Porque es el único periódico que aborda, por ejemplo, la actualidad… y al mismo tiempo el pasado, la historia. Porque tampoco es, por otro lado, ninguna revista de pensamiento (si quiere una, y de alto nivel, también se la ofrecemos) y, sin embargo, las cuestiones culturales, sociales, artísticas… son aquí tan importantes, si no más, que las políticas. Unas cuestiones políticas que, sin embargo, sólo se abordan si no tienen nada que ver con la politiquería habitual: con ese conjunto de retóricas hueras y triquiñuelas hábiles (o torpes) que el poder monta y los medios de comunicación repercuten.
 
Por su contenido. Porque somos inclasificables. Porque no hay forma de poner una etiqueta a las ideas que, dentro de una amplia pluralidad, defienden nuestros colaboradores. Unas ideas que, por un lado, no son ciertamente de izquierdas (aunque ello no impide que podamos coincidir con tal o cual planteamiento de la izquierda; por ejemplo, con la denuncia de la insensatez de fondo que caracteriza al sistema económico imperante). Pero nuestras ideas tampoco tienen nada que ver con los planteamientos de derechas: ni con los de la derecha liberal (aunque practicamos y hacemos nuestro lo mejor de su espíritu de apertura, de libre confrontación de ideas), ni con el de la derecha conservadora (cuyo rechazo de la inmediatez material, cuya búsqueda de valores superiores está movida, sin embargo, por una inquietud bien parecida a la nuestra).
 
¿Qué inquietud nos mueve?
 
Nos mueve —digámoslo abruptamente— la profunda aversión que despierta en nosotros el mundo que nos envuelve… y asfixia. Lo que nos ahoga es ese mundo como tal: el espíritu que impregna nuestras instituciones y valores, nuestros principios y sensibilidad; no tal o cual “defecto”, no tal cual aberración.
 
Las aberraciones abundan, claro está, pero lo que nos horroriza es, ante todo, lo que ellas implican. Nos horroriza, por ejemplo, lo que subyace a un “arte” (sic) donde, en el colmo de su degeneración, hasta se hace morir a un perro en una galería de “arte”. (Y si nos estremece la suerte de un animal privado de su animalidad —de su acometividad, de su capacidad defensiva: todo lo contrario de lo que ocurre en los toros—, aún más nos horroriza la suerte deparada a lo más grande que había presidido durante quince mil años el discurrir de los hombres por la tierra: el estremecimiento ante la belleza, el sobrecogimiento denominado “arte”.)
 
Y nos horrorizan tantas otras cosas… —ésas que nunca encontrará nadie en el programa de ningún partido. Nos horroriza la vulgaridad, la absurdidad, el sinsentido de nuestras vidas: ese vagar de unos seres mediocres y grises, dedicados a producir, consumir y, como los objetos producidos y consumidos, morir.
 
Nos horroriza la ausencia de todo horizonte comunitario, de toda proyección histórica, hacia el pasado y hacia el futuro: esa ausencia que nos hace deambular como átomos que, disgregados, van dando tumbos por el mundo.
 
Nos horrorizan las consecuencias de tanta pequeñez, de tanta mediocridad productivista y consumista: nada noble, nada grande, nada heroico mueve ni puede mover a nadie en el gran Supermercado en el que el mundo se ha convertido.
 
Y nos horroriza —la lista sería interminable— que junto con los hombres y la muerte de su espíritu, sea también la tierra misma la que se ve amenazada de extinción o degeneración.
 
¿Catastrofismo?
 
¿Es catastrofismo apocalíptico lo nuestro? Si semejante etiqueta tranquiliza a alguien, ¿por qué privarle de tan cómodo consuelo? Si la placidez es lo suyo, siga durmiendo tranquilo, amigo. Si las cosas que acabamos de recordar no le horrorizan; si sólo le molestan o desagradan; ya no digamos si las aplaude o niega su existencia, entonces sí, tiene toda la razón del mundo: lo nuestro es puro catastrofismo.
 
Un curioso “catastrofismo”, sin embargo. Porque lo peor de todo no son siquiera las implicaciones de tantos desmanes. Lo peor es esta paradoja: el mundo que se ve de tal modo abocado al abismo es un mundo cuyos pilares —la libertad de pensamiento, la racionalidad científica y la riqueza engendrada por la eficiencia técnica— deberían, por el contrario, alzarlo hasta la más alta de las plenitudes.
 
¿Por qué no ocurre así? ¿Por qué sucede todo lo contrario? ¿Es posible, acaso, remediar —y cómo— tal situación? ¿De qué forma se podría darle la vuelta al destino de los hombres privados de destino?… Cuestiones inmensas, decisivas. Pero cuestiones que —abiertamente planteadas en nuestras Páginas Culturales,en nuestra revista o en el texto del Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra—no se pueden abordar con toda la profundidad requerida en las páginas de un periódico. Sólo cabe plantearlas de forma indirecta: en la medida en que, sobre el trasfondo de tales preguntas, se enfocan, plantean y analizan las cuestiones —actuales, históricas, culturales, políticas…— que día tras día llenan las páginas del periódico más políticamente incorrecto que imaginar se pueda.
 
 
Links:
 
(si quiere una, y de alto nivel, también se la ofrecemos) -->
http://www.elmanifiesto.com/manifiesto/numeros.asp
 
un “arte” (sic) en el que se hace morir a un perro enjaulado -->
http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=1716&blog
 
 
 
Manifiesto contra la muerte del espíritu y la tierra --> http://www.elmanifiesto.com/manifiesto/texto_manifiesto.asp

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