Un gran discurso de Viktor Orbán, primer ministro húngaro

El destino de Hungría y de Europa


Discurso importante, y no sólo por su contenido, por sus denuncias, por sus llamamientos. Discurso importante también por todo su estilo, por todo el aire que lo envuelve: ese aire en el que soplan nociones como la del Destino de Europa.
elmanifiesto.com    


Con ocasión de la fiesta nacional húngara, el primer ministro húngaro Viktor Orbán, pronunció el pasado 15 de marzo un importante discurso del cual nada ha dicho la prensa oficial. “El Manifiesto” se honra en reproducirlo seguidamente.
 
Discurso importante, y no sólo por su contenido, por sus denuncias, por sus llamamientos. Discurso importante también por todo su estilo, por todo el aire que lo envuelve: ese aire en el que soplan nociones como la del Destino de Europa. Un Destino que contrariamente a lo que hubiese dicho cualquier otro jefecillo de nuestros países nada tiene que ver con el único destino del que tanto los jefecillos como las masas son capaces de hablar: el destino de sus viajecitos y vacaciones.

 



El destino de la nación húngara está unido al de las naciones europeas, hasta tal punto que hoy en día ningún pueblo, incluido el húngaro, puede ser libre si Europa no lo es. Y hoy Europa, cual flor devorada por un gusano invisible, es débil, frágil y está enferma. ¡Hoy […] Europa, nuestra patria común, no es libre! Y no lo es porque la libertad comienza cuando se puede decir la verdad. Por más que sea de seda, una mordaza sigue siendo siempre una mordaza.
 
  • Está prohibido decir que los refugiados no son tales y que Europa está amenazada por estas migraciones.
  • Está prohibido decir que son decenas de millones los que se disponen a ponerse en marcha hacia Europa.
  • Está prohibido decir que la inmigración trae consigo terror y crímenes en todos los países en los que se instala.
  • Está prohibido decir que estas masas de hombres ajenos a nuestra civilización hacen peligrar nuestro modo de vida, nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestras tradiciones cristianas.
  • Está prohibido hacer observar que quienes ya están aquí han construido su propio modo de vida paralelo, con sus propias leyes e ideales, lo cual está haciendo estallar la estructura milenaria de Europa.
  • Está prohibido hacer observar que ello no es la inesperada y accidental consecuencia de acontecimientos fortuitos, sino una operación planificada y orquestada, una invasión de masas dirigida hacia nosotros.
  • Está prohibido decir que Bruselas está reflexionando acerca de la manera de hacer llegar lo más rápidamente posible a estas masas extraeuropeas a fin de implantarlas entre nosotros en tierra de Europa.
  • Está prohibido hacer observar que el objetivo de esta colonización consiste en cambiar para siempre el paisaje religioso y cultural de Europa y hacer que se hundan sus cimientos étnicos, al tiempo que se elimina al Estado-nación, último obstáculo para el internacionalismo. […]
 
Los enemigos de la libertad utilizan actualmente otros medios para obligarnos a someternos: ya no nos encarcelan, ya no nos envían a campos de concentración, y sus tanques ya no ocupan los países que no quieren renunciar a la libertad. Les basta con enviar la gran artillería de una prensa internacional a sus órdenes, con sus denuncias, sus amenazas y sus chantajes. Pero los pueblos europeos están poco a poco despertándose, reagrupándose. Están empezando a romperse las bases del edificio de la Unión Europea cimentado en la supresión de la verdad. Los pueblos europeos han comprendido poco a poco que lo que está en juego es su futuro. […]
 
Esta invasión se ha puesto la máscara de una causa humanitaria, cuando no tiene otro objetivo, en realidad, que conquistar nuestros territorios, y cada palmo de terreno del que se ampara es territorio perdido para nosotros. Hordas de defensores de los derechos humanos, que se llenan la boca con tal palabra, pretenden darnos constantes lecciones al tiempo que lanzan un sinfín de acusaciones contra nosotros. Nos llaman hostiles y xenófobos, pero la verdad es que nuestra nación siempre ha acogido al otro y se ha basado en la fusión de diferentes culturas. Hemos abierto nuestras puertas a quienes querían venir como miembros de la familia, como aliados; hemos abierto nuestras puertas a los refugiados que temían por su vida, y todos han podido crear un nuevo hogar. Pero quienes han venido con la intención de cambiar el rostro de nuestra nación, de convertirla a su imagen, quienes han venido contra nuestra voluntad y con las armas en la mano, todos ellos se han encontrado con nuestra resistencia. […]
 
Si queremos poner término a esta invasión, debemos limitar absolutamente los poderes de Bruselas. El principal peligro que nos amenaza no procede de las masas que se agolpan a las puertas de Europa, sino de Bruselas y de su fanático empeño en pro del internacionalismo. No debemos aceptar que los eurócratas estén por encima de las leyes. No aceptaremos que nos obliguen a aceptar los frutos amargos de su política de inmigración y su cosmopolitismo a ultranza. No aceptaremos que Hungría importe el terrorismo, la criminalidad, la homofobia y el antisemitismo que incendia sinagogas. No habrá en nuestras ciudades barrios que pretendan estar por encima de nuestras leyes, ni atropellos del orden público, ni disturbios por parte de poblaciones inmigrantes. Nuestras mujeres y nuestras hijas no serán perseguidas como conejos por bandas alógenas. No dejaremos que nadie nos diga a quién debemos dejar entrar en nuestro territorio, quién puede vivir a nuestro lado y con quién podemos compartir nuestra patria. […]
 
Ha llegado el momento de hacer sonar la alarma. Ha llegado el momento de la oposición y de la resistencia. Ha llegado el momento de llamar a nuestros aliados. Ha llegado el momento de alzar la bandera de las naciones que aún se mantienen erguidas. Ha llegado el momento de impedir la destrucción de Europa y de salvar su futuro. Es por ello por lo que llamamos tanto a la unión de todos los ciudadanos húngaros, cualquiera que sea su orientación política, aco  la unión de todas las naciones europeas. Los dirigentes y los ciudadanos europeos deben dejar de vivir en mundos separados. Debemos restaurar la unidad de Europa. La victoria nos espera si unimos nuestras fuerzas, pero si cada uno juega por su lado, corremos a nuestra pérdida. Unidos somos fuertes; desunidos, débiles. O bien nos salimos todos juntos de ésta, o bien no salimos en absoluto de ella. No hay otra alternativa.
 
Húngaros, húngaras, en 1848 estaba escrito en el libro del Destino que nada se podía hacer contra el imperio de los Habsburgos, y si nos hubiéramos resignado ante ello, nuestra suerte habría quedado echada y las olas alemanas habrían engullido a los húngaros. En 1956 estaba escrito en el libro del Destino que nuestra suerte era seguir siendo un país ocupado y sovietizado hasta que se hubiese apagado el último aliento de patriotismo en el último de los húngaros, y si nos hubiéramos resignado a ello, nuestra suerte habría quedado echada y las olas soviéticas habrían engullido a los húngaros. Está hoy escrito en el libro del Destino que potencias mundiales, ocultas y sin rostro, quieren eliminar todo lo que es único, autónomo, nacional y secular. Mezclarán las culturas, las religiones y las poblaciones hasta que nuestra bella y orgullosa Europa, con sus múltiples de facetas, no sea más que una sombra dócil y sin luz. Si nos resignáramos a ello, nuestra suerte estaría echada y seriamos engullidos en la enorme panza de los Estados Unidos de Europa. La tarea que aguarda al pueblo húngaro, a las naciones de Europa Central, así como a las demás naciones europeas que aún no han perdido todo rastro de sensatez consiste en deshacer el destino que nos reservan. Consiste en reescribirlo, en transformarlo.
 
Nosotros, húngaros y polacos,[1] sabemos cómo esto se hace. Nos han enseñado que sólo quienes son lo bastante valientes pueden mirar el peligro de frente. Debemos, pues, arrancar del lodo del olvido la antigua virtud del valor. Debemos recuperar la antigua audacia de los corazones y responder claramente, con una voz que todos deben oír, a la pregunta más importante que determinará nuestro destino y decidirá el futuro de Europa: o bien su victoria, o bien su caída. Esta pregunta es la siguiente: ¿vamos a dejarnos reducir a la esclavitud, o vamos a ser hombres libres?
 
¡Arriba Hungría! ¡Arriba los húngaros!


[1]Una representación polaca asistía a la ceremonia.