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Los sofismas del papa Paco

El papa Paco transfigurado en el papá Che

No, el papa Francisco no cree en la verdad. Por eso juega tan alegremente el juego del engaño y la incoherencia calculada y disimulada.
Entrevista con Francisco Soler

14 de septiembre de 2017
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ENTREVISTA CON FRANCISCO SOLER


Francisco José Soler Gil es un filósofo al que encontraremos con frecuencia recorriendo la comarca fronteriza entre las ciencias naturales y la filosofía. El escarpado y neblinoso paraje donde confluyen la ciencia, la filosofía y la teología resulta especialmente de su agrado, como muestra la obra que publicara junto con Martín López Corredoira en Ediciones Áltera
(¿Dios o la materia?). La redacción de El Manifiesto se adentra ahora en ese terreno agreste, para recabar su opinión acerca del pontificado del papa Francisco I.

P.― Usted fue de los primeros en alzar la voz de alarma, a los pocos meses del inicio del pontificado de Francisco I, y lo hizo precisamente desde las páginas de El Manifiesto («Quo vadis Franciscus?»). Lo acusaba entonces de relativismo, y de dilapidar el legado de sabiduría de sus predecesores. ¿Mantendría hoy esas palabras?

R.― No sólo las mantendría, sino que tendría que subrayarlas. Pues en 2013 aún era posible concederle el beneficio de la duda: podía ocurrir que aquellas primeras declaraciones intelectualmente disolventes del pontífice fueran efecto de deslices involuntarios de un personaje frívolo y poco experto en temas de pensamiento. Que el personaje es frívolo, ha quedado entretanto sobradamente demostrado. Como también sus carencias filosófico-teológicas (entre otras). Pero no creo que ya a estas alturas haya nadie que siga pensando que lo suyo son deslices involuntarios. Ni tampoco malentendidos por parte de los medios. Es evidente que no lo son: nos encontramos ante un sofista de tomo y lomo.

P. ― ¿Por qué un sofista?

R. ― Me explicaré. El amor apasionado a la verdad es un presupuesto básico de la filosofía. Un amor apasionado hasta el punto de que, desde Sócrates en adelante, en Occidente muchos han estado dispuestos a morir por ideas que consideraban verdaderas. Y ese sacrificio ha sido un impulsor decisivo de nuestra cultura: uno de los principales motores del despliegue de nuestra civilización occidental.

Pues bien, lo más opuesto al amor apasionado a la verdad es la actitud sofística. El sofista emplea las palabras y los argumentos para dirigir al auditorio en la dirección que desea, pero sin jugar limpio: no lo hace con conceptos claros que respeten el significado común de los términos; ni con argumentos consistentes que respeten las reglas de la lógica. Esforzarse por los conceptos claros y los argumentos bien construidos es propio del amor filosófico a la verdad. Pero el sofista no se interesa por estas cosas, porque no cree en la verdad. Lo suyo es usar cualquier arma retórica que el lenguaje pueda proporcionarle –legítima o no– para mover al interlocutor hacia determinados pensamientos o acciones en los que está interesado.

P. ― ¿El papa Francisco no cree en la verdad?

R. ― No.

P. ― Ésta es una afirmación rotunda. ¿Podría justificarla de algún modo?

R. ― Para justificarla bien hay que descender a considerar los múltiples casos concretos en los que el papa ha actuado como un sofista. Hay algunos sitios de Internet (como el benemérito blog Wanderer, en nuestro ámbito hispanohablante) donde están quedando documentados esos casos, uno por uno, con un detalle analítico y una paciencia que muestran no sólo la miseria intelectual de este pontificado, sino también la pasión filosófica de los que participan en el esfuerzo desenmascarador. También hay filósofos de primera fila, como Robert Spaemann y Josef Seifert, que han puesto el dedo en varias de las llagas más sangrantes.

Pero, si usted quiere, le puedo mencionar a modo de ejemplo uno de los trucos favoritos del papa Francisco: realizar declaraciones buscadamente ambiguas y redactar en documentos oficiales frases no menos ambiguas que puedan ser empleadas como punto de apoyo por aquellos que quieren cambiar la doctrina de la Iglesia en temas esenciales, al tiempo que puedan ser empleadas para consolar a los que quieren creer que nada está cambiando. Que nada importante está siendo demolido en el edificio. Ambigüedad, equivocidad, turbiedad. Una niebla generada a propósito para sustituir el pensamiento tradicional de la Iglesia, no a la manera franca y honrada en que lo harían los filósofos –reconociendo abiertamente que han dejado de creer en ciertas tesis, y que a partir de ahora van a defender otras posiciones–, sino con la voluntad de engaño que caracteriza al sofista.

No, el papa Francisco no cree en la verdad. Por eso juega tan alegremente el juego del engaño, la infradeterminación del discurso, y la incoherencia calculada y disimulada.

P. ― ¿Pero no fue el propio Cristo el que dijo «Yo soy la Verdad»?

R. ― Saque usted mismo las conclusiones oportunas...

P. ― ¿En qué cree entonces el papa Francisco?

R. ― Bien. Lo que no se puede negar es que se trata de un hombre de su tiempo. Concretamente, en lo teórico se mueve en ese marco ideológico escurridizo –sin forma, ni contorno, ni sustancia asible–, del cristianismo posmoderno al estilo de Vattimo. Y en lo ético-práctico su discurso es el del buenismo zapateril más pedestre. (¿Recuerda, por mencionar una sola anécdota, sus «diez consejos para la felicidad»? También en aquella ocasión estuve comentando algo al respecto en El Manifiesto... Aunque tal vez sea mejor no descender a detalles; toda esta historia es tan penosa...) En definitiva, Bergoglio es un hombre de su tiempo, ¡qué duda cabe! Un hombre cien por cien mundano, situado a la cabeza de la institución que menos mundana debería ser...

P. ― ¿Y no es mejor así? ¿No es tiempo ya de que la Iglesia vaya abandonando su guerra de siglos contra el mundo?

R. ― Es que la historia de la humanidad no conoce una tensión más creativa que la que ha tenido lugar durante siglos en Occidente entre las instituciones y los pensadores seculares, por un lado, y las instituciones y los pensadores de la Iglesia, por el otro. Considere, por ejemplo, la universidad medieval, polarizada entre la facultad de teología y la de artes. De la tensión entre ambas habría de terminar naciendo tanto la ciencia moderna como las teorías modernas del Estado, del derecho, del poder político, de los intercambios económicos… Sí, en el fondo, la tensión creativa entre la facultad de filosofía y la de teología constituye el alma de la universidad occidental. Y la raíz de lo mejor del pensamiento occidental en su totalidad…

La guerra de la Iglesia contra el mundo es, en realidad, el gran secreto de nuestra civilización: el factor que ha impedido que el pensamiento occidental quedara en alguna fase cristalizado y ritualizado, como ha ocurrido, en cambio, en otras grandes civilizaciones. Por eso, la rendición del clero a la ideología del mundo posmoderno («pos-fáctico», «pos-dogmático», «trans-ético»..., una ideología muy «pos-» y muy «trans-» en todo...), a la que estamos asistiendo en estos momentos, y de la que el papa Francisco es promotor y símbolo, ha de ser entendida como un indicador de hasta qué extremo ha llegado la debilidad y la decadencia intelectual de Occidente.

P. ― El clero, ¿se ha cansado entonces de sostener su parte en esa lucha creativa?

R. ― Eso parece. Tal vez no en su conjunto, pero al menos una parte muy significativa del mismo. Y así multiplican los gestos para hacerse perdonar la vida por parte del mundo, apuntándose a cualquier causa y reivindicación que crean que les dará crédito en los ambientes dominados por las modas ideológicas del momento. Obviamente, terminarán cosechando lo que se merecen: un infinito desprecio, por parte de todos. Pues en el fondo, con su deserción, con su entreguismo, están traicionando a todos: a los amigos y a los enemigos. Y es que, si la sal se vuelve sosa…

P. ― ¿Se siente personalmente traicionado por el papa y por el clero en general?

R. ― Sí, sin duda.

P. ― A lo largo de su carrera ha publicado usted varios libros sobre las relaciones entre ciencia, filosofía y teología, defendiendo una posición teísta. Estoy pensando en obras como ¿Dios o la materia?, Mitología materialista de la ciencia, Dios y las cosmologías modernas, Lo divino y lo humano en el universo de Stephen Hawking… ¿Volvería a escribir esas obras?

R. ― Por supuesto. Y además, con un motivo doble:

En primer lugar, porque hay que distinguir muy bien entre la interferencia accidental que supone el circo que está montando el clero ignorante y pusilánime que nos ha tocado padecer, y la cuestión filosófica que late en el fondo de esos trabajos. La cuestión de fondo, la que alienta esas investigaciones en la frontera entre ciencia, filosofía y teología, es la pregunta acerca de cuál sea la realidad fundamental, la forma de realidad sobre la que debemos apoyarnos en nuestra comprensión global del ser: si es la materia inerte, o más bien la inteligencia. O si ni lo uno ni lo otro. Se trata de ver hasta dónde podemos llegar buscando una respuesta a esto…

P. ― ¿Y no le parece que se trata una pregunta pasada de moda en un contexto cultural posmoderno? Supongo que ni al papa Francisco ni a sus compañeros de armas les interesará especialmente este tipo de estudios…

R. ― En efecto, desde un punto de vista posmoderno, y posfáctico, la cuestión de cuál sea la realidad primera es una cuestión carente de interés. El sofista no se interesa por asuntos así. Pero precisamente ése es el segundo motivo para plantearla. Y el que me gustaría subrayar ahora. Porque insistir, justo en estos momentos, en los temas importantes de la filosofía, insistir en la indagación de semejantes temas, y hacerlo en diálogo con la tradición filosófica occidental y con confianza en el poder de la razón, constituye un acto de rebeldía. De resistencia contra la barbarie y la decadencia intelectual en la que nos hallamos inmersos.

La mayor parte de nosotros no tenemos influencia alguna en el curso de los acontecimientos del mundo. No podemos influir ni en Roma, ni en Berlín, ni en Nueva York. Pero podemos al menos esforzarnos por mantener en nuestro entorno inmediato ambientes de pensamiento fuerte, de búsqueda apasionada de la verdad, en medio de tanta destrucción, tanto abandono y tanta charlatanería posmoderna...

P. ― ¿Un poco a la manera de nuevos ambientes monacales?

R. ― Quizás. Algo así… Y quién sabe si estos ambientes no podrán llegar a convertirse algún día en semillas de renacimiento. Quién sabe si entre los restos del naufragio en el que se ha convertido nuestra cultura (¡y nuestra Iglesia!) no veremos desarrollarse de nuevo un pensamiento occidental vigoroso, digno del que produjeron nuestros antepasados. En todo caso, es una tarea que merece la pena. A pesar de todo… y, por supuesto, a pesar de Bergoglio y de sus zarpazos de bárbaro a la Veritatis splendor y la Fides et ratio.

No puedo probarlo, pero estoy convencido de que los bárbaros terminarán extinguiéndose mucho antes que el esplendor de la verdad…


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COMENTARIOS
sábado, 16 de septiembre de 2017

La verdadera Iglesia

Estaba profetizado, habría una gran apostasía en la iglesia de Dios, y es lo que estamos viviendo, con la masonería controlando Roma y haciéndose pasar por la iglesia de Cristo, eligiendo falsos papas desde Juan XXIII en adelante; es la ramera que ha fornicado con todos los reyes del mundo, como lo profetizaron Daniel y San Juan en el libro del Apocalipsis. Pero a pesar de la apostasía en la iglesia (La católica) siguen existiendo, y dando la batalla, numerosos sacerdotes tradicionales, que dan la misa en latín con el mismo rito tradicional bimilenario. Y es lo que los católicos tenemos que hacer, luchar desde dentro del Arca para mantenerla a flote, no abandonarla. Sugiero asistir a misas del instituto Cristo Rey, en España dan las misas según el misal de San Pío V.

El líder de la iglesia Rusa, un tal Cirilo, es, según tengo entendido, un exagente de la KGB, creo que la iglesia ahí está controlada por el gobierno. Espero que sean verdaderas esas dos apariciones, lo que sí sé es que sólo en Madrid ya ha habido más de dos reconocidas, decenas las que ha habido en España, y en el territorio de España cuando era imperio, como Guadalupe en lo que ahora es México. Los mártires rusos, igual Dios los admite en su Gloria, sería por su bautismo de sangre, no por Ortodoxos.

# Publicado por: Requiario (Madrid)
sábado, 16 de septiembre de 2017

¿Arca de la Verdad?

¿Un Arca de la Verdad pilotada por impostores?
La cabeza de la Iglesia ortodoxa es Jesucristo, no ningún Bergoglio.
Por otro lado, el cisma no afecta a la fe, sino a la jerarquía de las iglesias. Tanto romanos como ortodoxos tienen muy claro que en 1054 se excomulgó a las personas (el Patriarca y el legado papal respectivamente) y no a las iglesias. Es decir, los ortodoxos son Iglesia.
Si los 200.000 religiosos mártires de la iglesia rusa bajo el comunismo no se salvan, entonces aquí no se salva nadie.
Entre 1917 y 1991, con todo lo que cayó entonces, la iglesia ortodoxa rusa se negó a retirar su condena del comunismo de 1917. En plena libertad y sin presiones de nadie, el Vaticano II marxistizó su magisterio y profanó la liturgia. Nadie les puso una pistola en la sien para que lo hicieran: ¿Arca de la Verdad?
¿Quieren perder la fe? Lean el ´´Curso fundamental sobre la fe´´ de Karl Rahner, el maestro de Ratzinger. ¿Quieren recuperarla? Lean a Dostoievski, a los padres del Desierto, a los hesicastas, a san Simeón el nuevo teólogo, al Peregrino Ruso. Asistan a un oficio ortodoxo y regresen al cristianismo de hace mil años.
Dos apariciones de la Virgen a los ortodoxos y coptos: Zeitún y Monte Athos en 1903.
Al final de los tiempos, Rusia nos convertirá.


# Publicado por: sertorio (cáceres)
viernes, 15 de septiembre de 2017

El Arca de la Verdad

La Iglesia de Cristo es la única verdadera, y esa es la que está representada por el Papa, su vicario en la Tierra: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi iglesia. Y la mejor prueba es la infinidad de apariciones marianas que se han dado en los países católicos, algunas imposibles de negar como Fatima o Lourdes; y el 99 se han dado en la Europa occidental (la Europa católica). Fuera de la iglesia, la católica, no hay salvación; es dogma de fe es decir que para ser salvo hay que creerlo; y el que aproveche que la Catedra de Pedro ha sido usurpada por un impostor para convencer a la gente de bien de abandonar la única Arca de Salvación está condenando su alma y todas las que le escuchan.

# Publicado por: Requiario (Madrid)
viernes, 15 de septiembre de 2017

¿Tradición?

¿Qué Tradición queda en una Iglesia que se niega a sí misma y cuyo Papa, supuestamente designado por el Espíritu Santo, es un apóstata? ¿Hay alguien en Roma que se crea que poseemos un alma inmortal? ¿Qué magisterio se puede esperar de Bergoglio y sus secuaces?
En el catolicismo todavía quedan ramas verdes, pero el tronco y las raíces están irremediablemente podridos.
Yo no sé de qué Tradición hablarán unos u otros, pero tenemos un alma inmortal y nuestro deber es salvarla. La Tradición es un áncora que fija inmutablemente los principios de la salud. Es como una roca, lo que jamás cambiará; por eso salva, sirve para hoy y para siempre.
La ortodoxia no ha cambiado una jota de su mensaje ni de su liturgia desde los inicios de su existencia y ha sobrevivido a Lenin que no es poco milagro. El magisterio de Oriente nunca ha cambiado. ¿Puede Roma decir lo mismo?
¿Quién ofrece más garantías de una buena enseñanza tradicional?
¿Dónde hay más respeto por la Tradición, en Oriente o e el Vaticano? ¿Dónde se respeta la liturgia y no se la profana?
¿Qué hace la Iglesia romana con los tradicionalistas de toda laya? ¿Qué cara ponen los curas cuando se les saca la palabra Tradición?
Tradición y catolicismo son hoy una contradicción en los términos.

# Publicado por: sertorio (cáceres)
viernes, 15 de septiembre de 2017

Se entiende

Se entiende que no haya esperanza de recuperación, cuando las únicas respuestas desde el sector patrio son como las del artículo y los comentarios: uno que dice que como la iglesia conciliar oficial ha apostatado en la práctica y se ha hecho mundana y modernista (y estaba profetizado) lo que hay que hacer es, no ser un buen y sincero católico que se apoye y se sostenga en la Tradición, sino que hay que hacerse ortodoxo y ruso: la cabra cesaropapista siempre tira al monte; y el otro que viene diciendo que Bergoglio no es tan malo, dando como argumentos positivos toda la doctrina y el gobierno herético que va en contra de la Iglesia y de Dios mismo. o sea, que es fenomenal que la Iglesia se ´´abra´´ a los sodomitas, y todo lo demás que dice. Estamos locos y no nos queremos dar cuenta. El día que llueva a cántaros la justicia divina nos vamos a enterar todos.

# Publicado por: Tradición Digital (España)
jueves, 14 de septiembre de 2017

che bergoglio

Frente al aquelarre romano sólo cabe el cisma. Cada vez tiene más vigor y certeza el Gran Inquisidor de Dostoievski.
Si el cristianismo quiere fecundar y redimir a Europa Occidental, la única salvación es extender la ortodoxia, la pura y viva espiritualidad de la Filokalía y de los Padres de Oriente. La iglesia de Roma está muerta al espíritu y la mística, sólo le interesa el reino de este mundo y rinde pleitesía a su príncipe.Ya no es un valladar de la Tradición después de la apostasía del Vaticano II..
Volvamos los ojos a la iglesia verdaderamente cristiana, a la que nunca ha prostituido su liturgia con guitarritas. Olvidemos a Roma, marchemos hacia Moscú y Constantinopla.

# Publicado por: sertorio (cáceres)
jueves, 14 de septiembre de 2017

Del Papa bueno al Papa buenista

¿Aprobaría Juan XXIII las políticas de Francisco?
Hay algunos puntos, no obstante, en los que este Papa no lo está haciendo mal, y por el bien de la institución:
1. Relajar la pompa y la circunstancia. Como dicen los popes de la Iglesia ortodoxa: el Obispo de Roma es un jefe organizativo, de ningún modo puede ser el Vicario de Cristo en la Tierra (este es el punto máximo de conflicto entre la ortodoxia y el catolicismo romano, no la Cláusula Filioque). Por tanto, el Papa no puede darse esos aires de divinidad, como si fuera una drag queen o la Gran Ramera de Babilonia. Lo que sucede es que el Sucesor de Pedro lo es también del César: Pontifex Maximus. En este sentido sí pueden concedérsele la púrpura y el laurel.
2. Abrir la Iglesia a pecadores según la carne porque eso mismo hizo el Mesías. No juzgar para no ser juzgado. Al Señor no le gustaban los biempensantes.
3. Abrir la Iglesia a los homosexuales, teniendo en cuenta la cantidad de Papas sodomitas que han existido, es lo más coherente.
4. Fomentar el control de la natalidad en el Tercer Mundo. El mensaje iba claramente destinado al Tercer Mundo. Los católicos europeos excepto en algunas zonas de Polonia-Lituania-Ucrania occidental ya no se replican como conejos.
Ahora bien, como abra el sacerdocio a las mujeres, ahí ya podemos dar por terminada a la Iglesia de Roma.

# Publicado por: Derechón (Madrid)
jueves, 14 de septiembre de 2017

Seguimos sin entender nada

Perdón por la autocita pero no cabía el comentario aquí:

http://tradiciondigital.es/2017/09/14/el-sofisma-sutil-de-los-filosofos-racionalistas/

# Publicado por: Tradición Digital (España)
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