A vueltas con el autobús, el pene y la vulva

La pansexualidad


La polémica del autobús, desencadenada por la progresía con el casi unánime apoyo mediático de quienes no militan en ella, forma parte del culto nacional al esperpento.
Fernando Sánchez Dragó    


Los animalistas quieren proscribir expresiones tan castizas como 
"eres una zorra""no seas rata" o "hijo de perra" para no herir los sentimientos de los animales citados. Pasmoso. A las personas así zaheridas que las zurzan. Recurriré a una muletilla usual en el tertuliasnés (los tertuliasnos cojean tanto al hablar que necesitan apoyarse en muletas para no enmudecer): aquí no cabe un tonto más. Tonto, no, lo siguiente, como reza su última aportación a la ramplonería lingüística. Sobran los espejos del Callejón del Gato. La puta realidad (otra muletilla) nos suministra a diario las mismas imágenes deformes que en su azogue veía Valle-Inclán. No hay ridiculez que no tenga cabida y aplauso entre nosotros. La polémica del autobús, desencadenada por la progresía con el casi unánime apoyo mediático de quienes no militan en ella, forma parte del culto nacional al esperpento. El 84,3% de los lectores de El País opina, sin embargo, que debe permitirse el autobús. Tengo cuatro hijos. Dos nacieron con pene y dos con vulva. Ninguno de ellos, hasta ahora, ha pedido reasignación de género. Del benjamín, que tiene cuatro años, poco puedo decir, pero vista su afición a la Patrulla Canina, Supermán, las espadas y el boxeo no parece verosímil que lo haga. Vaya por delante que siempre he respetado y entendido la homosexualidad y que los sister boys –así llamaban a los travestis en Japón– me fascinan hasta el extremo de haber tenido a veces (no muchas) trato erótico con ellos. Nadie menos homófobo que yo, devoto de la pansexualidad y ocasional aficionado a las travesuras del cross dressing. Evitemos malentendidos: lo que en la asunción y desarrollo de la identidad masculina o femenina cuenta no son, a mi juicio, los genitales, sino el cerebro, soporte de la psique. Pero a la vez me pregunto dónde radica el odio de un par de frases que son mera descripción anatómica. Recurriré a un chiste de la época en la que los españoles emigraban. Uno de ellos volvió de visita a su pueblo, se fue a la taberna, lo rodearon los lugareños, le preguntaron mil cosas sobre la capital de Francia, en la que vivía, y quisieron saber luego cómo se las apañaba con el idioma. "Pase lo de llamar pen al pan y ven al vino", dijo, españolizando el francés, el emigrante, "¡pero mira que llamar fromage a una cosa que se está viendo que es queso!". Algo así cabe exclamar a propósito de la polémica del autobús. ¿Grotesca? No. Lo siguiente.
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