Guitarra de mesón, música y letra

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En 1812 se dio cita en Cádiz, única ciudad de España no sometida a los ejércitos invasores, todo lo mejor que en el plano intelectual y moral podían aportar los “españoles de ambos hemisferios” y entre todos elaboraron la que pasa por ser la primera de nuestras Constituciones, llamada La Pepa por haberse promulgado el día de San José.
 
Esa Constitución era una mezcla de despotismo ilustrado y utopías jacobinas, en el sentido de que por un lado pretendía que las Cortes compartieran, en el peor de los casos, el poder con el Trono y el Altar, y en el mejor, que los suplantaran. De lo que no se quiso saber nada fue de lo que con el tiempo se llamaría “el pueblo soberano”, y éste reaccionó gritando “¡Vivan las caenas!” después de haber gritado “¡Viva la Pepa!”.
 
Hacían bien los constituyentes gaditanos en no fiarse del “pueblo”. No creo que tampoco tuvieran muy presente al “pueblo” los que yo llamo los siete sabios de Gredos, padres a escote de La Nicolasa, como la llamo yo por haberse promulgado o votado el día de San Nicolás. Ese día no estaba yo en España y me ahorré votar negativamente, como tenía pensado y anunciado, y es que del mismo modo que esos siete sabios a lo mejor no se fiaban del “pueblo”, yo no me acababa de fiar de los siete sabios.
 
No fui el único. Mis recelos debieron de compartirlos los diez millones largos de españoles –tantos como luego blasonaría de contar como votantes el partido de la derecha vergonzante- que votaron NO o se abstuvieron, cosa que dan por olvidada los que hoy proclaman que La Nicolasa salió “por aplastante mayoría”. Aparte de tener presente la calamitosa historia constitucional de nuestra patria, los argumentos del millón y medio que dijo NO y los nueve millones y pico que no dijimos nada podrían resumirse en algo que por entonces escribió en ABC Juan Luis Calleja: “Con ella [con La Nicolasa] en la mano vale la unidad de España y vale descuartizarla; vale el apoliticismo del Ejército y vale su sindicación política; vale la familia y valen sus disolventes; vale la libertad de empresa y vale el imperio económico del Estado; valen el liberalismo y el colectivismo; la libertad de enseñanza y su protectorado; la Justicia y la demolición del procedimiento. Vale la moral católica y vale asfixiarla en la calle; vale la objeción de conciencia y vale la imposición a las conciencias; vale la consulta por referéndum y vale ahorrarse la consulta; las parejas legales y las ilegales, y se consideran lícitas las consecuencias de lo ilícito.” 
 
Dicho por lo fino y por lo machadiano, La Nicolasa amenazaba ser una especie de “guitarra de mesón, que hoy tocas jota, mañana petenera”, amenaza nada gratuita, como se vio para no ir más lejos en el caso de Andalucía, a la que se otorgó la categoría de autonomía de primera pese a no haber obtenido más votos que los requeridos para ser autonomía de segunda. De ahí a la negativa a aplicar la ley por motivos de “prudencia política” hay un largo rosario de trampas jurídicas hechas por los mismos que hicieron la ley de leyes. Ya sé que, según su letra, España es la patria única e indivisible de todos los españoles y que éstos tienen el derecho de usar su lengua y el deber de conocerla, pero otra cosa es la música dodecafónica que a la guitarra del mesón llevan un cuarto de siglo sacándole con sus sucias manos los arrieros de la democracia.

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