Los mismos perros con distintos collares

Izquierda, derecha, derecha, izquierda… ¡Basta con el enredo!


Javier Ruiz Portella    

Nos llegó hace unos días el mensaje de un lector chileno —Pedro Sánchez Rodríguez es su nombre— que, tanto por su interés como por las implicaciones que tiene, nos complace mucho reproducir. Decía así:

«Me presento: en lo que se refiere a la interpretación de la historia, me declaro deudor absoluto (infinito) de Marx y Engels. En tal sentido, podría decir que soy de izquierdas. Sin embargo, al haber sido la izquierda cooptada por lo políticamente correcto y su insufrible  moralina progre, hoy prefiero ni siquiera etiquetarme. Soy chileno y mestizo, por lo que la causa indígena me es cercana. Pero aborrezco la fraseología progre con que la han rodeado, dotándola de un puritanismo que los indios precolombinos jamás conocieron. En tal sentido, vuestra web me da aire fresco, a mí, que me gusta pensar con libertad y que detesto el puritanismo moralista de la progresía.»
 
Tal vez algún lector, perdido en esclerotizados esquemas, se rasgue las vestiduras viendo que en estas páginas que no adhieren para nada, es cierto, al pensamiento marxista, se publican con simpatía unas líneas en las que se elogia a Marx y Engels. Quizá algún otro —éste ya con mayor tino— vea una cierta contradicción entre lo que implica el elogio de nuestro amigo chileno y la defensa de la jerarquía que, para horror de igualitaristas, efectuaba hace unos días, en estas mismas páginas, Gonzalo Esteban.
 
Cojamos, pues, el toro por los cuernos.
 
Tenemos, por un lado, el sueño de un igualitarismo de hecho (no sólo la igualdad de derecho; ésta nadie la discute) que late en el fondo del marxismo revolucionario (el cual nada tiene que ver, desde luego, con los andares de los señoritos progres… y multimillonarios). Y tenemos, por otro lado, la convicción —la expresaba de manera tan admirable como sintética Gonzalo Esteban— de que, en el fondo de los desmanes que conoce nuestro mundo, en el fondo de lo que aquí llamamos “la muerte del espíritu”, se encuentra (junto con otros factores, desde luego) el gran rasero que todo lo mide, cuenta… y arrasa con la única vara que no mide cualidades sino cantidades, la vara del criterio que no conoce ni virtudes, ni grandezas, ni excelencias: la del dinero.
 
La vara también de una falsa, hipócrita igualdad de posibilidades. Pero que da el pego, vaya si lo da. Tal es la vara del dinero —de la plutocracia— que habrá un día que abolir, no para destruir la riqueza y la propiedad, el mercado y el dinero, como creían aquellos malditos locos que en todos y cada uno de los países en que han intentado abolirlos han engendrado el horror que sabemos. Hay que abolir el capitalismo, sí, pero no para acabar con la riqueza, la propiedad y el mercado —esas cosas que se remontan al origen de los tiempos—, sino para colocarlos en el subalterno lugar que es el suyo, ese lugar que nunca puede ser el centro desde el que irradiar luz y sentido al mundo.[1]
 
Sólo así se podrá conseguir que no sea la vara del dinero la que establezca jerarquías, grandezas y dignidades. Sólo así se podrá lograr —¿por qué medios, mediante qué instituciones?: he ahí otra cuestión— que la jerarquía que, distinguiendo a los hombres, ejemplariza el lugar del bien y de la virtud, no esté determinada ni por la cuna ni por el parné. Sólo así se podrá conseguir que la jerarquía —una jerarquía auténtica que no sea en absoluto sinónimo de opresión— esté determinada por la excelencia del espíritu y no por las habilidades de los mercachifles —quienes siempre deberán, sin embargo, existir, producir, trabajar, pero circunscritos a su espacio y a su lugar.
 
Enfocar así las cosas es hacerlo, sin duda, de manera distinta de la efectuada tanto Marx y Engels como por nuestro amigo chileno y los marxistas que, no entregados a degustar caviar, aún puedan subsistir. Pero esta manera aquí defendida, ¿es radical, absolutamente antagónica a la suya? Tal vez lo sea en cuanto a la sensibilidad, al horizonte final que nos mueve a unos y a otros. Pero no lo es ciertamente en cuanto al enemigo común que todos —y el mundo en primer lugar— tenemos aquí mismo enfrente.
 
Dejando las cosas tan claras como creo que las acabo de dejar; no haciendo —dicho con otras palabras— dejación alguna en cuanto a lo que nos mueve respectivamente a unos y a otros, ¿no hay, acaso como una especie de terreno común entre la actitud que acabo de sintetizar y la que representa nuestro amigo chileno; un terreno común en el que, olvidándonos de las viejas y anticuadas etiquetas, podamos debatir todos juntos y pelear contra el enemigo común contra el que tenemos que pelear?


[1]Imaginarse que la producción material de bienes, que la economía, en una palabra, es el centro a partir del cual irradia la luz del mundo y cobra sentido la existencia de los hombres: tal es la coincidencia profunda que, más allá de su enfrentamiento, une a ambos materialismos, el marxista y el capitalista.