El carlismo: de las trincheras al olvido

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Una obra de reciente aparición, monumental por su formato, su extensión y su peso, Requetés, complementada con un aporte gráfico testimonial, viene a dar cumplimiento a la necesidad de abordar un hecho histórico de trascendental importancia como fue la participación del carlismo en la preparación del Alzamiento de julio de 1936, participación en él y presencia en los frentes de batalla, con el telón de fondo de diversos acontecimientos de orden político que se desarrollaron en la zona nacional.

Precisamente por su volumen y peso podría servir de arma arrojadiza contra el muro de silencio con que, con intención o sin ella, se ha levantado con la pretensión de relegar al carlismo al menosprecio con la adjudicación de calificativos conexos con la más negra reacción retrógrada.
A este respecto es de resaltar que una extremidad del movimiento que en tres ocasiones fue protagonista del agitado y sangriento siglo XIX, el integrismo, ha sido causante de diatribas en su contra. En el seno de este cerril brazo armado de soflamas algunos de sus más conspicuos representantes llegaron a pedir oraciones por la conversión del Papa a quien atribuyeron desviaciones tan graves como la que alcanzó su cima con un célebre manifiesto cuyo título habla por sí solo: “El liberalismo es pecado.” Otra de las desviaciones del integrismo derivaría en las postrimerías del siglo con la incursión del nacionalismo vasco de la mano de Sabino Arana Goiri, calificado por Unamuno de “tontiloco.”
Sin embargo, resulta exagerado cuando no injusto atribuir al carlismo la condición de puerta del separatismo que brotó tanto en las Vascongadas como en Cataluña. Su españolidad a ultranza está fuera de dudas, incluso puede atribuírsele el título de valladar frente a las pretensiones separatistas.
 
Al margen de las vicisitudes militares propias del enfrentamiento que en tres ocasiones ensangrentó el suelo español, el carlismo ha merecido juicios de diversas procedencias. Sorprendente por la autoría de la opinión es la que sigue de Karl Marx en su interesante estudio de algunos aspectos del siglo XIX español. Así lo dejó escrito:
 
“El carlismo no es un puro movimiento dinámico y regresivo, como se empeñaron en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales. Es un movimiento libre y popular en defensa de las tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el absorbente liberalismo oficial pagado por papanatas que copiaban a la Revolución francesa. Los carlistas defendían las mejores tradiciones españolas, las de los fueros y las Cortes legítimas, que pisotearon el absolutismo monárquico primero y el absolutismo centralista liberal después. Representaba la patria grande como suma de las patrias locales con sus peculiaridades y tradiciones propias.”
 
Lo que en un primer momento se caracterizó por una toma de posición ante un problema dinástico fue adquiriendo el papel de toda una doctrina tras la derrota en la primera guerra que concluyó en 1839. Josep Pla se refería a ello:
 
“ La libertad que predicaban y ofrecían los viejos carlistas era quizá más sólida que la que postulaban los liberales. Era la libertad entendida a la antigua. No la libertad con mayúscula, abstracta y vaga, escrita en un papel, sino las libertades concretas y garantizadas por organismos, instituciones, costumbres y hábitos antiguos, de escamoteo imposible.”
 
Sin embargo, este movimiento de indudable raíz popular, careció de una dirigencia capaz de conducir al carlismo hacia mejores logros tanto en el orden político como en el militar. Es de Vázquez Mella, o a él se le atribuye, la afirmación de que el carlismo se caracterizó en su primera etapa por ser “una manada de leones dirigida por un borrego.” La alusión era clara y directa a la carencia de elementales dotes del pretendiente Don Carlos, rodeado por una camarilla irrelevante.
Galdós en sus Episodios nacionales, Baroja en Memorias de Avinareta o Zalacín el aventurero, Unamuno en Paz en la guerra, y Valle Inclán en su trilogía Las guerras carlistas, han plasmado en páginas memorables los rasgos esenciales del conflicto. Valle Inclán ha dejado un retrato de la pintoresca Corte de Estella donde residió el pretendiente, Carlos VII, hasta que tras la derrota, al pisar tierra francesa pronunció un “Volveré” que no tuvo cumplimiento.
Después de un largo Guadiana en que el carlismo se daba por reliquia histórica brotó con renovado brío durante la segunda República y en la insurgencia de julio de 1936 tuvo singular relevancia, que se expone fielmente en la obra que nos ocupa. Puede atribuirse su participación como la cuarta guerra carlista. Acaso la última.
 
La ciclópea aportación de Pablo Larraz Andía y Victor Sierra-Sesunaga, coordinadores de los testimonios que contiene la obra, está prologada y epilogada por Stanley G. Payne y Hugh Thomas, lo que le confiere valor agregado por la condición de ambos hispanistas, cuyo rigor profesional como historiadores los pone a cubierto de parcialidades sectarias.
 
No se trata de que constituya una contribución única para tratar el asunto, puesto que las obras de diversa envergadura abordando el tema han sido abundantes desde los iniciales memorialistas como Jaime del Burgo y Antonio Lizarza hasta la vasta bibliografía producida durante la guerra y la postguerra. El valor fundamental del libro radica en el esfuerzo, tanto de autores como de editores, para culminar un trabajo que, en su género, puede considerarse exhaustivo. El subtítulo “De las trincheras al olvido,” es plenamente ilustrativo de su contenido. No se trata de una historia del carlismo ni de su contribución militar sino de una variada colección de testimonios individuales de participantes en la contienda española de 1936 -1939. Constituye un amplio repertorio de recuerdos de los frentes, de la retaguardia, de los muertos y heridos. La característica más notoria de esa participación carlista es que fue de carácter voluntario y que abarcó a tres generaciones. Saenz de Tejada, el ilustrador más notable de los hechos de la guerra civil en el campo nacional, ha dejado para la historia el cuadro en el que el nieto, el padre y el abuelo ofrecían todo un aire épico con las armas en la mano.
El caso más notable fue el de Navarra, sin menoscabo de otras partes de España donde la participación, sin alcanzar la importancia que adquirió allí, fue indudable. En números relativos, la participación de Navarra fue superior a la cifra alcanzada por otras partes de España, lo que le valió, como provincia, la concesión de la Gran Cruz Laureada de San Fernando.
 
La obra resulta oportuna frente a la pretensión monopolista de una llamada “memoria histórica”, que, en realidad, tiene poco que ver ni con la memoria ni con la historia. La suma de recuerdos individuales emanados de sus protagonistas no tiene nada que ver con las consignas para uso político. El carácter inédito de las vivencias de los participantes en aquellos lejanos hechos sí que constituyen una auténtica memoria histórica: la de los jóvenes y no tan jóvenes de aquellas calendas, que enarbolando las banderas de España y de la Cruz de San Andrés, evocadora ésta de los tercios antiguos, tocados con boina roja merecieron la evocación de José María Pemán al calificarla de “sombreros de hombres decentes y de buenos militares.” Gracia gaditana del autor de “El divino impaciente” y del “Poema del ángel y la bestia” que cubre de aire poético popular a un fenómeno, como el carlista, de hondas motivaciones.

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