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TRIBUNA
Una novela caprichosa

Aquilino Duque

16 de julio de 2007
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Uno de los acontecimientos literarios más gratos y beneficiosos para la vida literaria española de la segunda mitad del siglo XX ha sido sin duda alguna la irrupción de la gran narrativa hispanoamericana. No es ahora la primera vez que lo digo y lo proclamo, a la vez que confieso la influencia que en mí hayan podido ejercer las lecturas ultramarinas. El terreno para que esa influencia fructificara ya lo habían preparado autores peninsulares que habían “hecho las Américas”, como Zorrilla con sus Recuerdos del tiempo viejo y, posteriormente, Valle-Inclán con su Tirano Banderas.  Lo que a comienzos de siglo había significado Rubén Darío para la poesía, lo significaría toda una teoría de hablistas desde Borges a Vargas Llosa en las postrimerías de ese mismo siglo. Uno de los motivos por los que un español puede estar orgulloso de serlo es por pertenecer a una cultura que se llamó hispánica cuando ser español no era algo de lo que hubiera que avergonzarse. 

Un amigo, medievalista él, decía que él no sabía qué era eso de la Hispanidad. Yo le dije que gracias a la Hispanidad me ganaba la vida, pues si la lengua española era lengua oficial de las Naciones Unidas, ello era gracias a la obra de España en el Nuevo Continente. Poco valdría el castellano sin embargo si sólo fuera la lengua de una burocracia mundial. Y es que por mucha fuerza expansiva que tuviera en su día nuestra lengua, aun más fuerza cobraría con la variedad de pueblos que la harían suya y que la utilizarían, no como una lengua franca como han llegado a ser el inglés y el francés para los aborígenes de las antiguas colonias, sino como una lengua propia, digan lo que digan los indigenistas de moda. Y tan propia es esa lengua de los países americanos, que entre todos vendrían a enriquecer la lengua de la metrópoli a través de una gran literatura. 

Aunque sólo conozco dos países de nuestra América, me he pasado la vida entre hispanoamericanos, a los que siempre tuve por compatriotas, y puedo decir que nunca hice diferencias entre la literatura que se hiciera a un lado y otro del Atlántico. Nunca nos han faltado maestros a los aprendices de novelistas en España; la cuestión siempre estuvo en saber elegir, pero al magisterio peninsular de grandes narradores vendría a sumarse el magisterio ultramarino, y a través de él se multiplicaría el repertorio de influencias. Repárese en que insisto en el adjetivo peninsular cuando hablo de literatura española y es que en esos magisterios yo incluyo a aquellos grandes escritores de las que Gregorio Salvador llama “lenguas de España”, muy en concreto el catalán y el galaico- portugués. Para mi gusto, el mayor novelista moderno de nuestro entorno cultural es el portugués Eça de Queiroz; creo haber aprendido de él bastantes recursos y “me luce”, como decimos en Cuba, que más de un narrador hispanoamericano también le debe mucho. 

Sólo quiero con esto intentar una explicación estilística de lo que es La loca de Chillán, una tentativa mía más de escribir una novela hispanoamericana, cosa que ya hice en La linterna mágica y en algún que otro capítulo de El Piojo Rojo y de Los agujeros negros. Algunos pasajes de esta novela los incluí en una conferencia taurina que hube de dar en Guadalajara de Jalisco, y la buena acogida que tuvo su lectura, me llevó a la conclusión de no haber emitido ninguna nota falsa. Por nota falsa entiendo impropiedad lingüística, y en esto hay novelistas de cierto fuste incluso que patinan y resbalan. No basta con decir que un personaje es vasco o es argentino si cuando se le hace hablar no se le nota. Algunos se creen incluso que con meter un “coño” o un “che” en el diálogo, ya han resuelto el problema. Yo procuro respetar su sintaxis y sus modismos, porque necesito oír cómo habla el personaje para creérmelo y hacerlo creíble. De ahí también que meta en los diálogos frases en otras lenguas, aunque de un modo que de las respuestas o las descripciones el lector que las ignore, deduzca de qué va la cosa. No sé si esto es un defecto o una virtud. Hay un escritor hoy bastante olvidado, pero en su día bastante famoso, que es Curzio Malaparte, con el que Cela se retrató por cierto junto a un automóvil volcado. Malaparte pasó de exaltar al Duce a incurrir en sus iras, y sus dotes de mimetización le hicieron merecedor de un epitafio cuyo autor, parodiando un célebre pasaje de Victor Hugo que dice Déjà Napoléon perçait sous Bonaparte, decía de él: Déjà Chaméléon perçait sous Malaparte.  En sus tiempos de corresponsal de guerra, Malaparte coincidió en Finlandia con Agustín de Foxá, y las largas conversaciones que tuvieron a orillas del Ladoga las transcribió en francés en su célebre obra Kaputt, homenaje muchas veces explícito a La historia de San Michele, otro “capricho” literario, y digo “capricho” no sólo porque ambos libros se escribieran en la isla de Capri.   Nada menoscabó el éxito de Kaputt en su día el hecho de que en su prosa toscana abundaran los diálogos en francés o incluso en alemán. Parte de La loca de Chillán se desarrolla en Italia, así que yo a mi vez no tengo más remedio que meter algún que otro diálogo en italiano, del mismo modo que tengo que recurrir al francés para que el retrato de mis hispanoamericanos resulte más convincente. Por todo lo dicho, yo me sentiría muy halagado si La loca de Chillán pasara a la Historia de la Literatura como una novela “caprichosa”, pese a no haber sido escrita en Capri, uno de los raros lugares del mundo en los que nunca viví. 

Ya mencioné antes Tirano Banderas. Puede decirse que yo empecé a escribir novelas imitando a Valle, al Valle que se curó en salud con aquel comentario, más jocoso que justo, sobre los hermanos Alvarez Quintero, de los que decía que su teatro ganaría mucho si se tradujera al castellano. A Valle no había necesidad de traducirlo desde luego, porque sus mejicanos o sus gallegos lo son en cuanto abren la boca y no tienen que recurrir a ningún dialecto precortesiano o prehistórico para acreditar su identidad.   Debo decir por otra parte que cuando se acierta en novela no es cuando el novelista se impone al asunto, sino cuando se le somete, porque el hilo narrativo tiene una lógica interna que muchas veces choca con los planes del narrador y los desbarata. Además, cada novela es un mundo y ese mundo es tanto más convincente cuanto más sienta el lector que el autor es parte de él. Por eso yo no disimulo mi presencia, no por secundaria menos explícita, en estas novelas hispánicas de cuya gestación conservo tan gratos recuerdos. 

Por cierto, y ya que he evocado a Malaparte, hay que decir que el libro que lo lanzó a la fama lo escribió precisamente en francés y se titulaba Técnica del golpe de Estado. No sería mala cosa volverlo a editar.

 


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