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TRIBUNA
La crisis de la modernidad en España

Jesús J. Sebastián

17 de octubre de 2011
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JESÚS J. SEBASTIÁN

Una comprensión en profundidad de la filosofía de Ortega y Gasset, exige situarnos en la “crisis de fin de siglo”, entre el XIX y el XX, y ello no sólo porque su filosofía surge como una deliberada respuesta a dicha crisis, sino porque es en ese terreno ontológico cuando se genera una actitud crítica hacia la modernidad, en principio, como rechazo absoluto del liberalismo político, económico y tecnológico, algo común –con algunas notables excepciones- en los conservadores revolucionarios.

Pero si el rechazo del liberalismo político fue la postura que aglutinaba a los conservadores revolucionarios, fue la contestación selectiva al reto planteado por la modernidad lo que proporcionó una cierta unanimidad de criterios.

Es conocida la profunda y entrañable relación que Ortega mantuvo con la “generación del 98”, a algunos de cuyos miembros dedicó sustanciosos ensayos, pero no es menos sabido que en ese clima, que hoy conocemos como “modernismo”, se originan las primeras críticas a la modernidad. Lo moderno empieza a resultar molesto, pues se empieza a cuestionar que el progreso sea indefinido o que haya que creer ciegamente en la infinita utilidad de la ciencia para la humanidad. En estos ambientes el “orden burgués” resulta rechazado: se produce una exaltación de la bohemia, la aventura o el combate. Y la “generación del 14” –la de Ortega, inmediatamente posterior a la “del 98”- tomará buena nota. Desde luego, ya no se sienten “modernos” ni “modernistas”, en el pleno sentido de la palabra, y prefieren otras denominaciones. La de “novencentismo” triunfará finalmente, aunque en realidad, se trata de una traducción del noucentisme catalán, fundado por Eugenio d’Ors.
 
En el novecentismo aparecen ya rasgos posmodernos claramente definidos, y de forma muy sobresaliente: el rechazo al positivismo, desde el punto de vista filosófico, y al mismo tiempo, la crítica al siglo XIX. En realidad, en ambas expresiones –positivismo y centuria decimonónica- veían los novecentistas la exaltación de una modernidad que rechazaban de plano. Ortega y Gasset expresa ese rechazo de forma radical en varios lugares de su obra: en sus ensayos Ideas sobre Pío Baroja y Nada moderno y muy siglo XX.
 
Esta reforma de la filosofía es una auténtica revolución cultural que Ortega realiza frente a la Kulturkampfde los neokantianos, en la que se había educado. Pero la obra que marca el inicio de una auténtica Revolución Conservadora en España es El tema de nuestro tiempo (1923), el más nietzscheano de todos sus escritos: para Ortega, la cultura cobra pleno sentido cuando está al servicio de la vida; frente a la “vida para la cultura”, la “cultura para la vida”, y de ahí que el “conocimiento” como aquella forma de pensamiento que, basado en la “razón pura”, cree en el “ser” o en la “sustancia” inalterable de las cosas, es lo que ha caracterizado a la filosofía occidental durante la llamada Edad Moderna.
 
Publicado en un contexto histórico español de crisis sociopolítica de la Restauración monárquica, El tema de nuestro tiempo es, en definitiva, un intento de superación de la modernidad, una crítica de esa modernidad en crisis, al fin y al cabo, una superación del racionalismo kantiano y el vitalismo nietzscheano, que Ortega sustituye por su raciovitalismo, cuando ya había superado “la zona tórrida de Nietzsche”: «El tema de nuestro tiempo es el sometimiento de la razón a la vitalidad, localizarla dentro de lo biológico, supeditarla a lo espontáneo». En cualquier caso, Nietzsche –a quien Ortega dedicó muchas horas de lectura- es el referente más importante.
 
En el libro, la vida y la cultura se encuentra enfrentadas y representan poderes perfectamente diferenciados, el “poder inmanente de lo biológico” y el “poder trascendente de la cultura” ya no viven en armonía, pues la cultura ha desplazado a la vida, los valores y los derechos vitales ya no sirven, sólo son considerados los racionales para la vida cultural europea. El racionalismo imperante durante el siglo XIX ha destruido la fuente de espontaneidad e inspiración de las que depende una cultura viva, Ortega cree que la filosofía, el arte, la ciencia y la literatura en general del siglo XX han comprendido el error del racionalismo y del idealismo, debiendo buscarse ahora una “síntesis más franca y sólida” entre ambos poderes, cultura y vida, razón e historia.
 
Ortega encuentra y analiza doctrinas opuestas: el idealismo tiene como contraria la tesis realista típica del pensamiento antiguo y medieval, mientras que al racionalismo se opone el relativismo y el vitalismo irracionalista –el de Nietzsche, sin ir más lejos-, pero el pensador español considera que ninguna de estas dos oposiciones es la correcta. Y ello sólo era posible profundizando en el gran descubrimiento de la modernidad, esto es, de la subjetividad. Para Ortega nos encontramos en “el umbral de una nueva época”, la modernidad ha concluido, y de ahí que, con frecuencia, expresase “que no quería ser moderno, sino que se sentía un hombre muy del siglo XX”. «Abandonar el idealismo es, sin disputa, lo más grave, lo más radical que el europeo puede hacer hoy. Con él se abandona, no sólo un espacio, sino todo un tiempo: la Edad Moderna.»
 
De esta forma, Ortega se había adelantado a la crítica filosófica de su tiempo, mostrando las limitaciones de los ideales ilustrados en la práctica histórica, al insistir en que el racionalismo era la fuente del utopismo político, que a su vez estaría en el origen de los movimientos totalitarios del siglo XX. También, por supuesto, con sus análisis de la alienación cultural y la masificación cultural, que tuvieron ilustres cultivadores en algunos miembros de la Escuela de Francfort como Marcuse. Actualmente, la filosofía hermenéutica y las corrientes posmodernas se consideran deudoras –afines y complementarias- del perspectivismo histórico de Ortega y Gasset.

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