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CULTURA
Cioran, ¿pensamiento reaccionario?


"Ávido de exceso y herejía´´, así comienza Cioran unos de sus párrafos autobiográficos: no parece una afirmación de un reaccionario, sino de alguien que reaccionó, aunque en el delirio, contra los conservadores.
Héctor Subirats

22 de marzo de 2016
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HÉCTOR SUBIRATS

 
"Ávido de exceso y herejía'', así comienza Cioran unos de sus párrafos autobiográficos: no parece una afirmación de un reaccionario, sino de alguien que reaccionó, aunque en el delirio, contra los conservadores.
Esta breve nota tan sólo pretende ser una modesta contribución para aumentar la confusión generalizada sobre el pensamiento del pensador rumano.
En la declaración de intenciones, lo clásico es aceptar que es de izquierdas, o sea, no es reaccionario, quien está de acuerdo con los principios de libertad, igualdad y fraternidad, más, no se dejen engañar, el asunto es mucho más complicado; por ejemplo, en España la paradójica admiración de Cioran, nos lleva de la muy antigua de Savater a la muy reciente de Mario Conde. Savater necesitó su talento para percatarse de la intensidad del ensayo de Cioran en tanto que Mario Conde necesitó caer en la cárcel, Savater escribió un estupendo ensayo sobre Cioran y Mario Conde no escribe ni a dónde fue a parar el dinero de Banesto; ya lo decía Borges: ``todos somos víctimas de nuestra gloria'', también Nietzsche padeció la admiración de Hitler y de los mejores ácratas.
Hasta el caso Mario Conde, todos los admiradores de Cioran pueden ser enmarcados como gente de izquierdas. ¿Por qué? Porque es un provocador literario que padece, como en El mal de Montano, de Vila Matas, el mal de la literatura y su devoción por Joseph de Maistre lo muestra desde el principio: ``La magnitud y la elocuencia de su cólera, la vehemencia con que se entregó al servicio de causas insostenibles'', pocas líneas después termina el párrafo escribiendo ``a la tentación del escepticismo supo responder con la arrogancia de sus prejuicios, con la violencia dogmática de sus desprecios''.
El pensamiento políticamente correcto y la escasez de ironía se encargan de mandar al genial rumano al basurero de los fachas.
Tengo muchos conocidos que me recuerdan que Cioran fue fascista a los 17 años pero se olvidan de que ellos siguen siendo estalinistas a los 50. Son incapaces de darse cuenta que ellos prefieren la aniquilación física del adversario ante la imposibilidad de recurrir a la ironía de hacer la apología entusiasta de lo detestado y con ello colaborar al asesinato del discurso supuestamente elogiado. Jonathan Swift sí lo hubiera entendido.
Dudo mucho que nuestros izquierdistas patrioteros o nuestros patrioteros de derechas, o de izquierdas, suscriban ``¡qué ventaja quedarse sin patria!'', sobre todo porque nuestros patrioteros de derechas o de izquierdas nunca sufrieron o disfrutaron del privilegio de Cioran, ser un apartida que, además, escribió sus mejores páginas en otra lengua.
El revolucionario exige acción y Cioran escruta porqué es la acción la que nos hace ``perder el Jardín'' y caer en el pecado. Por supuesto la anterior no es una reflexión religiosa, simplemente es que las promesas de la razón, cuando es llevada a la acción, sólo se cumplen dentro de la ``legislación'' de nuestra mermada panoplia mental. La acción no responde a sus propósitos originales y termina ofreciendo su opuesto siniestro.
Tanto el revolucionario como el reaccionario tienen ``un plan'' para ordenar el mundo; Cioran piensa que esto es imposible, es un escéptico con mucha ``fe'' en que la escritura y la literatura lo harán soportar la existencia: hay momentos en que el estilo, más que las ideas, lo convierten a uno en un hereje.
No es verdad que la idea de progreso sea patrimonio de la llamada ``izquierda'', lo que pasa es que la derecha quiere el progreso para repartirlo entre unos pocos y la izquierda pretende un reparto igualitario de los beneficios del progreso. Incluso los sectores más conservadores están encantados con las nuevas tecnologías militares, internet, el móvil, sólo ponen trabas a los asuntos relacionados con la reproducción asistida, la clonación, etc., siempre que no sea para ellos. De Bin Laden a los protomártires del Euskadi fundacional no hay quien no maneje toda tecnología a la que pueda tener acceso y que pueda ponerse al servicio de sus prístinas esencias: el futuro al servicio de la edad de oro, lo mismo da que esté detrás que delante. Del mundo idílico de Pierre Clastres entre los tupi, sólo ha quedado que Lula sea capaz de estar, casi simultáneamente, en Porto Alegre y en Davos.
Cioran no muestra entusiasmo frente a este mundo: la desolación que lleva a W. Benjamin, pensador de izquierdas y a Stefan Zweig, escritor de derechas, al suicidio, le lleva, en situación menos trágica, a la burla del sinsentido de la existencia, a través de la única herramienta que cree distanciarlo de las miserias humanas: la escritura.
Cioran piensa que se es más indulgente con un asesino que con alguien que no haga nada. Él, que pretendió no hacer nada, no lo consiguió, a golpe de aforismos accede al oficio de escritor, peor aún, de escritor de éxito, en muchos casos reclamado por quienes más detestaba, quizá porque no consiguió convencerlos de que ``el auténtico vértigo es la ausencia de locuras''.
Ante la imposibilidad de la ausencia, construyamos la Historia. Cosas de la Historia, como bien sabía Cioran, que la tenía por indefendible, y que de sus muy ricas lecturas históricas llegó a la conclusión de que en la Historia puede pasar cualquier cosa, cuando tan sólo se teje la urdimbre donde se hace aparecer como necesario lo que fue puro azar.
``Pasar de una concepción teológica o metafísica al materialismo histórico es simplemente cambiar de providencialismo''.
Quizá es que los pueblos simultanean el masoquismo con la admiración carroñera: ``la humanidad no ha adorado más que a los que la hicieron perecer'' [...] ``signos de vida: la crueldad, el fanatismo, la intolerancia; signos de decadencia: la amenidad, la comprensión, la indulgencia''.
Jugando con las paradojas, Cioran admite que sólo se puede vivir en medio de la tolerancia, sin por ello negar cómo se cae en el entusiasmo de hacer creer que son pueblos más vivos los que desarrollaron la brutalidad, de ahí su admiración por España y Rusia.
El terror les da ánimo a esos pueblos, ignorando que serán sus primeras víctimas; no importa, necesitan el estimulante de las cadenas de la ilusión.
``No hay más que buscar en el origen de las iglesias, ideologías, policías, etc.'' para ver que son jaleadas por la estupidez de las masas. Es en estos momentos cuando plasman la máxima de Valéry que tanto entusiasmaba a Cioran: ``El sentimiento de serlo todo y la evidencia de no ser nada''
Al lado de la fascinación de relatar el terror se encuentra la admiración por la educación y la elegancia; refiriéndose a Beckett escribe: ``Si la palabra urbanidad no existiese habría que inventarla para él. Cosa apenas verosímil, e incluso monstruosa: no habla mal de nadie, ignora la función higiénica de la malevolencia, sus virtudes saludables, su cualidad purgativa. Nunca le he oído vituperar a nadie, amigo o enemigo. Es esa forma de superioridad por la que lo compadezco y a causa de la cual debe inconscientemente sufrir. Si a mí me impidieran maldecir a la gente, ¡qué trastornos y tormentos, qué complicaciones en perspectiva!''.
Mientras describe entusiasmado la barbarie de los muertos despliega toda su cortesía con los vivos. Tuve la suerte de conocerlo y charlar con él tres veces en su casa de París. Los ``mitómanos'' lo imaginaban en una mansión y en realidad vivía en un modestísimo piso en la rue de l'Odéon, en un séptimo piso sin ascensor. Nos esperaba a Savater y tres amigos en la puerta de la casa, ponía la mano encima de la cabeza para que no nos golpeáramos en la pequeña puerta de entrada y tras varias horas de charla y risas, bajaba y nos acompañaba hasta la entrada del metro. Puedo decir que lo normal es que tras conocer a algún escritor admirado, en un 90% no me he llevado más que decepciones: me he topado con vanidosos, prepotentes o simplemente tontos. Con Cioran fue lo contrario, una mente lúcida, simpatía desbordante, un humor sutil y una gentileza poco frecuente. A estas alturas tengo muy claro que prefiero a la gente por lo que hace, mucho antes de por lo que dice, y en ese terreno, al margen de sus grandes ensayos, Cioran era un señor ¿reaccionario? Que me los den todos así y yo les regalo a los izquierdosos de boquilla. No es poco para alguien que pensaba que cada libro era un suicidio diferido. Él lo alargó más en cápsulas aforísticas.

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