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    El Manifiesto. Periódico política y socialmente incorrecto

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Izquierda indefinida y hegemonía social


Es un hecho constatado la clara hegemonía que desde hace décadas el pensamiento "de izquierdas" ejerce en Europa, tanto en el terreno de lo social como, muy especialmente, en el mundo de la cultura. Ello es especialmente patente, por razones específicas, en España. Son cada vez más frecuentes en nuestro país los análisis dedicados a preguntarse por las razones de este "plus de legitimidad" de la izquierda. El presente texto, —publicado en 2006 en la revista "Disidencias" y reeditado en el libro "Disidencia Perfecta. La Nueva derecha y la batalla de las ideas" (Áltera 2008) — intenta explicar esta situación, así como elaborar un diagnóstico sobre el camino a tomar por las fuerzas que aspiren a quebrar esa hegemonía. Un análisis que conserva toda su vigencia.
Rodrigo Agulló

18 de octubre de 2016
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RODRIGO AGULLÓ


En un libro aparecido en el año 2003
(1) y dedicado a analizar el concepto de izquierda política, el profesor Gustavo Bueno proponía una clasificación básica para encarar la realidad de la izquierda contemporánea: la distinción entre lo que él denominala izquierda definida y la izquierda indefinida.
Como izquierda definida, entiende Gustavo Bueno aquellas corrientes que pueden ser definidas políticamente de acuerdo con un criterio objetivo, que él identifica con la posición ante el modelo de Estado. En la categoría izquierda definida agrupa Bueno las sucesivas generaciones políticas de izquierda, tanto reformistas como revolucionarias, que desde la revolución francesa hasta mediados del siglo XX se fueron relevando o coexistieron como agentes de transformación social.
Bajo la categoría de izquierda indefinida, agrupa a aquellas corrientes que desbordan ese campo de variables políticas concretas, pero que se identifican —ya sea de forma total, parcial o estratégica— con alguna corriente de izquierda definida.
En la primera categoría se sitúan por tanto aquellas agrupaciones que se adscriben a alguna de las corrientes de izquierdas que podemos denominar clásicas, en función de su grado acabado de elaboración doctrinal y su clara identificación con períodos históricos o modelos de sociedad concretos: izquierda socialdemócrata, izquierda libertaria, las diversas familias comunistas y otras. Su instrumento de acción social básico sería el Partido, y su objetivo la conquista del poder político y por lo tanto del Estado.
La segunda categoría presenta un carácter más indeterminado y se refiere a un fenómeno esencialmente contemporáneo. La izquierda indefinida consiste en ese “campo social” de contornos fluidos que agrupa a los “nuevos movimientos sociales”, ONGs, vanguardias artísticas, movimientos antisistema, antiglobalización, rebeldes y heterodoxos varios y en suma, la nebulosa que desde la década de los 60 ha venido en denominarse como “contracultura”.
Pero lo más interesante es el diagnóstico que Bueno hace del estado de relaciones de fuerza entre ambas izquierdas: las izquierdas definidas —pese a su mayor grado de organización y coherencia ideológica— dependen más de las izquierdas indefinidas que viceversa. Y ello es debido a que las izquierdas indefinidas llegan hasta donde las izquierdas definidas no pueden llegar: Las izquierdas definidas no “agotan” el material político y social al que se aplican, por lo que habrán de irradiar su influjo o por lo menos engranar de algún modo con otras corrientes de izquierda indefinida, que actúan en ese material”.
La izquierda tradicional, institucional, de Partido, depende por tanto de esa otra izquierda difusa. Es fácil encontrar ejemplos recientes de cómo la acción de esa “izquierda indefinida” puede incidir en el fiel de la balanza. En la publicación “Eurotopia”  del Foro Social Europeo (red de coordinación de los   movimientos sociales en Europa) podía leerse en Junio 2006 “la derrota del gobierno de Aznar en España en 2004, fue el primer indicio de las consecuencias nacionales de unas movilizaciones inspiradas internacionalmente, y la caída de Berlusconi en Italia ha sido el último”.
Y ello es, repitámoslo, porque la izquierda indefinida llega hasta donde la izquierda institucional no puede llegar. Las sociedades posmodernas se caracterizan por su extremada complejidad en lo referente a la multiplicidad de fuentes de información y redes de socialización. Los medios habituales a disposición del Estado y las instituciones deben operar en un “mercado” abierto de ofertas de todo tipo dirigidas a una sociedad básicamente individualista, fragmentada y reivindicativa, en donde el vínculo social tradicional —el sentido de pertenencia comunitario a una nación y a una cultura— “implota” en pluralidades diversas de carácter cultural, étnico, de intereses u otras.
Está claro que el Estado —una invención, al fin y al cabo, del Renacimiento— es progresivamente incapaz de asegurar un grado deseable de consenso social en este escenario. Y es aquí donde entra en juego la “izquierda indefinida”:  difunde valores a través de las nuevas redes de socialización y en consecuencia “ocupa” la sociedad, controla los resortes emocionales y festivos inherentes a la sociedad consumista del capitalismo global, y conforma las ideas de legitimidad que sostienen mayorías políticas. Este desdoblamiento de la izquierda en dos vertientes, la “institucional” y la “social”, le confiere una agilidad de la que la derecha carece para gestionar en su beneficio fenómenos novedosos como la insuficiencia de la política institucional, la globalización, la quiebra y fragmentación del vínculo social, la patología festiva de las sociedades contemporáneas, la importancia de la imagen y el relativismo rampante. Su supremacía por tanto parece asegurada durante largo tiempo. Intentaremos abordar todos estos puntos.
 
1. Crisis de la política institucional.
Podemos definir la crisis de la política institucional como la incapacidad de las instituciones políticas tradicionales de gestionar la creciente complejidad de las sociedades posmodernas, en el contexto de globalización y de fragmentación del vínculo social propio de las sociedades occidentales de capitalismo avanzado.
Desde la consolidación del Estado de Derecho liberal-burgués, a partir de las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, la organización política se ha articulado en torno a la idea de representación elaborada por los teóricos de la ilustración y sus epígonos, y una concepción mecanicista de las instituciones políticas del Estado, basada en el equilibrio de poderes y en la concepción del poder ejecutivo como agente de acción y transformación social. La ocupación de la “maquinaria” del Estado a través del Partido político permitía ejercer una labor de “ingeniería social” sobre una masa de electores/gobernados esencialmente pasiva.
Esta concepción no hizo sino exacerbarse con el advenimiento del socialismo revolucionario. El ejemplo arquetípico es el de la revolución soviética, en el que la pequeña secta bolchevique, tras hacerse con el control del poder político, logra forzar una transformación social de dimensiones colosales sobre una gran masa de población inicialmente ignorante u hostil al proyecto. Este modelo de las minorías políticas profesionales como agentes de cambio y/o control social se repetirá a lo largo de todo el siglo XX, en sus diversas modalidades totalitarias o democráticas.
Pero hoy nos encontramos con la crisis total del monopolio del Estado sobre las capacidades de acción social. El Estado aparece desbordado tanto por fuerzas que lo superan y escapan a su control (la globalización y sus diversos agentes) como por fuerzas internas que lo amenazan de implosión: particularismos, erosión y desagregación del vínculo social. Al mismo tiempo, la crisis de las instituciones democráticas abre una brecha creciente entre las instituciones y las personas teóricamente representadas por ellas. Es un lugar común en la literatura política contemporánea la invocación de ese progresivo distanciamiento entre el pueblo y los gestores políticos, percibidos como una “nomenclatura” endogámica, ajena a los intereses reales de la gente. De ahí se explican fenómenos como el populismo, la crisis del “militantismo” tradicional en los partidos políticos y el auge de los nuevos movimientos sociales.
No parece sino que la política, tras décadas de verse relegada e incluso negada por el enfoque gestionario del Estado liberal, se desborda por cauces paralelos, por otras formas de “hacer política” que se solapan a la política tradicional, y que responden a una lógica de “ocupación” de la sociedad —como paso previo a la conquista del Estado, invirtiendo así la secuencia tradicional de las grandes transformaciones políticas.
Es más que evidente que la izquierda está “a la cabeza de la manifestación” en este fenómeno, fenómeno que responde en buena medida a procesos desencadenados desde esa misma izquierda, que Gustavo Bueno califica de “indefinida”. El armazón teórico data ya de antiguo, con teóricos como Antonio Gramsci o activistas de genio como Willy Münzenberg. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión data de los años 60 y del proceso de revisión del marxismo realizado a mediados de siglo pasado, de cuyas fuentes bebe todavía la izquierda hegemónica de nuestros días.
Desde los años sesenta la izquierda ha ejercido una hegemonía prácticamente incontestada en el terreno cultural, a través de la acción de sus terminales en todos los sectores de la sociedad. Hubo sin embargo un momento de desconcierto y de crisis, en el que la izquierda quedó temporalmente “descolocada”. La caída del socialismo real en 1989 provocó una conmoción sin precedentes en el imaginario utópico tan caro a la izquierda, del que pareció por un cierto tiempo que no conseguiría recuperarse. Sin embargo, mientras los cantos de sirena del neoliberalismo triunfante anunciaban el fin de la Historia, la izquierda occidental comenzó a reinventarse.
Y así lo hizo, en el terreno práctico, entre otras maneras mediante la aproximación de la izquierda institucional a los llamados “nuevos movimientos sociales”. La invocación a la necesidad de la “vuelta a la política” frente al “gestionarismo” neoliberal, ha sido una constante de pensamiento de la nueva izquierda. La nueva izquierda ha teorizado con fruición la necesaria superación de la “política institucional”, poniendo en circulación conceptos mas o menos pomposos como “democracia participativa”, “democracia radical”, “contrapoder democrático” o “política prefigurativa”. Básicamente, se acepta el enfoque según el cuál “la victoria electoral sólo se traducirá en cambios reales cuando los movimientos y organizaciones democráticos de la sociedad “ya” estén ejerciendo todo tipo de poder económico, social y cultural para alcanzar dichos cambios siguiendo una dirección común —o al menos complementaria— a la del Gobierno elegido” (Hilary Wainwright “Cómo ocupar el Estado”. Eitorial Icaria-Antrazyt. 2005).
La izquierda indefinida sortea el hundimiento de la vieja escolástica marxista, mediante una ruptura posmoderna con “la noción positivista de que el conocimiento está compuesto exclusivamente por leyes científicas”. La izquierda indefinida reivindica “el conocimiento práctico, al que no se puede acceder de forma codificada y escrita, sino que está integrado en las habilidades, los sentimientos y actividades creativas de las personas”. A eso se denomina “democratización del conocimiento”. (Hilary Wainwright).
Ante la crisis del modelo tradicional de Partido Político, con sus bases, militancia cuotas y programas, no es extraño que el nuevo socialismo radical se presente como una especie de recolector “suma y sigue” de reivindicaciones de grupos de interés, organizaciones sociales y minorías variopintas, en un enfoque que no deja de ser desconcertante para muchos viejos socialistas. La asunción por la izquierda institucional de esta miscelánea reivindicativa cumple una doble función: por una parte, incorporar el poder generador de imaginario social de esos movimientos, que tienen la capacidad de proveer a la izquierda institucional de legitimaciones ideológicas “vendibles” cara a la opinión pública. Por otra parte, maquillar la indigencia teórica y el vacío derivado del estrepitoso fiasco histórico del “gran relato” marxista, mediante la instalación de un circo en mitad del páramo.
 
2. Globalización.
Si la globalización es el signo de los tiempos, la izquierda indefinida es un buen síntoma de ello. En contradicción flagrante con su retórica antiglobalizadora, la izquierda radical europea es uno de los principales agentes activos en favor de una globalización acelerada, en todo lo que el proceso tiene de hibridación, de disolución de culturas y pueblos en una mezcolanza planetaria, que se presenta como nuevo horizonte utópico. Con el evangelio del mestizaje, la izquierda radical celebra y acompaña este fenómeno inédito en la historia, que tiene en nuestros días como campo de experimentación y escenario principal a Europa.
Sin embargo, es en el terreno del uso de los medios, de las herramientas de acción social, donde los movimientos sociales de izquierda han demostrado ser las criaturas de esa globalización tan denostada. El “mantra del agit-prop posmoderno: “Pensar globalmente, actuar localmente”.  ¿Cómo se manifiesta la globalización?
En palabras de Alain de Benoist “asistimos simultáneamente al fin de los Estados-nación en provecho de las comunidades y los continentes, al fin de las organizaciones de masa en provecho de las redes, al fin del modelo explosión/revolución en provecho del de implosión/dispersión, al fin de las lógicas territoriales en provecho de las lógicas trasnacionales, al fin del individualismo solitario en provecho de la intersubjetividad de los grupos. El mundo globalizado es ante todo un mundo de redes”. (2)
Redes, la nueva lógica de acción social, a la que los movimientos de la llamada “izquierda altermundialista”, hijos de su tiempo, se adaptan a la perfección. La lógica de propagación de las redes es viral, los “brotes” se caracterizan por su autonomía, por su carencia de centro, cabeza o jerarquía formal, por su horizontalidad y complementariedad. Funcionan como un “campo de fuerza” o “red de energía” que insufla vitalidad al organismo como tal, y aseguran su capacidad de mutación cuando las circunstancias lo requieren. Tienen una dimensión global. Es el modelo del “rizoma” (Deleuze y Guatteri) (3). Sus efectos se multiplican en Internet.
La experiencia de las movilizaciones de la “izquierda altermundialista” en los últimos años es ilustrativa de las potencialidades de este modelo. Las redes funcionan mediante su autonomía y colaboración. Sólo el dominio de la nueva cultura de redes, la capacidad entenderse en esa forma horizontal, hacen posible ese “pensar globalmente, actuar localmente”, que equivale a concentrar energías en principio dispersas sobre un punto concreto, en actuaciones puntuales que tienen como resultado modelar la realidad política.
Aparentemente resta por resolver, en el seno de esa izquierda que se complace en imaginarse como “libertaria”, el debate de cómo enfocar la interacción de esas redes autónomas con las izquierdas organizadas de los diversos países.  Sea como sea, puede decirse que hasta ahora los réditos de esa interacción son fuente de satisfacción recíproca para unos y otros.
 
3. Ruptura del vínculo social.
Crisis de la familia, crisis de la escuela, crisis de la autoridad, crisis del Estado, crisis de los valores…. Como señala el sociólogo Alain Touraine, “ningún tema está más extendido hoy que la ruptura del vínculo social. Los grupos de proximidad, la familia, los compañeros, el medio escolar o profesional, parecen por todas partes en crisis, dejando al individuo, sobre todo joven o ya mayor sin cónyuge y sin familia, extranjero o inmigrante, en una soledad que conduce bien a la depresión, o bien a la búsqueda de relaciones artificiales y peligrosas”. (4)
En vez de las antiguas categorías “verticales” de definición social (propietarios de los medios de producción/asalariados, o “burguesía”/“proletariado”) se impone una distinción “horizontal” entre “integrados”/“excluídos” del sistema. El drama no es tanto el ser explotado como el ser excedente.
Los excluidos, los jóvenes abocados a la precariedad laboral, los inmigrantes, se ven así privados de puntos de referencia y de señales de identidad, abocados a la incertidumbre y la frustración ante un modelo social que sólo propone como objetivos supremos el éxito rápido y el consumo.
Esta falta de polos de referencia deriva del individualismo liberal que está en la base de nuestra organización social. El Estado, las instituciones, renuncian a generar un mínimo sentido que haga al individuo sentirse partícipe de algo. El Estado se reduce a ser un mero proveedor de servicios.  Como señala Alain de Benoist, “toda preocupación tocante a los valores, a las finalidades de la existencia, a la manera mejor de llevar una “vida buena” (Aristóteles) es relegada a la esfera privada. En este ámbito, el Estado de Derecho liberal se vanagloria de su neutralidad —en claro: de su indiferencia”. (5) La situación se agrava con el advenimiento del multiculturalismo: la adhesión de los poderes públicos a un núcleo mínimo de valores que  fundamenten un proyecto común deviene cada vez más problemática, ante la eventualidad de arriesgar colisiones en el seno de una sociedad fragmentada en  grupos culturales con valores diferentes o contrapuestos. El único valor común es la ausencia de valores comunes.  Paradoja del principio de tolerancia: todo es igualmente respetable ergo nada en el fondo merece respeto. Un Estado que no cree en nada, aboca a sus ciudadanos a creer cualquier cosa.
No cabe subestimar el indudable componente de generosidad e idealismo presentes entre la militancia de los nuevos movimientos sociales y del llamado movimiento antiglobalización, personas de buena voluntad convencidas de contribuir a la construcción de un mundo mejor. Pero más allá de los objetivos proclamados, sí cabe aplicar una buena dosis de sospecha sobre las motivaciones últimas que impulsan ese “clamor solidario” por los desposeídos de la tierra entre buena parte de los activistas de los países opulentos.
Y es que mas allá de los fines proclamados, se percibe un ansia de satisfacer un anhelo de empatía, de comunión tribal, de formar parte de algo, de encontrar un sentido que ni el Estado, ni la nación, ni la religión ni la familia son ya capaces de ofrecer.
El militante antiglobalización, fusionándose en una mezcolanza de por sí ya globalizada, en la que se juntan “ex marxistas, católicos, anarquistas, ecologistas, gays, madres de la Plaza de Mayo, kurdos y Médicos sin fronteras(6), vive la ilusión de ser un agente de cambios históricos, viaja de país en país y de  manifestación en manifestación como respondiendo a una misión, se siente en estado de gracia como depositario de una conciencia moral que lo distingue,  experimenta una sensación de protagonismo. La moral, la reconversión de la izquierda radical al moralismo, a los buenos sentimientos, al “buenismo” en suma, acompaña el eclipse de la política entendida como decisión y como el ejercicio de facultades soberanas, y enlaza perfectamente con la dinámica de estos movimientos empapados de humanitarismo “soft”, que contrasta con el desprecio por el sentimentalismo de la apuesta revolucionaria de la vieja izquierda.
Los nuevos movimientos sociales de la izquierda indefinida ofrecen un marco alternativo de socialización, un cauce al gregarismo, la satisfacción de un instinto ancestral, tribal y comunitario, que no encuentra vías de expresión entre el individualismo y el desarraigo de las sociedades contemporáneas.  El sociólogo francés Michel Maffesoli ha desarrollado en extenso la tesis de la tribalización del mundo y el resurgimiento de formas comunitarias de vida. El tema de las “tribus”, junto con el tema de las “redes”, es ya uno de los grandes tópicos de la literatura sobre la posmodernidad. No cabe sino constatar que la izquierda indefinida es en este campo, como en muchos otros, hija de su tiempo.
 
4. Festivismo.
“Divertirse hasta morir”, titulaba Vicente Verdú un capítulo de su libro “El estilo del mundo”. Y trascribía el siguiente programa de actos de unas “jornadas antiglobalizadoras” celebradas en 2002 en Barcelona: “9h. Pedaleada intergaláctica. 9.30h. Caza lobbies (contra los grupos de presión). 11h. Pintada de un mural zapatista. 16.30. Reparto de palomitas transgénicas. 18h. Circo para denunciar el circo gris y criminal del imperio global”. Continúa Verdú: “los rebeldes se conducían como niños y se expresaban como párvulos, desfilaban disfrazados de piratas o de payasos y tocaban los timbales, bailaban o cantaban en una atmósfera que recordaba un cumpleaños escolar. ¿Los anarquistas? Los autoproclamados de la CNT se habían pintado la cara de blanco y negro, y a su lado desfilaba otro grupo en defensa de la clase oprimida que se autodenominaba “Fiambrera Obrera””.
El espectáculo es prácticamente intercambiable con el ofrecido por otras jornadas de lucha o reivindicaciones, ya sean las manifestaciones contra la guerra de Irak o los días del orgullo gay, que prácticamente enlazan sin solución de continuidad con manifestaciones pretendidamente apolíticas como la “Love Parade” de Berlín y demás eventos “rave”. La izquierda indefinida apuesta decididamente por la Fiesta,  se suma con gusto a la “puerilización general como atajo democrático hacia la felicidad en masa”(Vicente Verdú).
El análisis de esa compulsión festiva de las sociedades contemporáneas cuenta ya con una abundante literatura. Así, Pascal Bruckner habla del “deber de ser feliz” como nuevo imperativo de las sociedades contemporáneas (7).  Si para Michel Maffesoli se trata del retorno del espíritu dionisiaco, para Philippe Muray no es más que una expresión de idiotez colectiva que enmascara una nueva forma de despotismo.  Es quizá el escritor y ensayista francés Philippe Muray quien mejor ha descrito la patología de esta especie contemporánea, el “homo festivus”, como epítome del nihilismo: “como transformar a los seres parlantes en excursionistas?, La gloria de Walt Disney viene sobre todo de haber sabido, mucho antes que los demás, que la Historia se extinguía, y que el globo, explorado de arriba abajo, ya visitable por no importa quien, estaba a punto de perder todo su atractivo. Ya no hay planeta, ya no hay Historia, ya no hay tiempo, solo queda el pasatiempo(8).
Para Antonio Escohotado, “el marxismo contemporáneo es un fenómeno en gran medida estético y lúdico, ligado a lo políticamente correcto(9). El activista antiglobalización se pasea por el mundo apoyando causas progresistas, con las espaldas cubiertas y la vuelta a casa asegurada, en un simulacro de revolución de bisutería, de pasamontañas de diseño y de estética neohippy, en la que tanto caben John Lennon como el Che Guevara, y en la que el componente festivo prima sobre el auténtico riesgo. Aventura “light” y parque temático. En definitiva, Turistas del ideal. (10)
Así como algunas celebraciones religiosas de antaño combinaban lo lúdico con lo piadoso, los nuevos movimientos sociales expresan sus reivindicaciones en una atmósfera de carnaval. El contenido de esas reivindicaciones remite fundamentalmente a una idea de “liberación”, contra un orden opresivo, discriminador y alienante que se asocia a su vez a una idea de “seriedad”. Estas reivindicaciones responden a esa lógica de exacerbación hedonista, que ya denunciaba Pascal Bruckner como consustancial a nuestras sociedades de consumo y a nuestro mundo hiperfestivo.  Las múltiples cruzadas por la no-dominación —concepto que sustituye al izquierdista tradicional de emancipación (11)— son en realidad el esfuerzo del propio sistema por remover las últimas barreras que en el ámbito de lo social se oponen al pleno desenvolvimiento del Mercado global y al advenimiento del nuevo mundo feliz, festivo y post-histórico.
 
5. Imagen.
Las sociedades posmodernas reposan, como señala Gilles Lipovetsky, sobre un mar de fondo que él denomina “la seducción continua”. “La seducción se ha convertido en el proceso general que tiende a regular el consumo, las organizaciones, la información, la educación, las costumbres. La vida de las sociedades contemporáneas está dirigida desde ahora por una nueva estrategia que desbanca la primacía de las relaciones de producción en beneficio de una apoteosis de las relaciones de seducción”. (12)
La seducción. No cabe duda que la izquierda indefinida, liberadora, gregaria, festiva, seduce más y mejor que la derecha social, adusta y reactiva.
Y en la lógica del Mercado, básicamente publicitaria, la seducción reposa en una imagen, en una imagen de marca. “Prácticamente todas las cosas que aspiren a pervivir con fuerza deberán reencarnarse en una imagen de marca, en una marca con imagen. La imagen salva”(Vicente Verdú).
No cabe duda que la hegemonía social de la izquierda reposa sobre su asociación tradicional con una serie de imágenes-marca (solidaridad, igualdad, libertad). Ellas vienen ahora a ser periódicamente reforzadas con la incorporación de otras imágenes-marca procedentes de la izquierda indefinida (mestizaje, tolerancia, multiculturalismo), que son inmediatamente asumidas por la izquierda institucional, que se recupera así del desgaste de las viejas palabras y las sustituye cuando es preciso. Para reclutar adhesiones, los nuevos eslóganes no necesitan ser razonados ni profundizados, puesto que actúan conforme a una lógica de seducción, y se remiten cómodamente al horizonte utópico tan caro a la retórica progresista. 
La penetración de la lógica de las marcas aporta a la política un grado de deshumanización inusitada: los programas de gobierno se eclipsan ante la seducción de la imagen, y los políticos se manufacturan como mercancías. Un partido o un político con una imagen de marca consolidada pueden permitirse hacer o decir una cosa y su contrario al mismo tiempo, cualquier cosa, lo que sea. Lo esencial es que el poder de seducción siga funcionando. Primacía total del continente sobre el contenido. La política de la era de la Nada. Una vez más, la izquierda en primera línea. (13)
 
6. Nihilismo.
La izquierda indefinida prospera en el mundo crepuscular del nihilismo. El nihilismo: un movimiento arrollador de pérdida de sentido que cruza la historia de Europa y que culmina en un presente eterno sin porvenir ni ilusión de finalidad, sin porqué ni para qué, sin más certeza que la de la propia futilidad. La edad del vacío.
La izquierda teórica hizo ya hace décadas la transición hacia este universo de trivialización absoluta, de desvalorización de todos los valores. Fundamentalmente, en el movimiento de la izquierda radical procedente de Mayo de 1968, con Foucault como figura emblemática. Como explica Jesús Trillo-Figueroa, la izquierda “foucaltiana” “reniega de su pasado y pretende transformar la sociedad de raíz por medio de la filosofía y la universidad, en una lucha revolucionaria que poco tiene que ver con las reformas sociales y el compromiso político de partido democrático”. Ante la ausencia del sujeto revolucionario tradicional —el proletariado, ahora aburguesado e integrado en el sistema— la militancia izquierdista incorpora las reivindicaciones de minorías varias (homosexuales, feminismo radical, minorías étnicas, marginales, contraculturales) que se convierten así en la nueva “clase” a redimir. Con ello, se asume un enfoque contracultural que impone el replanteamiento desde la raíz de los fundamentos mismos de la organización social, una demolición sistemática de los valores y construcciones culturales que han vertebrado las conquistas de una civilización milenaria.
Todo se cuestiona, todo es susceptible de componerse y recomponerse en una operación incesante de ingeniería social, que pone en tela de juicio desde la lógica del lenguaje (la “deconstrucción” teorizada por Derrida) las formas básicas de organización social (la familia), el pasado (la reescritura de la historia en clave “políticamente correcta”) y hasta la propia naturaleza (derecho a la identidad sexual, cuestionamiento de la idea de “naturaleza humana”). Un nihilismo dulce y sinuoso, corrosivo como un cáncer, que diluye las antiguas certezas en un bálsamo de relativismo, en el que todo se reduce a una libre elección de “lifestyles”, en donde una cosa vale lo mismo que la otra y en realidad nada vale nada. Un ejercicio de “creatividad”, celebrado por gurús y “burgueses bohemios” (“bobos”, en la expresión francesa) como apoteosis de profundización democrática. (14)
Y ello, coronado por el “vuelo de las clases creativas” (Richard Florida) (15), los sacerdotes de la nueva utopía. “Intelectuales” y creativos, artistas, inmigrantes, minorías sexuales, multikulti, los nuevos dispensadores de legitimidades y “nihil obstat”. Los movimientos de izquierda indefinida no son sino alumnos aventajados, agentes aceleradores en eseproceso de agudización del nihilismo. Un proceso que, en realidad, viene de atrás, que supera con mucho la acción de esas fuerzas sociales, la acción de todas las izquierdas y también de las derechas, porque responde a otra dimensión, porque su advenimiento ya estaba escrito, como anunció Nietzsche, en los derroteros de la Historia europea. La izquierda indefinida no es sino un síntoma, un títere mas en ese proceso, los falsos rebeldes contra un sistema que teledirige sus falsas rebeldías, las escorias del supermercado planetario. Son los apologetas de la desmovilización de nuestras sociedades, los heraldos de todas las rendiciones, la expresión danzante de esa voluntad de nada que saluda con panderetas la llegada del “último hombre”. (16)
 
Conclusión.
Desde los años 60 la izquierda “ocupa” las escuelas, la universidad, los medios de comunicación, las editoriales y la industria del ocio. Coloniza el pasado y re-escribe la historia. Fija los límites de lo respetable, define lo que es aceptable y lo que no, censura al discrepante y condena al disidente, en un ejercicio descarnado de terrorismo intelectual. Su dominio del lenguaje obliga al adversario, en el terreno semántico, a jugar en campo contrario y a la defensiva. Su hegemonía espiritual, asegurada mediante una operación de lavado masivo de cerebro, inocula en las conciencias su mercancía ideológica, y fomenta hábitos de autocensura entre los ciudadanos. 
Se ha llegado a señalar, y no sin razón, que esta situación solo tiene parangón con la establecida por la Iglesia hace siglos en occidente.
¿Y la derecha? ¿Cuál es el arquetipo básico de un votante tradicional “de derecha”? Generalmente una persona “de orden” a la que no gustan las “cosas raras”, trasunto secularizado de lo que antes venía en llamarse “pueblo de Dios”.  Con una actitud básicamente reactiva a los asaltos de la izquierda, la derecha pierde inevitablemente la batalla de la imagen. Extraviada en un mundo de ligereza y banalidad, la derecha comunica severidad y rigidez. Cuando trata de adaptarse a los modos de la izquierda, “suena falso” y diluye su identidad.
Desde hace décadas la derecha en Europa presenta un carácter básicamente economicista. Parece responder a un pacto tácito, en virtud del cual a cambio del mantenimiento esencial del “status quo” social y económico, se abandona en manos de la izquierda el dominio sobre lo espiritual. Cuando puntualmente la derecha decide movilizarse en defensa de algún valor, de algún principio, le hace regalo a la izquierda del papel de oponente rentable, de fantoche reaccionario, intolerante y/o homófobo, que la izquierda tanto precisa para revestir con algún oropel de rebeldía y  transgresión su “lucha” ya ganada de antemano.
La derecha se limita pues a padecer ese plus de legitimidad de la izquierda, asistiendo desconcertada a los asaltos y piruetas del “establishment” progresista. Pensamos que esa hegemonía social de la izquierda está garantizada por largo tiempo, por las razones arriba señaladas: por su asunción de la crisis de la política institucional, por su inserción en la globalización, por su aprovechamiento de la ruptura del vínculo social, por su carácter festivo, por su dominio de la imagen, y por responder como un guante a la edad del nihilismo. En suma, por la buena salud de la interacción izquierda institucional/izquierda indefinida, que conforma un gran campo social de izquierda hegemónica.
Pensamos que la inversión de esta situación solo podría venir, utilizando una vez más el término acuñado por Gustavo Bueno, por la constitución de un auténtico campo social de derecha, por la formación de una derecha indefinida.  Una pluralidad de derechas o entramado de redes, que se sitúe en un plano distinto del institucional, aunque no en incompatibilidad con el mismo, y que actúe en el ámbito de lo social, en el ámbito de los valores, de la cultura, de lo espiritual.
Opinamos que esa derecha —o como quiera que se llame en el futuro eso que no es izquierda, eso que no es pensamiento único— es algo prácticamente inédito. Empiezan, sin embargo, a manifestarse signos, a surgir focos, aquí y allá en Europa, de lo que podría ser el futuro. Esa, llamémosle —aunque sólo sea a título provisional, porque probablemente será otra cosa —“derecha europea”, que de momento sólo se sospecha a sí misma, deberá asumir de una vez por todas la posmodernidad, deberá situarse mas allá de la reacción a la izquierda , deberá instalarse en la globalización, deberá crear su propio lenguaje y sus propios espacios de resistencia, deberá deconstruir el discurso dominante, deberá reivindicar determinados valores premodernos, deberá dar voz a tantos que hoy en Europa carecen de ella, deberá apostar por el retorno de la política, de la aventura y de los pueblos, deberá pensar el nihilismo y su superación.
La gran cuestión reside en que, habida cuenta de la inmigración de repoblación que cambiará la faz de nuestro continente durante las próximas décadas, nos enfrentaremos seguramente a un escenario inédito. Pero eso, claro está, es otra historia.
Rodrigo Agulló
 
(1). Gustavo Bueno “El mito de la Izquierda. Las izquierdas y la derecha”. Ediciones B. 2003.
 (2). Alain de Benoist: ” Face à la Mondialisation”. En “Critiques. Théoriques”. L'Age D'Homme 2002. Página 169. (traducción libre).
(3). El uso deltérmino “rizoma” fue introducido por Deleuzey Guatteri, en la estela del post-estructuralismo,  para designar los fenómenos sociales que pueden compararse, en forma metafórica, a formas de vida orgánicas y suprapersonales, pero que carecen de orden o jerarquía interna.
(4). Alain Touraune. “Un nuevo paradigma para comprender el mundo de hoy”. Paidos 2005. Página 91.
(5). Alain de Benoist “Du lien social” en “Critiques, Théoriques”. L'Age D'Homme. Página 202
(6) Vicente Verdú. ”El Estilo del Mundo”. Anagrama 2003.Página 186.
(7). Pascal Bruckner. “L'Euphorie perpétuelle. Essai sur le devoir de bonheur”. Grasset 2000.
(8) Philippe Muray . “Désaccord parfait”. Gallimard 2000. Página 149.
(9)  Antonio Escohotado, entrevista  con Luis Racionero, en el libro de este último “Los complejos de la Derecha”. Planeta 2006.  
(10) Título de una novela de Ignacio Vidal Folch. Destino 2005. Para una contundente denuncia, desde posiciones de izquierda, de las imposturas de la “rebeldía” contracultural ver: Joseph Heath y Andrew PotterRebelarse vende: el negocio de la contracultura”. Taurus 2005.
(11) Tema desarrollado por Jesús Trillo Figueroa en su libro “la ideología invisible, El pensamiento de la nueva izquierda radical”. Libros libres 2005. páginas 154 y ss. Ensayo esencial para comprender la naturaleza del nuevo socialismo en España.
(12) Gilles Lipovetsky “La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo”. Anagrama 1996. Página 17.
(13) En este orden de cosas, se explica la asunción con toda naturalidad por el partido socialista en España de las reivindicaciones de los nacionalismos periféricos más insolidarios, en un ejercicio de contradicción flagrante con los ideales tradicionales de la izquierda. Cualquier cosa que haga el partido socialista, es “progresista” por definición. Una buena explicación de la primacía de la imagen  en la política actual: Jesús Trillo Figueroa -“la ideología invisible” (capítulo 2).
(14)Bobos”, acrónimo de la expresión “bourgeois-bohemian”, teorizada por el periodista norteamericano David Brooks (“Bobos en el paraíso”. Editorial Grijalbo 2001). Término referido a la nueva élite acomodada de la era de la informática, que conjuga confort material burgués con actitudes bohemias y pretensiones creativas. La expresión es de amplio uso en Francia, donde recoge parcialmente  el sentido de la vieja expresión “izquierda caviar” (gauche caviar). En España no hay equivalente exacto, aunque quizá el término más aproximado sea el de “progre” o “pijoprogre”.
(15) Richard Florida. “The flight of the creative class: the new global competition for talent”, Harper Business 2005. Gurú de la izquierda posmoderna norteamericana, para Richard Florida la nueva clase creativa (que cifra en un 30% de la fuerza productiva en Estados Unidos) está compuesta principalmente por “gays, artistas, minorías e inmigrantes”. Citado por Jesús Trillo Figueroa en obra citada, página 179.
(16) “El último hombre, que todo lo empequeñece…Han abandonado las comarcas donde era duro vivir, pues la gente necesita calor, la gente ama incluso al vecino y se restriega contra él: pues necesita calor.. “Nosotros hemos inventado la felicidad” dicen los últimos hombres, y guiñan el ojo… Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener un morir agradable…¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién quiere aún obedecer? Ambas cosas son demasiado molestas. Ningún pastor y un solo rebaño. Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio”. Friedrich Nietzsche. “Así habló Zaratustra”. Prólogo.

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miércoles, 19 de octubre de 2016

Izquierda indefinida y hegemonía social

Oí decir a Santiago Carrillo, en el programa ´´Negro sobre blanco´´, que a la izquierda sólo le quedaban 3 cosas: los cristianos de base, los antisistema y los islamistas radicales.

# Publicado por: BURT (Ciudad Real)
martes, 18 de octubre de 2016

Lo progre

El problema es que lo ´´progre´´ ocupa un espectro muy amplio. Por ejemplo: Almodóvar es progre, pero en su tiempo, Murnau también era progre. Y la estética fascista y el futurismo, en cierto modo, también eran progres en su momento. El fascismo rompía con el conservadurismo tradicional. El neorrealismo italiano también fue progre. Y también es progre el nefando cine español desde los ochenta hasta aquí. ´´Pogre´´ se ha convertido en un flatus vocis, igual que ´´liberal´´ o ´´fascista´´.

# Publicado por: Progre descarriado (Ciempozuelos)
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