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Cambio de régimen. El país –sus gentes– se cruza de brazos, desvía la mirada y sigue yendo a lo suyo mientras el sistema democrático se desmorona. Sólo unos cuantos periodistas y algún que otro contertulio patalean. Es lo de siempre: España no tiene pulso.
Fernando Sanchéz Dragó

17 de septiembre de 2008
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FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ

 

Cambio de régimen. El país –sus gentes– se cruza de brazos, desvía la mirada y sigue yendo a lo suyo mientras el sistema democrático se desmorona. Sólo unos cuantos periodistas y algún que otro contertulio patalean. Es lo de siempre: España no tiene pulso.
El otro día, cogiditos del brazo todos, los del gobierno, los de la oposición y los chicos del coro de la opereta nacionalista, se apuntilló el toro de la democracia. Andaba ésta herida de muerte desde el verano del 85, cuando los socialistas vincularon el poder judicial al legislativo, pero los del PP, aunque sólo fuera de boquilla y por guardar las formas, no avalaban la felonía ni estaban en ese ajo. Ahora ya lo están, metidos en él hasta el cuello. Son cómplices de los liberticidas en un delito de alta traición, pues traición y delito es convertir a los jueces en piezas del engranaje de la partitocracia.
Se veía venir, sabíamos todos que en septiembre pasaría eso, y lo sabíamos desde que Zapatero y Rajoy –don Juan y doña Inés– representaron en la Moncloa, sin esperar a noviembre, la escena del sofá, pero el dolor sólo duele cuando llega. Y ya ha llegado. A partir de ahora ni siquiera es necesario fingir. Los miembros del Consejo General del Poder Judicial son, simultáneamente, jueces y partes en todas las cuestiones que se sometan a su alto arbitrio. Nunca mejor dicho lo de partes, pues los nombran los partidos. Y, desde Roma, y en estricta aplicación de los principios de la más elemental lógica aristotélica, eso es, por definición, incompatible a rajatabla con la idea y la esencia de la Justicia.
¿Qué podemos hacer?
Respondo: nada. Así de sencillo, así de triste. ¿Sustituir, en las próximas elecciones generales, a Zapatero por Rajoy, o por quien sea, y a los del PSOE por los del PP? ¡Pero si son iguales! ¿Votar a Rosa Díez, estemos o no de acuerdo con la totalidad de su programa? Servirá de poco. ¿Irnos a tomar unas cervecitas mientras los súbditos de la partitocracia acuden mansamente a las urnas? Quizá sea eso lo más digno.
Y una de dos, amigos: o lo que hay aquí no es una democracia, y en tal caso yo aún puedo llamarme demócrata, o sí lo es, y entonces...
Rellenen los puntos suspensivos. Dicho queda.
© El Mundo
 
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