Crisis del PP: entre profesionales anda el juego

De los idus de marzo al solsticio en Valencia

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JOSÉ ANTONIO NAVARRO GISBERT
 
La aparición de Mariano Rajoy en el balcón de Génova 13, el 9 de marzo arropado por su esposa con una expresión que valía por un millón de palabras, culminó con un adiós del líder que en aquel momento tenía todo el significado de una despedida. Cabía esperar que cualquiera de los derrotados en la cita electoral, sería víctima de un ajuste de cuentas ejecutado por sus partidarios, cumpliendo el axioma de que la derrota es huérfana. No cabían justificaciones del tenor de dulce derrota o amarga victoria: o derrota o victoria, sin paliativos, y loor al triunfador y un tupido velo para cubrir la retirada del derrotado. Sin embargo, como impulsados por un resorte, al unísono, la parte más visible del aparato del Partido Popular, se disparó en un ejercicio de apoyo a su líder para insuflarle ánimos en su decaído espíritu. Fue, sin que quepa conferir a esta actitud un carácter peyorativo, una reacción automática de los políticos populares, situados en las posiciones de control político, administrativo y operativo del partido.
 
Nada nuevo bajo el sol, aunque haya desatado una tormenta con efectos impredecibles. Conviene una reflexión acerca de los políticos profesionales, o con mayor propiedad con los profesionales de la política. Y una advertencia: cuidado con la descalificación extensiva a toda la llamada clase política, porque puede arrastrar al desprecio, junto a personas, a instituciones con el consabido riesgo de producir rupturas de difícil reparación.
 
Profesionales de la política
 
Es evidente la profesionalización de la clase política española, situación extensible al resto del mundo. Excepcionalmente existe algún político en ejercicio que viva la política sin depender de ella, es decir, sin vivir de la política, dependiendo su mantenimiento y el de sus familias de la suerte que les favorezca en el ejercicio de su actividad. Varía la situación de esta clase política entre estar detentando el poder o aspirando a ello desde la oposición. Vale decir que incluso en este último caso esos profesionales de la política sin estar al abrigo del ejercicio del poder, cuentan, en mayor o menor grado, con remuneraciones que los pueden hacer proclives a la burocratización, aparcando incluso los idealismos que motivaron su dedicación a la política al por menor. Con los pies en el suelo admitamos esa realidad para, en el caso del Partido Popular, entender el apoyo que una parte importante de su dirigencia se aprestó a dar al candidato derrotado, sin que éste lo reclamara hasta que se vio presa del aparato encabezado por los nuevos barones de la Hispania neocarolingia.
 
La profesionalización de la política arranca en España desde que tras el golpe de Primo de Rivera de 1923, puso fin a la compatibilidad de simultanear el ejercicio de una cartera ministerial con la actividad profesional privada. Y sin ir más lejos, al inicio de la transición los Alcaldes de capitales de provincia y Presidentes de Diputaciones Provinciales percibían una remuneración de 5.000 pesetas mensuales, circunstancia ésta que obligaba tanto a los mencionados cargos como a los miembros de las Cámaras legislativas al ejercicio de sus profesiones dado lo exiguo de sus ingresos en función de su actividad política.
 
El cambio hasta llegar a la situación actual ha sido radical. Cuanto político accede a cargos de relativa importancia está obligado a la dedicación exclusiva a sus funciones y como contraprestación percibe una remuneración suficiente para cubrir sus necesidades. Si bien esto ha supuesto un avance ofrece asimismo un balance negativo. El hecho es que esta situación beneficia la disciplina de los políticos en relación a sus respectivos partidos, pero es fuente de una sumisión a éstos, de la que sólo pueden librarse aquellas personas dotadas de méritos excepcionales o de suficiencia económica.
 
En  Defensa de la Nación española, José Manuel Otero sostiene que «…los líderes, aun aquellos que siguen abiertos al diálogo y a las sugerencias cuando ya se han apagado las candilejas de los escenarios, soportan mal ciertas discrepancias, especialmente cuando quienes las manifiestan son de “los propios”, lo cual aconseja al político que no quiere jugarse su carrera o el sostenimiento de su familia, primero sacrificar la expresión de sus juicios críticos, y a la larga, reducirlos.»
 
Refiriéndose al tema de la profesionalización de la política, Azaña, en el Cuaderno de la Pobleta dejó dicho: «Yo no concibo la política como una carrera personal y, ni siquiera como una profesión en la cual se haya de ir ocupando posiciones por el simple transcurrir del tiempo y que se ejerza unas veces en el Poder y más veces en la Oposición, pasando por los turnos de adversidad o prosperidad que los vaivenes de la política traen consigo. Yo no lo concibo así… lo que hay que hacer es agotarse, rendir la máxima utilidad, y cuando el Partido o uno mismo está agotado o esterilizado, lo mejor es marcharse o acabar la vida donde uno no estorbe, dejando que otros ocupen el puesto.»
 
Claro que Azaña es hombre de otro tiempo. La profesionalización de la política es un hecho que, como al campo, no hay modo de ponerle puertas. Cierto es que Azaña, bien dotado culturalmente, y provisto de singulares dotes para ingeniosas ocurrencias, y en ocasiones para la invectiva mordaz, transmite con las palabras anteriores su característico dogmatismo, pero admitamos lo que de descriptivo puedan tener al analizar la situación por la que atraviesa el Partido Popular.
 
Veteranos y noveles
 
En los próximos días, semanas, meses, acaso años, el partido que mayoritariamente representa a la oposición, estará sujeto a tensiones que, en el mejor de los casos, consolidará en el liderazgo a quien en estos momentos es una incógnita. Como característica de estos tiempos la presencia de las generaciones de relevo tendrá un papel estelar, para asumir éstas el liderazgo, o respaldar a quien de las figuras fulgurantes compita generacionalmente con los pesos pesados actuales. En situaciones tan fluidas como la actual dentro del Partido Popular, es difícil poner a funcionar la bola de cristal que nos permita avizorar el futuro inmediato. Queda para otra ocasión expresar vaticinios partiendo del esto es lo que hay.
 
Sin embargo, resulta evidente que personalidad tan significativa en la vida política española de los últimos lustros, como el incombustible Manuel Fraga, en lugar de representar un papel de apagafuegos en las pugnas internas, asuma una actitud beligerante al parcializarse por alguien como Ruiz Gallardón, al margen de sus valores y eficacia al frente de acaso la alcaldía más compleja de España, constituye un punto de fricción excluyente. Don Manuel Fraga, que hace algunos años, al abandonar su responsabilidad política nacional, tras la indicación de José María Aznar como líder del PP, declaró, seguramente con la espontaneidad con que se da respuesta a bocajarro a los periodistas, que le había llegado el tiempo de irse preparando para la muerte, al tomar actitudes que incitan a discrepancias dentro de un Partido a cuya consolidación contribuyó de manera excepcional, no está tomando en cuenta la sentencia de Petrarca de que «un bel morir tuta una vita onora.» Y no es que, Dios nos libre, le deseemos ninguna muerte a don Manuel; al contrario: larga vida que sirva para iluminar a quienes van a necesitar luces en Valencia, cuando al final de la cosecha de cerezas y en el momento en que las brevas alcanzan su punto de sazón, el Partido Popular se disponga a decidir su futuro en un Congreso cargado de incógnitas.

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