La extraña fascinación por el Che


Juan Pablo Vitali    

Me asombra cómo algunos patriotas europeos, pueden asociar su idea de revolución a la figura del Che Guevara, cuando, en realidad, tanto Guevara como todo guevarista que se precie, fusilaría a un nacionalista europeo en la primera oportunidad por “fascista” o “reaccionario”, los términos más queridos y usados por la izquierda latinoamericana. Porque a la abstracción marxista –que nunca ha sido de muchos matices– hay que sumarle el odio del comunismo tercermundista por todo lo profundamente europeo. Eso es  lo que dice el manual del buen partisano, para el cual la palabra “fascismo” y “reaccionario” tiene unos amplios y mágicos significados, que los demás ignoramos, dada su amplitud y su arbitraria utilización.
 
Es curioso cómo Guevara está estampado en las camisetas de todo burgués progresista que se precie y no lo están, en Argentina, las figuras de sus connacionales Eva Perón o el general Perón por ejemplo, que significaron de lejos políticamente mucho más que Guevara. El Che nunca quiso ser un revolucionario en su propio país, ni asumir la cultura de sus antepasados europeos más allá del marxismo, sumándose en Cuba a una revolución apoyada por los EEUU al principio y por la URSS después, convirtiéndose en cubano por adopción hasta que la revolución cubana se consolidó, para transformarse luego en un revolucionario internacionalista africano, y por último intentar hacer una revolución en Bolivia, un país que le era del todo extraño. Esa es la mentalidad abstracta del internacionalismo, con el debido respeto por el coraje personal del hombre.
 
Como contraste, el pensamiento profundo y el rol histórico de Perón como líder, general y estratega gobernante está guardado bajo varias capas de silencio. A Eva Perón la han querido convertir en estrella de Hollywood o en predecesora de Guevara, cuando sabemos que el Che fue siempre un convencido antiperonista. Todo vale para disminuir lo que al sistema realmente le molesta por ser auténtico.
 
Los revolucionarios abstractos al servicio de la URSS, siempre fueron mucho menos peligrosos y funcionales para el sistema que quien lanzara al mundo la Tercera Posición en 1947, frente a los pactos de Yalta y Potsdam, en un espacio continental concreto, con una tradición cultural definida, con posibilidades estratégicas ciertas, con un pensamiento político claro, y con un profundo arraigo popular.
 
Como estratega, como profesor de historia militar, como observador en la II guerra mundial, como oficial destacado de un ejército por entonces importante, como pensador político y como experimentado conductor, Perón tuvo que soportar que unos niños burgueses deslumbrados por las guerrillas tercermundistas le quisieran enseñar lo que es una guerra y cómo pelearla.
 
Si elegimos el romanticismo del sistema, vamos mal. Claro que si uno es europeo y  admira en secreto o en público a Mussolini, seguramente va a estar menos incómodo poniendo al lado de su foto la de Guevara, mostrando así lo amplio y progresista que resulta su pensamiento. Pero aún así, para los guevaristas del mundo seguirá siendo el mismo “fascista” y “reaccionario” de siempre.
 
No sé si el Che habrá cambiado algo al final de su vida. Algunos dicen que sí. Pero uno es el símbolo de lo que ha sido siempre. Por eso está tan de moda andar con la foto del Che, porque es lo adecuado para el tipo de rebeldía infantil y progresista que al sistema le conviene.
 
Me tocó crecer con los hombres de la primera resistencia peronista. Viví el viraje a la izquierda marxista y la reacción de la derecha liberal. No estuve con unos ni con otros. Siempre estuve con Perón, pero Perón no era eterno, y a decir verdad, resultamos como esos hijos descarriados que andan más o menos derechos mientras vive el padre.
 
La estrategia de pinzas de la izquierda marxista y de la derecha liberal la sufrimos en carne propia. Nos dejó un montón de muertos y un país devastado. No nos recuperamos nunca más. De todo eso rescato solamente a Perón –ese anciano heroico e incomprendido– y a los que permanecieron leales en una resistencia de años. Esos son los que no están en ninguna foto, en ningún libro de historia ni en ninguna camiseta progresista.
 
Lo que hizo Guevara en Sudamérica lo podría haber hecho Perón mucho mejor si hubiera querido, pero la suya era otra revolución. Lo lamento por lo bien que queda ser guevarista, algo que está de última moda entre las descerebradas clases medias consumistas y burguesas de Occidente.