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En el estado mexicano de Sonora se prohibió la costumbre de bautizar a los niños con nombres denigrantes, peyorativos o que los puedan exponer a burlas.
Jesús Laínz

6 de mayo de 2016
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JESÚS LAÍNZ


Hace ya algunos años el estado mexicano de Sonora prohibió la costumbre, al parecer muy extendida por aquellas tierras, de bautizar a los niños con nombres denigrantes, peyorativos o que los puedan exponer a burlas. Incluso se elaboró una lista con algunos ya utilizados y ahora expresamente prohibidos, como Rambo, Pocahontas, Batman, Burger King, Robocop, Harry Potter, Facebook, Twitter, Circuncisión, Pubis, Pene, Lady Di, Christmas Day, Espinaca, Escroto, Cacerolo, Tremebundo y Terminator. Hace algunos años las autoridades venezolanas tomaron medidas similares para poner coto al desmadre onomástico, muy habitual en Centroamérica, que ha sembrado la región con personas llamadas Usnavy, Madeinusa, Yesaidú, Superman, Pink Floyd, Mister Rambo, Teamo, Chicle, Google, Teléfono, Calcomanía, James Bond Cero Cero Siete, Conflicto Internacional, Disney Landia, Victoria Apretada, Coito, Virus y Apolo Tres.
Probablemente sea Hispanoamérica (¡Latinoamérica, Latinoamérica! –exigía el sardónico Foxá–. ¡Que aquí la responsabilidad es de todos!) la campeona mundial en estas lides, como demuestran miles de niños llegados a España en los últimos quince años con nombres como Shadasia, Tiffany, Merisleysis, Yumileidy, Jewel, Adimar, Jenessy, Luzcelenia, Kayla, Anivelys, Wachi, Singüenton y tantos otros que, junto a los neonombres de fabricación local, han comenzado a hacerirreconocible el milenario paisaje onomástico de nuestra exnación.
Aunque en todas partes cuecen habas. Pues en Nueva Zelanda han tenido que poner también manos a la obra para evitar que ilusionados padres adornen a sus churumbeles con nombres como Mesías, Lucifer, Anal, Violencia, Sin Miedo a la Mafia o Parada de Autobús Número 16.
Pero no ignoremos la viga en el ojo propio, ya que lo que en otros países consigue el mal gusto, las modas o la emulación de lo yanqui, aquí se logra con frenesí nacionalista. Pues el nacionalismo vasco, siempre ansioso de diferencias con España, ha sembrado la vieja Vasconia connombres que de vascos no tienen nada –para comprobarlo basta un vistazo a cómo se llamaron los vascos desde el inicio de los tiempos históricos hasta que hizo su aparición el nacionalismo para falsificarlo todo– pero que muchos consideran el colmo de la militancia patriótica desde la pila bautismal. Al final va a resultar que esto de pertenecer a naciones distintas pasa por cambiarse el nombre. Los disparates están tan extendidos y son de tal magnitud que la Real Academia de la Lengua Vasca ha tenido que llamar la atención sobre el hecho de que muchos progenitores, por ignorancia y desarraigo –pues muchos de ellos son maketísimos–, han estampado para siempre en sus retoños nombres tan poéticos como Aker (macho cabrío), Ordots (verraco), Ozpin (vinagre), Simaur (estiércol) y Zakar (basura).
Ya lo avisó Baroja hace un siglo: para un verdadero vascongado, esto del nacionalismo es una farsa.
© Libertaddigital

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