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Así éramos los romanos

Trajano: el Emperador amado por soldados y romanos



Me encontré con él por primera vez cuando era comandante militar de la Germania Inferior, bajo Domiciano César. No en el palacio de Colonia Agrippina, donde era casi imposible encontrarlo, sino en el campus exercitationis de la X Gemina en Noviomagus. Acababa de guiar a la unidad en una marcha de 36 km, con 50 kg entre armamento y equipo individual, efectuada en menos de cinco horas. Nos miró satisfecho: ”Bien, sabéis marchar cargados como mulos y rápidos como caballos. Me enorgullezco de vosotros, milites”. Quietos y en atención, nos veíamos ya saboreando un poco de arroz y disfrutando de un baño caliente. Y añadió con una sonrisa pérfida: ”Pero, ¿sabéis combatir también?”. Sacudí la cabeza, eché un escupitajo de mocos y arena del Rin, adiós termas… El centurión dijo con sorna:”Est
Curzio Malatesta

22 de septiembre de 2007
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CURZIO MALATESTA
 
Yo mientras murmuraba: “Después de tanto barro y sudor, apestamos peor que el cadáver de Héctor podrido frente a Troya”. El centurión rugió: “Si no despedazáis a aquellos reclutas de la segunda centuria, ¡os ato por los cojones y os arrastro galopando hasta el océano!”
 
Una serie de órdenes roncas, y cada cohorte se distanció en tres manípulas. Las segundas centurias de cada manípula efectuaron una retirada táctica del frente, formando a veinte metros de las primeras. Después, cada par de centurias se enfrentaba en maniobra alterna de ataque y defensa. Las armas de instrucción son de madera y pesan el doble, pero este es sólo un motivo de por qué el legionario prefiere un día de batalla a un mes de adiestramiento. El otro son los centuriones, que el soldado detesta y teme más que al propio enemigo.
 
En medio del disciplinado caos del asalto, en medio de un ruido ensordecedor y nubes de polvo, me cayó al lado, gritando, uno alto y robusto que chocó mi scutum con el suyo, desequilibrándome. Sacó deprisa su gladio, que desvié con el borde del escudo. Con el pie izquierdo le di una patada al flanco izquierdo, y paró por un momento. Hundí el gladio, retrocedió, lo alcancé con una tempestad de golpes. Él paraba con el escudo, pero yo no le daba tiempo y apertura para contraatacar. Hasta que le di con el umbone y deslicé en alto mi escudo, golpeándole con el borde sobre la nariz y el hueso occipital. Lancé un gritó de gloria feroz, abalanzándome sobre él para acabarlo. Cuando todo sucede al mismo tiempo y de improviso. Grito ensordecedor: ¡Altooo! Golpe seco entre el muslo y las ingles: el gladio de mi adversario. Caigo, hundido, y me alzo jadeante. Aprieto los dientes, respiro profundamente y me protejo tras el escudo. El terrible centurión primipilo, el hombre más cruel de la legión, y puede que de todo el ejército de Germania, con la cara roja como César triunfante, resopla como el fuelle de un herrero, me lanza miradas de odio descargando improperios. A mi lado, mi adversario. Me doy cuenta de que no tiene la coraza loricata de nosotros, los soldados, ni aquella de cota de malla de los centuriones. La observo mejor, el corazón me late cada vez más fuerte. Es de cuero con relieves de metal tallado. Me tiemblan las piernas: ¡había estado masacrando un tribuno!
 
El oficial, que tiene la cara cubierta de sangre, se saca el casco. Cabello blanco y espeso amasado en mechones por el sudor. Un corte sobre el ojo derecho y la nariz hinchada. El temblor aumenta, seré fustigado y licenciado con deshonor. Se pasa la mano lentamente por el rostro, comienzo a distinguir las líneas del rostro. El centurión me está gritando a la cara:”¡Yo te mato a latigazos! Pero primero te corto la nariz y las orejas, y después las manos y los pies, luego esos pendientes inútiles entre las piernas, y luego…”
 
En aquel rostro, ya limpio y perfectamente reconocible, una mueca burlona. El hielo de la muerte recorre mis venas. No había estado masacrando a un tribuno, sino –Júpiter Fulgurante me fulminará- ¡al legatus Augusti en persona! Había golpeado al representante de la Sagrada Autoridad Imperial, era como si hubiese alzado la mano contra el mismísimo Emperador. Moriré entre miles de tormentos… Dejé caer escudo, espada, lancé lejos el casco y bajé la cabeza resignado. Entre la extensión de soldados inmóviles, sólo las imprecaciones del primus pilus resonaban en el silencio.
 
Una voz marcadamente nasal: “¡Nombre y grado, soldado!”.
 
Sin levantar la vista, respondí:”Tiberio Claudio Máximo, miles antesignanus de la primera centuria, primera manípula, tercera cohorte, Legión Décima Gemina, Legado”.
 
Después de una pausa, la voz nasal continuó:”Bien, Tiberio Claudio Máximo, retoma las armas”. Alcé sorprendido los ojos, el legado reía mientras se ponía el casco: “¡Soldados, estáis buscando sólo una excusa para escapar a las termas, emborracharos y acabar la noche en un lupanare!”.
 
El terrible centurión primipilo saltó sobre una base para estatua y dijo sarcásticamente:”Como todo legionario digno de tal nombre, Legado”.
 
Trajano embrazó el escudo sonriendo:”El ejercicio continúa como estaba programado. Si no hubieras estado preparado para afrontar el adiestramiento, te habría dejado hacer la guardia en las prisiones, ¡o la escolta de aquellos gordos funcionarios y a sus bellas mujeres!”. Después apuntó el gladio hacia mí:”Y tú, Tiberio Claudio Máximo, no intentes jactarte de haberme roto la nariz. Con armas reales y no de madera, el golpe a las ingles te habría matado. Así que estás muerto, y no te jactarás. Si no, morirás de verdad. ¡Porque me encargaré personalmente de matarte!”.
 
Se fue hacia otra centuria, haciendo muecas de dolor y escupiendo sangre. Por la noche fui llamado a reporte y supe que Trajano me había nominado optione, ayudante del centurión, y redoblado la paga…
 
Cuando devino Emperador, y yo era centurión, me agregó a su estado mayor como prefecto de su guardia personal, 500 equites singulares, reclutados entre los auxiliares Germanos y Panones. Estuvimos junto a él en la tremenda batalla de Nicopoli, cuando una carga de Dacios y Sármatas parecía imparable.
 
Las líneas ondularon, se rompieron en diversos puntos, haciendo posible la infiltración siempre más nutrida de bárbaros. Llegaban a oleadas, pero habíamos formado un triple cerco y los exterminamos uno a uno.
 
Muchos de entre nosotros, sin embargo, quedaron allí. Trajano hizo construir un gran arco con los nombres de aquellos valientes inscritos para la Eternidad. Los heridos fueron tan numerosos, que el Emperador ordenó cortar sus togas y sus manteles para hacer vendajes. 
 
Era como un padre para sus soldados, y nosotros lo amábamos sinceramente. Era uno de nosotros, el mejor entre nosotros. Marchaba y combatía con nosotros, mejor que ninguno. Se acostaba el último y se levantaba el primero. Estaba siempre en su sitio, decidido y calmo. Emanaba un aura de serenidad que infundía confianza y coraje en toda situación.
 
Ha conducido las legiones más allá del Rin y del Danubio, del Tigris y el Eufrates. Ha vencido a Suevos y Marcomanos, Sármatas y Dacios, Armenios y Partos. Ha domado naciones inmensas y bárbaras, enemigas del nombre romano. Ha subyugado territorios exterminados, de inimaginable riqueza.
 
Gracias a sus triunfos, nuestras águilas han sido portadas a los confines del mundo. Su gloria ha sido inmensa, tan grande que el mundo entero no bastó para contenerla mientras retumbaba con nuestros gritos de victoria.   
 
(Extracto de la sección Res Gestae, de Area, revista digital de cultura de la derecha social italiana)

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