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TRIBUNA
Por una Europa imperial

Hacia el Imperio interior


Acaba de publicarse "Europa Imperium. Hacia el imperio interior" (Ediciones Fides), de Alain de Benoist. Un ensayo en el que el autor impugna el modelo de Estado-nación y aboga por una Europa imperial y federal. Por gentileza de la editorial Fides, publicamos un extracto de la introducción de nuestro colaborador Jesús Sebastián Lorente.
Jesús J. Sebastián

18 de abril de 2016
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JESÚS J. SEBASTIÁN

«En las instituciones europeas reencontramos algunas características “imperiales” evidentes: el reconocimiento de una multiplicidad de las fuentes del derecho, la afirmación (al menos teórica) del principio de subsidiariedad, la distinción entre nacionalidad y ciudadanía, la fluctuabilidad de las fronteras, la inscripción de los espacios nacionales en un espacio jurídico que los desborda, etc. Sin duda, falta aún lo esencial: la soberanía política, la puesta en práctica real del principio de subsidiariedad (el “déficit democrático”) y la presencia de un principio espiritual fuerte». Alain de Benoist

__________________

La idea de Imperio, en su sentido más estricto, tiene poco que ver con lo que habitualmente se conoce como imperialismo (el imperio exterior). Un Imperio es, ante todo, una construcción política plurinacional –escribe Alain de Benoist en Europe, l'espoir?– que constituye «la expresión política y la personificación jurídica de una o de varias comunidades fundadas sobre unas solidaridades naturales diferentes de la consanguinidad. Los Imperios no son sólo Estados más grandes o extendidos que los otros. Reúnen varias etnias, comunidades, culturas antaño separadas y siempre distintas».

El objetivo es, en consecuencia, una Europa unida –desde el Atlántico hasta los Urales o, más allá, hasta los confines de Siberia–, bajo la tradicional forma del Imperio. En primer lugar, el Imperio es la forma y la esencia del devenir histórico de Europa. Este concepto es a la vez espiritual y orgánico. Como concepto orgánico, el imperio respeta las identidades específicas –etnoculturales– de las cuales se compone Europa, simbolizando a la vez su vocación de universalidad no-cosmopolita. Y en segundo lugar, el Imperio es un complejo compuesto de entidades étnicas, que dotan a cada pueblo europeo del sentido de su enraizamiento, de sus raíces culturales, de sus herencias históricas.

El gran relato del Imperio es analizado, minuciosamente, por Alain de Benoist en su obra L'Empire intérieur. En primer lugar –señala Alain de Benoist– hay que tener en cuenta que el Imperio es, del mismo modo que la ciudad o la nación, una forma de unidad política y no, como puedan serlo la monarquía o la república, una forma de gobierno. Razón por la cual el Imperio sería en principio compatible con modelos de gobierno de lo más diverso. La idea de nación, sin embargo, no se constituye plenamente hasta el siglo XVIII y, sobre todo, con la obra de los revolucionarios de 1789; en su origen, está vinculada a una concepción de la soberanía que se opone a la concepción tradicional de la monarquía. «La nación es percibida entonces como el espacio abstracto en el que el pueblo puede concebir y ejercer sus derechos, o lo que es lo mismo, el espacio en el que los individuos ligados al conjunto de manera inmediata, fuera de la mediación de los cuerpos intermedios, pueden mutarse en ciudadanos». La eficacia del poder absoluto del Estado dependía de la desaparición fáctica de ciertas grupos de resistencia que podían convertirse en espacios intermedios de socialización, tales como los clanes familiares, las comunidades locales, las cofradías o los gremios de oficios, así como en focos de enfrentamiento directo con los aparatos del Estado.

Por definición, un imperio abarca, sin duda, una extensa superficie geográfica; sin embargo, esto no es lo esencial. Lo que distingue fundamentalmente al Imperio de la Nación es que el primero no es tan sólo un territorio sino, sobre todo, un principio, una idea de naturaleza espiritual, antes que una entidad territorial.

En palabras de Julius Evola, «la antigua noción romana de imperium, antes de expresar un sistema de hegemonía territorial supranacional, designa la pura potencia de mando, la fuerza casi mística de la auctoritas». Para Alain de Benoist, en L'idée d'Empire, la decadencia empieza precisamente cuando ese principio entra en declive y cuando el Imperio comienza a derivar hacia una mera estructura territorial, porque «el imperio en sentido propio no puede existir si no está animado de un fervor espiritual […] Si esto falta, no será nada más que una creación forjada por la violencia –el imperialismo–, simple superestructura mecánica y sin alma». Quizás por ello, a Julius Evola se le ha calificado como el máximo representante del europeísmo imperial. Para Evola es preciso señalar que «entre quienes poseen una comprensión espiritual y tradicional de Europa podemos distinguir entre aquellos que creen en un imperium […] y aquellos que hablan de Europa como nación. La noción de unidad europea es espiritual y supranacional. En la patria nacional el grupo étnico subsiste […] el imperium europeo pertenece a un nivel más elevado que las partes que lo componen».

Por su parte, Giorgio Locchi, en Le règne, l'empire, l'imperium, lanza la teoría de un “imperio-europeo-no-imperialista”, que posteriormente será perfeccionado por Alain de Benoist, y que se convertirá en una de las constantes ideológicas del movimiento neoderechista. «La solución igualitaria, que conduce a la Republica universal, implica la reductio ad unum de la humanidad, el advenimiento de un tipo universal y la uniformización. La solución imperial es jerárquica, el único medio de preservar las diferencias en (y a través de) una perspectiva planetaria'». La idea del imperium (en esencia, exclusivamente europea) quedaba, de esta forma, vinculada al pluriverso étnico, a la defensa a ultranza del derecho a la diferencia cultural, y enfrentada, como una Nueva Roma eurasiática al imperio no-imperial, universal, homogeneizador y etnocida de la Nueva Cartago angloamericana, por utilizar la expresión de Jean Thiriart.

Pocos conceptos políticos han parecido tan destinados al basurero de la historia como el de “imperio”. El Estado-nación es el modelo más aceptado para los territorios soberanos y las ambiciones imperiales de las naciones han sido frecuentemente condenadas por la comunidad internacional. La existencia de grandes imperios, como el Imperio romano o el Sacro Imperio romano-germánico, se nos representan, simplemente, como reliquias de una era histórica distante, menos iluminada. Las áreas que abarcaban una vez los grandes imperios se han fracturado en múltiples Estados nacionales soberanos, cada uno con su propia forma de gobierno y lealtades. Por otra parte, las confederaciones modernas entre las naciones se basan, de forma preferente, en las preocupaciones monetarias y comerciales, no en la promoción o ambición de un objetivo imperial o la ambición.

Sin embargo, Alain de Benoist sostiene que la “idea de imperio” no sólo es relevante, sino que su renacimiento es también necesario para resolver los problemas causados por el fraccionamiento de Occidente en los Estados-nación. Benoist no ve la “idea de imperio” ninguna de las connotaciones negativas que comúnmente se adjuntan hoy a dicho término. No ve en el imperio simplemente la construcción de instancias hambrientas de poder, sino más bien como una forma legítima y necesaria de gobierno que no puede ser identificada con las actuales situaciones geopolíticas actuales, sino con una alternativa relevante para el Estado-nación.

Pero, ¿qué distingue al imperio de la nación? En primer lugar, el hecho de que el imperio no es, sobre todo, un territorio, sino esencialmente una idea o un principio. El orden político no está determinado por factores materiales o por la posesión de un área geográfica. Está determinado por una idea espiritual y jurídica. En este sentido, sería un grave error pensar que el imperio se diferencia de la nación en términos de tamaño, ya que, de alguna manera, es “una nación más grande que las demás”. Por supuesto, el imperio abarca un amplio territorio, pero lo importante, sin embargo, es que el emperador tiene el poder en virtud de encarnar algo que va más allá de la simple posesión. Es soberano de príncipes y reyes, es decir, que gobierna sobre soberanos, no sobre los territorios, y representa un poder que trasciende la comunidad que gobierna: un verdadero imperio no unifica los pueblos, no homogeneiza a los habitantes, sino que les permite mantener sus respectivas nacionalidades, costumbres y creencias.

El individuo tiene un lugar diferente en el imperio del que ostenta en la nación moderna. El secular Estado-nación gobierna sobre individuos. Los ciudadanos del Estado-nación, probablemente, piensan en sí mismos, principalmente, como individuos y no como miembros de su nación, clan o grupo étnico. Benoist ve esto como una de las fallas fundamentales del Estado-nación que el Imperio no comparte. Escribe: «Este individualismo, tejido dentro de la lógica de la nación, es obviamente opuesto al holismo de la construcción imperial, donde el individuo no está disociado de sus vínculos».

El tipo de imperio propugnado por Benoist no ha sido visto por la civilización occidental desde hace tiempo. Aunque en la actualidad existen grandes potencias cuyo territorio e influencia son ciertamente de largo alcance, Benoist considera que éstos no son realmente imperios. Escribe: La palabra Imperio debe reservarse sólo para las construcciones históricas que merecen ese nombre, como el Imperio Romano, el Imperio Bizantino, el Imperio Romano Germánico o el Imperio Otomano. El imperio napoleónico, el Tercer Reich de Hitler, los imperios coloniales franceses y británicos, y los imperialismos modernos de los tipos americano y soviético, no son ciertamente imperios». Tal designación sólo se otorga, de forma abusiva, a las empresas o poderes meramente dedicados a la ampliación de su territorio nacional. Estas modernas “grandes potencias” no son imperios, sino naciones que simplemente quieren ampliar su influencia, por motivos militares, políticos, económicos o de otro tipo, más allá de sus fronteras actuales. Representa, sin ir más lejos, la oposición de Europa (el imperio interior) contra Norteamérica (el imperio exterior).

Benoist apunta algo similar a lo que Schmitt concebía como el origen sagrado del Estado, como lo que le otorga el poder y la legitimidad al imperio: un elemento espiritual. Este elemento sagrado está notablemente ausente en los modernos cuasi-imperios citados: los objetivos de sus líderes están dirigidos, simplemente, a obtener más territorio y más poder. Por el contrario, Benoist señala a los emperadores del Imperio Romano-Germánico, que se veían a sí mismos como la realización de la misión de una institución sagrada. Al hacer de ello una herramienta de la justicia divina, el imperio medieval se concedía legitimidad, mientras que los regímenes coloniales e imperiales modernos están motivados por su propio interés individual y pueden ser vistos como vulgares en comparación con sus homólogos medievales sagrados. Esta teoría pone de relieve la influencia de Julius Evola en el “pensamiento imperial” de Benoist: cuando se refiere al imperio, está utilizando la misma concepción de Evola en cuanto a la “forma supranacional y casi mística de la autoridad”. Una idea original frente a la vulgaridad de las actuales “tentativas unionistas” de Europa.

Pese a todo lo dicho anteriormente, todavía es posible abordar los retos y los logros de la Unión Europea desde una nueva perspectiva. La Unión Europea, ¿debe ser absolutamente rechazada, o mejor, destruida, para edificar algo nuevo desde sus ruinas y escombros?

La UE es mucho más que una organización diplomática internacional de Estados soberanos. De hecho, la Unión ha absorbido muchos de los poderes tradicionales de los estados, los cuales mantienen la celebración de su soberanía sólo como una referencia jurídica anticuada. Pero, también, es mucho menos que un super-Estado o una federación. La UE no tiene fronteras fijas ni estables. No hay nada parecido a unos Estados Unidos de Europa. Y, menos aún, una supernación europea.

Pero, ¿todavía es posible salvar a Europa? Más que como organización supranacional o internacional, un Estado o una cuasi federación a nivel institucional, la Unión Europea puede ser entendida como un “imperio”. Un imperio introspectivo, asimétrico y no-colonialista. La mayor parte de la historia del mundo ha implicado una sucesión de auges y decadencias de imperios. Pero la noción de imperio ha estado un poco olvidada en los últimos tiempos debido a la prevalencia de la forma moderna de organización política basada en el Estado-nación, especialmente en Europa, y a la mala prensa de los imperios colonialistas y expansionistas. La Unión Europea puede sobrevivir precisamente porque, a diferencia de los Estados-nación y las federaciones niveladoras, los “imperios interiores” se caracterizan por tener niveles desiguales de integración formal de sus distintas comunidades y diversos grados de lealtad de las personas al centro de poder imperial.

Deberíamos acostumbrarnos a la soportable ambigüedad de Europa. Las asimetrías territoriales, económicas e institucionales de la UE durarán. Las tensiones entre los empujes centralizadores y las resistencias nacionalistas persistirán. Algunas fronteras provisionales de la Unión se mostraran frágiles y vulnerables. Pero seguirán existiendo fuertes elementos de unión del continente.

No obstante, la idea, sin negar su originalidad y su espíritu europeo, presenta muchos problemas. Tomar como modelo histórico, por ejemplo, el Imperio austrohúngaro tiene sus riesgos: todos sabemos cómo acabó esta comunidad de pueblos y etnias. Tomar como modelo contemporáneo a Suiza también los tiene: no puede implementarse el éxito aparente de un pequeño Estado a toda una comunidad de pueblos europeos. Quizás fuera más factible evocar la experiencia histórica de la Corona de Aragón (Aragón, Cataluña, Valencia, Islas Baleares, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Atenas y Neopatria), en la que todos sus territorios confederados conservaron sus fueros, su derecho interno, sus instituciones parlamentarias, su organización local, sus aranceles aduaneros, etc. En cualquier caso, nos parece preferible hablar de un sistema de “democracia federal”, pero desde una reflexión realista: el federalismo imperial de Europa no puede hacerse de abajo hacia arriba, deberá ser impuesto o no será.


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COMENTARIOS
miércoles, 27 de abril de 2016

¿anti-soberanía?

Yo me sumo a la opinión de Guillermo Hispánico. No creo que nuestra solución sea seguir profundizando y atándonos a la Unión Europea, sino, al contrario, recuperrar nuestra soberanía de nación-estado. Europa sobrevivió durante siglos y se desarrolló antes que ninguna otra civilización en el mundo, pero siempre estuvo compuesta de naciones-estado independientes y, aún así, con una historia, religión y valores comunes. Y cada vez que se intentó hacer un imperio, este fracasó estrepitosamente tras dejar un reguero inmenso de muerte, como en el caso de Napoleón o Hitler. Creo que, como naciones independientes, seguiremos teniendo los europeos una evolución y aspiraciones comunes y con fuerza, pero quizá conserváramos más nuestra iniciativa y creatividad, condiciones indispensables para el desarrollo.

# Publicado por: Blanca Rodríguez (Huelva)
martes, 19 de abril de 2016

¿Esto va en serio?

Con la que está cayendo, y de Benoist gusta de impugnar uno de los pocos proyectiles antiglobalización que tenemos al alcance: el Estado nación...

Sandeces como ésta o como la del neopaganismo, me hacen sospechar que Benoist sea verdaderamente un disidente, y no acaso un lobo del sistema con piel de cordero identitario. De verdad, quien siga pensando a estas alturas que la solución de España y otras naciones maltratadas por Eurolandia es la de europeizarse aun más, que se lo haga mirar seriamente.

Si por mí fuera, hasta que uno de nuestros mejores amigos de la Santa Madre Unión Europea, Inglaterra, no nos devolviera Gibraltar, no tendríamos nada que hablar con Europa.

# Publicado por: Guillermo Hispánico (Madrid)
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