La Amigocracia

Compartir en:

 
Para los partidos políticos, el colocar y recolocar a amigachos y parentela ha sido hasta hoy mismo algo endémico, mismamente como la malaria en Africa.
Los socialistas para eso son más apocados, y hasta celebran primarias y cosas por el estilo, ese tipo de actos donde se vota y se presentan varios candidatos, cada cual con sus ambiciones y su particular rufinería política, y los afiliados van a deslizar la papeleta en la urna y sienten que así adquieren una especie de respetabilidad democrática.
En el Partido Popular suelen tener un criterio más convencional. Para evitar una pléyade de candidatos zascandileando cada cual con sus propuestas y convirtiendo a los afiliados en una grillera, prefieren evitar polémicas estériles, que se les cuele algún listillo con ideas renovadoras o, peor aún, con algo de carisma. De tal modo, para evitar contubernios y picarescas designan a dedo desde Madrid. Como ha pasado recientemente en Andalucía, el candidato de Cospedal contra el candidato de Rajoy. Nada de trapisondismo y que se presenten candidatos para ser elegidos por los afiliados. Ese descontrol podría incluso rozar el tabú del odiado “populismo”, que se cuelen indeseables con ideas propias y con ganas de ponerlas en práctica y “hacer sombra” a quienes están llamados a gobernar. Que para ellos es sinónimo de “controlar”.
El tema se paliaría en parte si, por ley, se exigiera que, antes de entrar en política, el aspirante tuviera una consolidada trayectoria profesional, es decir, que no dependa del escaño ni del cargo para llevar el pan y los avíos del puchero a su casa. Y una ley de plazos : nadie puede dedicarse más de ocho años a la política activa ni ser cargo público, a no ser que se trate de un cargo que exija una oposición. Ahora un reto: ¿Serían capaces de determinar el número de amigachos que dirigen empresas municipales o cobran por ser “cargo de confianza”? ¿Y lo que suponen a nivel dinerario a las arcas públicas? Muchos de ellos sólo pueden adornar su currículo con eso que se llama “un triste bachiller”, o con una licenciatura y una experiencia profesional que, fuera de la política, malamente daría para rellenar un papelillo de liar canutos. Pura y genuina Amigocracia. ¿Quién no recuerda a Bibiana Aido (hoy colocada y remunerada por ahí) o a Celia Villalobos (muy simpática) dirigiendo Sanidad?.
Así debería funcionar: ocho años en política y prohibición expresa de acoplamiento en consejos de administración o en direcciones generales otros ocho años. Tampoco valdría colocarlos en Telefónica, que parece el remedio de todos los males. Por cierto, dicen en un foro que “también” al hijo del Ministro de Exteriores le han buscado allí un puesto ¡Qué suerte! Aunque nada de afligirse porque nuestros jóvenes talentos se busquen las habichuelas por esos mundos de Dios (si fueran amigachos de algún poderoso no tendrían que hacerlo). Al revés, son afortunados por salir de esta atmósfera de enchufismo, afortunados si se les compara con los parados mayores de cuarenta y cinco años que, por muy preparados que estén, carecen de energías para “volver a empezar”, sobre todo si han rebasado el medio siglo de vida y tienen una familia a la que mantener.
Así la suerte de los socialistas, que se quejan con la boca pequeña y pontifican en plan grimoso, siempre con el canguele de que les echen en cara su infinita estulticia y proverbial revanchismo. La suerte del PSOE es que tiene a su electorado de siempre, algunos escorando hacia los lastimeros de IU. Y la fortuna del PP es que, pese a sus veleidades centristas, le vota la derecha. Hay poco margen en verdad. Por más que aparezcan los bienintencionados de VOX, que se han equivocado en el planteamiento inicial, porque lo de la doctrina Parot ha sido una putada (subsanable, el PP hubiera alcanzado la mayoría absoluta de plantarse Rajoy y proclamar “no la derogo porque no me sale de los cojones y ahora que nos declaren la guerra los de Estrasburgo”, y dar la pincelada maestra en plan “que no me busque Europa, que me va a encontrar”). Los de VOX son buenas personas, gente digna, pero tienen que ampliar sus propuestas. Eso sí, no hay amigachos por el momento. Los de Alberto Rivera son útiles en Cataluña y podrían expandirse, pero les falta personal, aunque no parecen ser de los que colocan a una simple como Ministra de Sanidad para, a la legislatura siguiente, tratar de buscarle acomodo en cualquier sitio, incluso en Defensa si se tercia.
Sombras de la Amigocracia son los amigotes y los de “toda la vida” (como Bárcenas, que era amigacho), esos elegidos que no suelen ser tecnócratas, ni grandes cerebros, ni personas carismáticas, para evitar riesgos de comparaciones. Nuestros jóvenes que emigran por falta de oportunidades, desde este punto de vista, son los privilegiados. EE. UU., Australia e Israel existen. Suerte tienen de no verse condenados a la esclavitud de ser “amigachos” para poder comer.

Todos los artículos de El Manifiesto se pueden reproducir libremente siempre que se indique su procedencia.

Compartir en:

¿Te ha gustado el artículo?

Su publicación ha sido posible gracias a la contribución generosa de nuestros lectores. Súmate también a ellos. ¡Une tu voz a El Manifiesto! Tu contribución, por mínima que sea, dará alas a la libertad.

Quiero colaborar