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¿Hacia qué abismo se deslizan nuestras librerías?


Viví los primeros años de mi vida en Alhama, un pueblo de la provincia de Murcia. Mis padres, carentes de formación académica, no crearon ningún tipo de ambiente cultural en nuestra casa. Y, sin embargo, cuando entraba en la librería más céntrica de Alhama –la Lucas Almagro, después rebautizada como Atenea–, me encontraba en sus estanterías con una amplia selección de dos colecciones básicas en el mundo editorial español de las últimas décadas: la Austral de Espasa-Calpe y el libro de bolsillo de Alianza Editorial.
ANTONIO MARTÍNEZ

10 de octubre de 2008
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ANTONIO MARTÍNEZ

Viví los primeros años de mi vida en Alhama, un pueblo de la provincia de Murcia. Mis padres, carentes de formación académica, no crearon ningún tipo de ambiente cultural en nuestra casa. Y, sin embargo, cuando entraba en la librería más céntrica de Alhama –la Lucas Almagro, después rebautizada como Atenea–, me encontraba en sus estanterías con una amplia selección de dos colecciones básicas en el mundo editorial español de las últimas décadas: la Austral de Espasa-Calpe y el libro de bolsillo de Alianza Editorial.

Cuando hoy vuelvo a esta librería de mi pueblo natal, me encuentro con lo mismo que ocurre en tantas otras pequeñas librerías de toda España: que antes eran librerías y papelerías, pero hoy se han convertido casi exclusivamente en papelerías. Ciertamente, hallamos todavía en ellas algunos libros, sobre todo novedades editoriales y de ediciones de bolsillo. Pero lo que no hay en casi ninguna es esa selección de las grandes colecciones generalistas de antaño en las que un adolescente –como yo hacia 1980– todavía podía encontrarse con los clásicos de la Literatura Universal y con muchos de los libros más importantes del siglo XX.
 
Podría pensarse que este problema está exclusivamente relacionado con el natural declive de los pequeños libreros ante la competencia de los centros comerciales y las grandes librerías, igual que la tienda de barrio ha sido barrida por los supermercados. Y, por supuesto, a la actual cultura audiovisual, tan hostil a la letra impresa, también le corresponde una considerable parte de culpa. Ahora bien: la crisis de las librerías se mueve a un nivel más profundo y, por ello, también más preocupante. No es un problema exclusivo de las pequeñas librerías de siempre. Es que también las grandes librerías de nuestras ciudades presentan unos fenómenos extraños y preocupantes, sobre los que resulta urgente realizar una seria reflexión.
 
En síntesis: nuestras librerías son cada vez más vacuas, más insustanciales, más posmodernas. Los grandes clásicos ocupan un espacio cada vez más marginal. Las colecciones de siempre languidecen y menguan, cada vez menos solicitadas por los clientes: los clásicos castellanos de Cátedra, los breviarios del Fondo de Cultura Económica, Alianza Editorial Ensayo. Las mesas de novedades exhiben un ir y venir incesante de títulos recién aparecidos, que se suceden unos a otros a una velocidad de vértigo. Un día vemos un libro; a las dos semanas, ya no se sabe nada más de él: otra novedad editorial ha venido a arrebatarle su precioso hueco ante nuestros ojos. La calidad media de los nuevos títulos deja mucho que desear. La cultura basura, la literatura de consumo, el fast food cultural y literario, ganan terreno de una manera imparable. Ciertamente, no debemos generalizar: entre lo mucho que hoy se publica, encontramos abundantes títulos de indudable interés. Pero la tendencia que aquí apuntamos no constituye una mera impresión subjetiva y personal. El visitante asiduo que compara las librerías de hoy con las de hace tan sólo quince o veinte años detecta en las actuales unas mutaciones alarmantes. Lo superficial y oportunista campa a sus anchas. Incluso podría decirse que las librerías se infantilizan. Hace un par de años, en la González Palencia de Murcia –gran librería generalista y universitaria de la ciudad–, ¡hasta pusieron un stand con gorras y camisetas!
 
 
Librerías posmodernas y cultura basura
 
Ciertamente, tal infantilización refleja una evolución análoga en la sociedad de la que las librerías de cada época constituyen un fiel reflejo. Las librerías están experimentando un proceso de cambio similar al de muchas editoriales, cada vez más atentas a criterios rabiosamente pragmáticos y economicistas, y crecientemente desvinculadas de su antigua función cultural. Y editoriales y librerías evolucionan como lo están haciendo porque están cambiando también otros elementos e instituciones de nuestra cultura: escuela, instituto, universidad, periódicos, televisión, planes de estudio, oposiciones etc. Es toda una mentalidad, unos valores y un estilo de vida lo que hoy está sufriendo una intensa y rápida transformación. El lector tradicional va desapareciendo poco a poco, reemplazado por el consumidor de productos más o menos literarios diseñados mediante estrategias de marketing. El universitario devoralibros ya casi es una rara avis. Editoriales serias y de solera publican libros de ínfima calidad (¡Espasa-Calpe ha publicado al refritólogo Eric Frattini!). La cultura queda engullida por la lógica del mercado. Se edita para mantener en funcionamiento la maquinaria editorial, más que porque se esté convencido del valor intrínseco de lo que se publica. Los libros entran en el giro absurdo del carnaval cultural posmoderno. Las librerías sólo constituyen un eslabón más en una cadena de sucesivos despropósitos.
 
¿Qué es lo que hoy, en justicia, podríamos pedir quienes deseamos una regeneración del clima cultural que contemplamos? Respecto a las librerías, cosas muy sencillas: que en las pequeñas de barrio y de pueblo siga siendo posible encontrar los grandes libros de toda la vida –es incluso una cuestión de imagen y de prestigio–, y que en las grandes se conserve un fondo editorial permanente de libros clásicos de todos los géneros. Ahora bien: para que esto suceda, es necesario cambiar otros muchos factores adyacentes dentro del universo psicosocial.
 
Sólo si, combatiendo el disolvente espíritu posmoderno, nos reencontramos con el auténtico sentido de la cultura –impulsarnos a emprender un viaje hacia el sentido de la vida–, el mundo de los libros escapará de su actual evolución degenerativa. Las librerías representan un pequeño universo que refleja el estado espiritual de toda una sociedad. Hoy constituyen, cada vez más, un carrusel de títulos cambiantes: lo esencial es el cambio, la velocidad, la sustitución. A nosotros nos incumbe el deber de recuperar su antigua dimensión de permanencia. Y esto sólo será posible si nuestra cultura, hoy bajo el signo del flujo incesante –¡Heráclito, venciste!–, recobra su tradicional centro de gravedad, anclándose de nuevo en el mundo de las cosas intemporales. Es decir, en el mundo de la sabiduría y de la belleza que no pasan.

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