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La opulencia de una sociedad como la nuestra en la que los bienes básicos de la mayoría están más que garantizados ha tenido como consecuencia el que se originase un anacronismo tan grave como curioso: el consistente en entender la historia y sus desigualdades —en particular las existentes entre la condición masculina y femenina— en clave de "derechos no reconocidos", en lugar de entenderlo en términos de una lucha mucho más elemental y orgánica por la consolidación social de la existencia tanto frente a la naturaleza como frente a otras sociedades. Es en este contexto —el de una época empeñada en buscar por todas partes reconocimiento, "autoexpresión" y éxito personal— como debe entenderse el feminismo.
GUILLERMO GRAÍÑO

27 de agosto de 2010
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GUILLERMO GRAÍÑO

 
La opulencia de una sociedad como la nuestra en la que los bienes básicos de la mayoría están más que garantizados ha tenido como consecuencia el que se originase un anacronismo tan grave como curioso: el consistente en entender la historia y sus desigualdades —en particular las existentes entre la condición masculina y femenina—en clave de o “derechos no reconocidos”, en lugar de entenderlo en términos de una lucha mucho más elemental y orgánica por la consolidación social de la existencia tanto frente a la naturaleza como frente a otras sociedades. Es en este contexto —el de una época empeñada en buscar por todas partes reconocimiento, “autoexpresión” y éxito personal— como debe entenderse el feminismo.
Vayamos, primero, al caso más fácil que pueda servir como reducción al absurdo. En las sociedades paleolíticas no existían prácticamente excedentes y la sociedad era absolutamente precaria. En estas circunstancias, la autoexpresión o el deseo de reconocimiento constituían un anhelo absurdo y por tanto inexistente. La mujer cuidaba a los niños mientras el hombre salía cazar —o a labrar, en el caso de neolítico— por la sencilla razón de que no había Estado de Bienestar, no había excedentes ni guarderías, y no se podía pagar una pensión para trabajadoras en excedencia por maternidad. Su pura fisiología determinaba esta básica y muy rudimentaria estructura social. Parece que, entonces, tiene su lógica que, en el origen, la situación social fuese la repartición sexual de labores.
Pues bien, lo importante de este primer argumento es lo siguiente: la desigualdad no es un “robo”, una  opresión procedente de un estadio originario ideal, sino que, más bien, debería calificarse como el aprovechamiento de las inercias sociales cuando éstas ya no son necesarias. Es decir, el hombre pudo prolongar una situación de “desigualdad”, pero no se la inventó. ¿Se podría decir que en las sociedades animales, por ejemplo, las leonas están oprimidas por los leones? ¿No es más bien la dinámica biológica que sólo entiende de supervivencia, es decir, de prosecución de vida, y no de reconocimiento, la que impele esa estructuración en términos de optimización de recursos vitales?
Sin embargo, el feminismo es una ideología extremadamente normativa, y la normatividad estricta se lleva muy mal con los hechos. También la ideología radical de la igualdad que domina nuestro tiempo es absolutamente ciega ante la facticidad. La sociedad ha ido reconociendo derechos y posiciones en la medida de su crecimiento, más o menos lentamente de lo que hubiera sido justo, pero en la medida de su crecimiento. Y es que sólo en las sociedades opulentas se ha empezado a hablar del derecho a la inclusión.
Sin embargo, las posiciones que algunos declaran como privilegiadas no siempre se llevaron la mejor parte. Por ejemplo, sin negar el horror de las violaciones, las madres con hijos muertos, etc., el hombre ha sido el que se ha llevado la peor parte en el más horrible y universal fenómeno de la existencia: la guerra. Ya puedo oír la respuesta de algunas feministas diciendo que es que la guerra la hicieron los hombres, a lo que respondería que, con ese argumento, también la filosofía, el arte o la ciencia fueron un producto masculino. En cualquier caso, la peor parte que el hombre tomó en la guerra no fue ni una opresión de la mujer, ni una elección arbitraria. Simplemente, por razones de supervivencia, una vida de mujer es —como reproductora de la especie— infinitamente más valiosa que una de hombre.
Y esta misma razón es la causa de muchas otras diferenciaciones sexuales. De que en el origen de los tiempos, cuando el entorno era extremadamente hostil, las mujeres no participasen en cazas o actividades fuera del núcleo más protegido. De que la poligamia haya sido mucho más frecuente en la historia que la poliandria, pues es mucho más costosa a nivel reproductivo la exclusión de una mujer del círculo reproductivo que la de un varón. De que las labores espirituales y religiosas que requerían castidad y separación de la sociedad civil se reservaran a los hombres.
Por otro lado, estas reparticiones hacen que mujeres y hombres difieren en sus formas más elementales de percepción de las realidades sociales. Por ejemplo, la mujer tiene una tendencia más acentuada a los celos emocionales en pareja, y el hombre a los celos sexuales. Simple adaptación ante el hecho de que la mayor preocupación del varón era la de alimentar crías que no fueran suyas, y la de la mujer era evitar la implicación del varón con otro núcleo familiar que dejase desatendidas sus necesidades. O, por ejemplo, que la mujer es menos promiscua que el varón por la sencilla razón de que debe ser más selectiva, pues su unidad de reproducción es infinitamente más costosa y escasa que la del varón.
En definitiva, la vida es diferencia, y la principal diferencia sexual, a saber, la de que un sexo lleva dentro las crías y el otro no, no pudo ser un rasgo aislado, sino que vino acompañado de infinidad de diferencias en torno a esta elemental realidad. Todo lo cual es ignorado por las ideologías de la igualdad, que pretenden erigir un hombre abstracto inexistente como modelo. Este hombre abstracto que no tiene país, ni sexo, ni orientación sexual, ni religión, es la nada, es el vacío, es el clon de 1984. Pero, paradójicamente, esta ficción de la neutralidad constituye, en realidad, la asimilación de unos rasgos muy definidos como modelo. Así, para que la mujer sea igual al hombre debe ser un hombre, manejar los mismos valores de dominación, competencia, etc.
Por ello, no cabe duda de que el auténtico feminismo es el que permita a las mujeres ser mujeres, es decir, el que no vea en la diferencia un obstáculo para la dignidad. Y esto, a pesar de los parches multiculturalistas y nacionalistas de la izquierda actual, es lo que siempre habían reivindicado los herederos ideológicos de la Revolución francesa. El problema es que la izquierda siempre había luchado no sólo contra la desigualdad, sino también contra la diferencia, pues, según ésta, ambos fenómenos iban unidos. Y la ausencia de diferencia –que no de desigualdad– es la que lleva a la muerte del espíritu y del mundo. A un mundo sin vida en el que los padres se llaman “progenitor A y B”, los plurales se escriben con arrobas, y la palabra “miembra” existe.  

COMENTARIOS
viernes, 27 de agosto de 2010

El varon domado

Segun Esther Vilar; la mujer que no trabaja y vive de su hombre, es una ´´prostituta´´. Los hijos serian la treta biologica definitiva que tiene la mujer de asegurarse una pension vitalicia del hombre. La primera treta biologica pero no definitiva y vitalicia seria el sexo.
Pero segun Vilar, tambien, la mujer que trabaja, produce complejo, amilanamiento y celos en el hombre, que se siente inutil. Al parecer el varon es un ser patetico que depende de que dependan de el. Total, que no hay solucion.

# Publicado por: Miolnir (Casablanca, Marruecos)
domingo, 12 de abril de 2009

Distingamos qué desigualdad

La desigualdad sexual es natural y enriquecedora. La desigualdad de derechos y de oportunidades es tiránica. He ahí la diferencia.

# Publicado por: JHerrera (Málaga)
domingo, 05 de abril de 2009

Una vez más, la esperanza está en el cataclismo

Lo he dicho ya varis veces en esta página y segúramente he sido confundido con un gracioso que publica la primera barbaridad que se le pasa por la cabeza. Pero creo que necesitamos que el calentamiento global nos ponga a cada uno en nuestro sitio. Cuando la humanidad se reduzca a unos pocos miles en todo el planeta veremos de qué sirven esos consejos ´como bióloga y como madre yo digo que...´
Espero y anhelo que vovlvamos a reencontrarnos con nuestra realidad homínida y acabemos con esta abstracción que es la civilización postmoderna en la que el mayor deséo parece ser ese igualitarismo absurdo que propone las evidentes diferencias como fuente de envidias y conflictos.
Echanove, castrati, ¿cómo que las mujeres desarrollaron una mayor habilidad psicológica? eso es más de lo mismo. O sea que como son físicamente más debiles hay que reconocer que son mas listas ´para igualar´. Anda ya. Yo no pido perdón por ser hombre ni por ser blanco.

# Publicado por: Guillermo (Suellacabras)
sábado, 04 de abril de 2009

Claridad y sensillez

Claro, sencillo y bien argumentado; realmente bueno. El roblema es que el feminismo, como otras ideologías, al rigor intelectual opone consignas de secta y no se puede razonar con quien no quiere o ha sacrificado la facultad de pensar en el altar de terceros iluminados.

# Publicado por: Rafael (Sevilla)
sábado, 04 de abril de 2009

Feminismo no es defensa de la mujer

Felicidades por el artículo, es realmente buenísimo. El feminismo es todo lo contrario a la defensa de la mujer, pues consite en exprimir hasta la última gota de su feminidad para transformarla en un hombre más.

# Publicado por: Juan-Ba (Madrid)
viernes, 03 de abril de 2009

¡Genial!

¡Si señor, Genial artículo! Pero si ya nos lo enseñaron en la escuela: las leyes humanas tienen que supeditarse a la realidad, a la ley natural eterna, aunque les pese a tanto imbécil y progre demodé.

# Publicado por: pedro ortigosa goñi (cirauqui)
viernes, 03 de abril de 2009

la maternidad

Me ha gustado mucho el último párrafo. También creo que el verdadero feminismo, es el que permite a la mujer ser mujer, y dentro de esa esencia está ser madre. Justamente el feminismo actual abomina de la mujer madre, igual que abomina de la masculinidad. Quizá las veinteañeras y treintañeras, influidas por el ambiente, no tengan entre sus prioridades la maternidad, yo tampoco la tuve hasta más de los treinta, pero cuando la descubren... no hay mujer que no quede transformada. La maternidad es el hecho diferencial de la mujer y, para mi, la mayor discriminación positiva que la ´´naturaleza´´ ha concedido al ser humano. Es grande, lo más próximo a la divinidad, por supuesto, con la imprescindible colaboración del hombre, pero.. quien lleva esa vida dentro y la alumbra y la alimenta en los primeros meses... En fin, que estoy encantada de ser mujer y las milongas ultrafeministas son un camelo y no nos hacen más felices.

# Publicado por: paloma (madrid)
viernes, 03 de abril de 2009

Alto y claro

Excelente artículo. Parece que actualmente no se pueden decir las cosas claras. La injusticia ha existido y existe, pero pretender que hombres y mujeres sean iguales es imposible porque, sencillamente, no lo son.

Se está creando un modelo falso, una ´´moda´´, donde se está imponiendo ´´cómo deben ser las cosas´´. Y se está haciendo a la inversa de cómo era antes. Ahora una mujer debe tomar el rol del hombre ´´clásico´´, esto es ser empresaria, vestir de traje, viajar, saber idiomas... Veamos, ¿qué tiene eso que ver con el sexo?. Eso depende de la personalidad de cada uno.

Hemos logrado que ya no conozca a una sola mujer en su veintena o treintena que desee o esté orgullosa de tener hijos. De hecho, apenas se interesan por ese tema y lo consideran algo así como ´´algo que hay que hacer´´.

¿Hemos hecho que se pierda ese sentimiento creando una falsa realidad o realmente nunca ha existido?

# Publicado por: Luis (Mundaka)
viernes, 03 de abril de 2009

¡Qué barbaridad!

´´La opulencia de una sociedad como la nuestra en la que los bienes básicos de la mayoría están más que garantizados...´´.

Usted no ha salido de casa, ¿verdad?

# Publicado por: David (Sevilla)
viernes, 03 de abril de 2009

Qué cortedad!!!

La realidad es infinitamente peor que su descripción. Hay una web mucho más políticamente incorrecta, que encontrándose con la realidad por fuerza, se encuentra con la Verdad, una web española que deja muy atrás (con todos mis respetos) a este artículo. Es www.secuestroemocional.com

# Publicado por: bernardo magalló (valencia)
viernes, 03 de abril de 2009

matices

Usted hace referencia claramente al instinto para explicar la originaria diferenciación sexual de funciones, y si bien en un principio pudo ser cierta en los posteriores pasos es solo reflejo de la fuerza. Cuanto más primitivo en sus razonamientos es un ser humano más facilmente recurre a la fuerza. La comparación que realiza con los animales es muy útil, el ser humano no deja de ser un animal evolucionado, y el macho de la especie por instinto recurre a la fuerza con más facilidad que la hembra. Esto mismo explica que las mujeres hayan desarrollado a lo largo de siglos una mayor habilidad psicológica, pues fue el único arma que les quedó.La diferenciación de funciones en la mayoraía de los casos no es fruto sino de la imposición, al margen dela función reproductora que es innegable y le doy la razón.

# Publicado por: echanove (madrid)
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