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Teoría del fútbol

José Javier Esparza

13 de junio de 2008
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El deporte es una ritualización de la guerra, que a su vez, como decía Clausewitz, es una continuación de la política por otros medios. Y por cierto que es justamente en ese parentesco donde reside la eventual vinculación entre deporte y política. Vale la pena reflexionar algo más sobre esta vinculación primaria, y particularmente sobre el deporte como ritualización incruenta de la guerra tribal, porque, a nuestro juicio, ahí está la clave para entender el fenómeno sociológico del fútbol.
 
La continuación de la guerra por otros medios
 
La frase de Clausewitz, en términos antropológicos, debe ser leída al revés: la política es una continuación de la guerra por otros medios. En efecto, no resulta difícil imaginar que en el proceso humano de civilización la guerra fue una realidad primaria, directa, probablemente el método elemental para resolver un conflicto; sólo el refinamiento de la civilización fue capaz de alumbrar cosas como el Derecho, una herramienta reglamentaria que fija normas para evitar la mutua aniquilación. Roma fue más grande por su Derecho que por sus legiones –o mejor dicho: sus legiones, sin el Derecho que transportaban sobre los estandartes, no habrían dejado en la Historia más huella que las hordas de Atila. Sin embargo, la guerra retorna cuando el Derecho se agota, vale decir, cuando la política ya no es capaz de resolver el conflicto. A eso se refería Clausewitz, y es una realidad que constatamos todos los días a pesar del creciente refinamiento de los métodos jurídicos y políticos. Hay que concluir, por tanto, que el impulso hacia la guerra siempre está ahí, y más específicamente, que tal impulso forma parte de la más íntima condición humana.
 
A lo largo de la Historia, todas las sociedades han establecido cauces para domar la pulsión guerrera, para canalizar –y hacer inocua- esa tendencia a la guerra que duerme en nuestra más profunda conciencia tribal. El Derecho, ciertamente, es el cauce más duradero. Pero también fue un buen cauce la limitación social de la posibilidad de guerrear a castas exclusivamente orientadas a ello (eso ha pervivido en Europa hasta 1789), o la ritualización de la guerra a través del torneo, donde el Campeón guerrea por toda la comunidad. Aquí es donde hay que incluir la dimensión antropológica del deporte: no sólo permite encauzar las energías físicas sobrantes de la gente hacia una actividad inocua, como acertadamente veía Arnold Gehlen –por eso es tan importante el deporte en grupos sociales excedentarios en energía física, como los jóvenes-, sino que, además, reproduce de forma incruenta la agresividad de la comunidad y la canaliza a través de la competición con el prójimo, como ha señalado Michel Maffesoli.
 
Es esta última característica la que confiere al deporte de masas su fuerza irresistible: los colores del equipo preferido son la bandera de la tribu, y el equipo, al jugar con otro, ritualiza sin sangre el combate tribal. Las banderolas, los cantos rítmicos o las pinturas de guerra sobre los rostros de los aficionados forman parte de la necesaria liturgia. Eso explica también por qué esos grupos de descerebrados neo-primitivos que se ha dado en llamar “neonazis” han escogido como escenario de sus efusiones precisamente los estadios de fútbol, y no otro marco. En el griterío del estadio resuena la voz de la horda primitiva con nitidez mucho mayor que en las campas de los partidos radicales.
 
Hay que insistir en que se trata de una horda neutralizada, y que su primitivismo es ritual e incruento. En cierto modo, y contra la opinión común, podríamos decir que el estadio de fútbol no sólo no es caldo de cultivo de la violencia frenética de las masas, sino al contrario, que el estadio ha neutralizado en gran medida esa violencia. Si hoy es prácticamente imposible imaginar escenas de masas callejeras como las que conoció Europa en los años veinte y treinta del siglo pasado, ello se debe en buena medida, a nuestro juicio, a que el deporte de masas ha aportado un escenario de neutralización donde la violencia se canaliza de manera incruenta y limitada. Los episódicos actos de violencia vandálica vinculados al fútbol no contradicen este análisis, sino que lo refuerzan, incluso cuando llegan al asesinato: son las brasas que saltan al apagar el fuego. Ciertamente, el hecho de que tales actos sean estadísticamente escasos no aminora su gravedad ni exime de responsabilidad a clubes y directivos: son desbordamientos que hay que combatir por pura responsabilidad social. Pero el carácter minoritario de la violencia material en el fútbol sí demuestra que el estadio es, ante todo, un escenario de neutralización ritualizada de la violencia. Y tal es el escenario donde irrumpe, con un atavío que en otro marco sería ridículo, el calzón corto del Campeón.
 
El Campeón y la comunidad
 
La entrada en liza del Campeón genera también un efecto de rebote en los otros bandos. El hecho de que aparezca un Beckham, por ejemplo, como el Campeón con más excelsa armadura, no significa que las tribus vecinas abandonen a sus paladines, sino al revés, significa que van a exigir de éstos cualidades más excelentes. Es ilustrativo que una de esas cualidades sea precisamente la del arraigo, es decir, aquello que el Campeón cosmpolita del tipo Beckham no posee. Así, en la publicidad con que el Málaga empapeló hace algunos años las calles y los carteles de toda la provincia, veíamos los rostros de los campeones locales y leíamos, por ejemplo: “Yo no soy de Manchester. Soy de Torremolinos”. La alusión directa a la co-pertenencia tribal surte aquí el efecto de un recordatorio y también de una advertencia al aficionado: “No te equivoques: tu Campeón soy yo”. Este discurso se modula en el mismo tono que aquél que durante años compensó a los aficionados españoles por la sequía de títulos de nuestra selección: la fórmula “furia española” convertía la co-pertenencia tribal en una argamasa más sólida que la brillantez o la eficacia en el juego, e impelía al aficionado a seguir a los colores nacionales por razones que, evidentemente, iban mucho más allá de lo deportivo. Es la misma letra de una vieja canción: “Right or wrong, my country”.
 
Si el fútbol es una ritualización de la guerra primitiva, el Campeón es un arquetipo necesario. El Campeón es un motivo habitual de las sociedades “agonales”, aquellas en cuyo imaginario juega un papel preponderante la acción y la competición: Europa o Japón, por ejemplo. Todas las culturas encuentran en el ritual de la competición una vía de afirmación colectiva; en las culturas agonales, esa afirmación se encarna en el Campeón de la ciudad, de la comarca, del país. Cuando proclamamos las glorias de nuestros grandes ciclistas o cantamos los laureles de nuestros grandes futbolistas no hacemos sino repetir esa pauta antropológica. También, por cierto, cuando celebramos los éxitos de nuestros grandes científicos con un discurso que tiene más que ver con la competición deportiva que con el camino del conocimiento, y en ese sentido encontramos en la prensa diaria ciertas perlas que, dejando de lado su aspecto cómico, presentan gran interés.
 
El Campeón es una figura en la que una comunidad reconoce lo mejor que hay en sí misma. Más aún: sólo el Campeón puede representar tal cosa, del mismo modo que sólo Ulises podía tensar adecuadamente su arco. Pero en el gesto individual de tensar un arco individual se restablece el orden colectivo. Esa figura se prolonga a través de los siglos y de las civilizaciones. Hay un antecedente legendario que es transparente: el de la batalla de los Horacios romanos contra los Curiacios albanos. Los Horacios son los campeones del pueblo romano, y el vínculo que une a Campeón y pueblo llega al extremo de que de la victoria individual depende la libertad colectiva. El Campeón medieval es otro ejemplo transparente –lo es tanto más cuanto que nos consta el carácter ficticio o imaginario de muchos de esos campeones, al estilo de los caballeros andantes. Don Quijote quiere ser Campeón, pero le falta el pueblo al que encarnar en el combate. Si decimos que se trata de un Arquetipo en sentido junguiano, y no de una mera singularidad histórica de épocas pasadas, es porque la figura del Campeón reaparece constantemente en el comportamiento colectivo. A veces de forma poco conveniente, como suele ocurrir en los caudillismos; el caudillo es una materialización política del arquetipo del Campeón. Pero no es difícil rastrear el mismo sentimiento en el abierto personalismo con que los publicitarios abordan las actuales campañas electorales. También en este sentido el deporte es una prolongación de la política por otros medios. Un deportista como, en su día, Perico Delgado, puede llegar a expresar con un simple golpe de pedal toda la densidad afectiva que une a Campeón y comunidad, toda la profundidad del arquetipo.
 
El fútbol, en fin, es mucho más que un juego. Por eso arrastra a las multitudes. Incluso le arrastra a usted.
 
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