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Un país imaginario

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19 de noviembre de 2015
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En una reciente entrevista de prensa, Julio Llamazares afirma que España “sigue sin ser un país normal, porque el nacionalismo es un problema del siglo XIX”. Será por tanto que España, como pretensión o conjetura de nación más que como nación en sí misma, es una controversia decimonónica sin resolver. Aunque esta definición riñe de base con el concepto de España (quizás simple anhelo, hermosa impaciencia de país), que traspasaba de ilusión a varias generaciones hace cuatro décadas, cuando entre el pueblo llano y el montañoso, los tirios y los troyanos, se acordó y llevó a la práctica la idea más original, moderna y generosa de nuestra historia: sacar adelante una sociedad en la que todos pudiésemos convivir, donde todos aportaran y no sobrase nadie. Al día de hoy, cabe preguntarse: ¿qué ha pasado?; aquellos sueños de una nación entusiasmada por su futuro de progreso y concordia … ¿Ubi sunt?

Llamazares (Vegamián, León, 1955), acaba de publicar su “Atlas de la España imaginaria”, una serie de artículos periodísticos con abundante aporte gráfico de José Manuel Navia, adaptados a formato libro-libro por el editor Diego Moreno. En esta obra, el autor nos traslada a aquellos ámbitos de nuestra geografía sentimental que por décadas y centurias han configurado la visión, a vuelo de cigüeña, de un país entre onírico y surrealista: Babia, los Cerros de Úbeda, las Batuecas, la indeterminada localización donde habitan con exactitud aquellos que andan “entre Pinto y Valdemoro”, la Ínsula de Barataria… No sé si echar de menos a otras islas hechiceras, como la de San Borondón, o coordenadas capitales como aquella de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes. El caso es que Julio Llamazares, con este atlas sobre el imaginario locativo español, propone una visión cercana, entrañable, sobre una realidad tenaz e ingeniosamente distorsionada. Y ahí reside el mollar de este asunto sobre la ideación de España, creo yo. Tarde o temprano los molinos acaban por convertirse en gigantes, lo que ayer eran delirios hoy son votos en las urnas, representantes electos y una presidente de un parlamento autonómico clamando su devoción por la fantasía, sintiéndose partícipe apasionada del latir de un país que no existe, dando vivas a una república invisible que sólo ejerce soberanía en su cabeza. Suplantar la realidad por las ideas, algo tan español, y empecinarse en el desatino, es tradición cuyo origen deberían los historiadores y antropólogos investigar con denuedo; entre otras razones porque nos condenan, hoy, a ser como somos.

Como en la copla, “se hunde la Babilonia, se nos cae el firmamento”; el mundo se agita en guerras terribles, migraciones masivas, hambrunas, catástrofes, conquistas sangrientas… arde París, zumban los bombarderos rusos, americanos y franceses sobre los desiertos de Siria e Irak. Ruedan cabezas. Y nuestro problema más próximo es un señor con pinta de jefe de planta de El Corte Inglés que quiere ser presidente de una nación mediterránea, la cual, entre unos adeptos y otros arrimados a la estrategia, ni acaba de parirse ni termina de  saberse si es niño o niña. Lo que se hizo, qué fue, dónde acabó aquella España de modernidad, libertad e imperio de la ley y la justicia que todos ansiaban (hace 40 años, aunque eso ya lo dije antes), a la vista está. El sueño regeneracionista de Joaquín Costa, “escuela y despensa”, devino en una escuela donde se estudia como asignatura fundamental el ecosistema autonómico; y en una despensa muy grande llena de estantes vacíos aunque sobrada de calabacines.

Cuarenta años de vagar por los Cerros de Úbeda, dan para mucho.


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