Un nuevo libro sobre el Viejo de Plettenberg

Carl Schmitt entre españoles


elmanifiesto.com    

GUILLERMO DE UJÚE
 
Carl Schmitt, Maquiavelo en Plettenberg, ha sido el jurista y pensador político europeo cuya influencia más se ha acusado en el siglo XX español. Su presencia en España, al lado de ingenios como Eugenio d’Ors, se remonta a 1929. Desde entonces no ha habido mutación constitucional o cambio de régimen que no haya gravitado sobre su doctrina constitucional. Ahora ha aparecido un nuevo libro sobre Carl Schmitt. ¿Cuánto, cómo y dónde influyó el viejo de Plettenberg en España? Mucho, de muchas maneras y en todos los tiempos.
 
El gobierno de facto de Primo de Rivera fue una dictadura comisaria que, a última hora, ensayó en vano presentarse como una dictadura constituyente. La II República y su constitución de profesores no pudo ser “rectificada”, como pretendía el schmittiano Nicolás Pérez Serrano y su escuela. Sin embargo, ello todavía hubiese sido posible antes de que la constitución de 1931 se convirtiera en el arma de un pluralismo suicida. Coincidiendo con el despeñamiento de la República se arrepintió Ayala de su traducción de la Teoría de la constitución de Schmitt, como culpando de todo aquello al jurista alemán, que tanto había pesado en el constitucionalismo republicano.
 
Como se sabe, las primeras ediciones schmittianas españolas son precisamente de aquellas calendas. Pérez Serrano elaboró una versión española de la edición de 1933 de El concepto de lo político, pero en 1935 ya no tuvo interés en publicarla. Como lo más natural del mundo, el poeta Pedro Salinas, Secretario General de la Universidad Internacional de Santander, escribió tres cartas al Viejo de Plettenberg, invitándole a impartir un curso sobre el nacionalsocialismo del 15 al 17 de agosto de 1934. En cierto modo, la recepción schmittiana durante los años 40 y 50, en plena “dictadura constituyente de desarrollo” franquista, no deja de ser la continuación de un movimiento intelectual que había calado hondamente entre los maestros del Derecho público de los años 30.
 
Estos datos, traídos aquí arbitrariamente por la memoria, bastarían para deshacer la leyenda que se recrea en un Schmitt jurista de cabecera del franquismo. Lo fue, desde luego, aunque con reservas, como lo había sido ya antes de la guerra. Así, en ningún país europeo, salvo en España, el índice de libros como Estado, movimiento, pueblo, publicado por Schmitt en 1933, pasó a formar parte de los temarios de las oposiciones a los altos cuerpos del Estado. Pero al mismo tiempo, el pensamiento de Schmitt, incompatible con el Derecho público cristiano, de cuño iusnaturalista, era glosado críticamente ente las décadas de 1940 y 1960. En ese tiempo, como tal vez se recuerde, Manuel Fraga hizo al alemán miembro de honor del Instituto de Estudios Políticos. Fue en marzo de 1962 y circulan dos versiones de lo sucedido: la decente y veraz, publicada en Arriba por Jesús Fueyo (“Carl Schmitt y la dignidad del pensamiento político”, 23 de marzo de 1962), y la necia, garrapateada para El País con la firma de Manuel Rivas (“La fiesta sagrada de don Carlos”, 2 de abril de 2006).
 
De esto se habla, por cierto, en la correspondencia de Schmitt y Fueyo, publicada en el último número de la revista Empresas políticas. No se entiende muy bien qué le iba a Rivas, prócer de la novela basura española según la tropa simpática de La fiera literaria, en este asunto, pero sin pretenderlo el gallego se dejó muy bien retratado en un artículo que, como diría Fueyo, “pertenece al plano subintelectual de la conciencia política”. Pero Rivas, a fin de cuentas, es una pluma orgánica que se debe a sus patronos. Y esto da pena. Tiene delito, sin embargo, que toda una generación de politólogos y constitucionalistas españoles, la de 1978, haya rebajado la categoría de su argumentación sobre lo schmittiano hasta las regiones subterráneas de la inteligencia. Esa trayectoria descendente la marcan, entre otros posibles, dos libros: Schmitt en Weimar, de José A. Estévez Araujo (1989) y La palabra de Behemoth, de R. Campderrich (2005), discípulo del primero.
 
No debe extrañar a nadie que la calidad de las últimas reediciones españolas de Schmitt dejen mucho que desear. No es que no resistan la comparación con lo que se hace actualmente en Francia o Italia, es que la distancia con las viejas ediciones del Instituto de Estudios Políticos se ha hecho sideral. Los aprendices de juristas y los aspirantes a un buen destino en la administración cultural se dedican ahora, con más provecho, al género de la damnatio memoriae. Pues la infamación no necesita de lecturas, sino de una cierta osadía y un tantico de pedantería. Hace por eso furor entre los schmittianos de izquierda hispanos monsiur Zarka, el oportunista que desgrana los detalles nazis en el pensamiento de Carl Schmitt. El día 23 de abril, introducido por uno de esos monaguillos socialdemócratas a los que aludía hace unos años J. J. Esparza en “Carl Schmitt, un aventurero contra el nihilismo” (1986), se pavoneó en la sede valenciana de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.
 
 
Destacan, desde luego, aunque la selección de los autores sea discutible, los Estudios sobre Carl Schmitt, libro colectivo dirigido por Dalmacio Negro en 1996. Hablo, por cierto, de un libro editado en la Fundación Cánovas del Castillo. Qué cosas. ¿Quién se imagina hoy a la ingrávida FAES publicando libros como aquellos? Es verdad que publica libros sobre Raymond Aron, pero en ellos se presenta al sociólogo de París, un socialdemócrata en lo económico, como un canon liberal perfecto. Sin embargo, no conviene perder la esperanza antes de la derrota, pues remedando a Clausewitz, para perder, o para morir, como él decía, siempre nos quedará tiempo.
 
 
La lectura de este libro es muy recomendable para quien haya seguido de cerca el caso Schmitt. De entrada, se pone de manifiesto que el jurista alemán es un clásico, sobre el que hay todavía mucho que escribir. Particularmente hay un hueco enorme en lo que se refiere a su teoría del Derecho internacional. Un romanista de la universidad de Murcia, Jesús Burillo, que trató al Viejo en Santiago de Compostela, suele repetir que el caso Schmitt tiene una explicación relativamente sencilla: basta con leer el libro que dedicó al Gran espacio en el Derecho internacional (Völkerrechtliche Groβraumordnung) para darse cuenta de que a Schmitt no se le perdona su denuncia del imperialismo angloamericano. Luego está, naturalmente, la leyenda de su militancia nacionalsocialista o las simplificaciones de su hallazgo genial: la política es distinguir entre amigos y enemigos.
 
La primera parte del libro se ocupa de las posiciones políticas de Carl Schmitt: de las razones de su antiliberalismo, de su patriotismo y de las tergiversaciones de su pensamiento. A continuación vienen dos contribuciones sobre la concepción de la guerra partisana en Schmitt y los antecedentes clásicos del criterio de lo político. En la tercera parte se abordan las relaciones internacionales a partir de las categorías schmittianas: la distinción tierra-mar, la noción del nomos de la tierra. Se incluyen también sendos textos sobre las relaciones de Schmitt y Morgenthau y la teoría constitucional de la federación en Carl Schmitt.
 
Este libro, tal vez, ha de servir para que la derecha cultural española recupere la iniciativa y reivindique el rico pensamiento político de Schmitt, abandonado a la izquierda desde los años 1980. Al menos en España.