Al hilo de los clásicos

¿A cambio de qué?


Mi amigo Bartolomé fue, como yo, progre bolchevique cuando estaba prohibido; es decir, cuando se debía ser. Cuando no se podía, cuando eran cuatro años de cárcel en vez de cuatro mil euros de sueldo. Entonces. Permítame el lector que por eso me carcajee de tanto antifascista actual
Francisco Núñez Roldán    


Mi amigo Bartolomé fue, como yo, progre bolchevique cuando estaba prohibido; es decir, cuando se debía ser. Cuando no se podía, cuando eran cuatro años de cárcel en vez de cuatro mil euros de sueldo. Entonces. Permítame el lector que por eso me carcajee de tanto antifascista actual, ahora que no hay fascismo, si es que esos tipos saben lo que es y fue en realidad el fascismo, si lo sufrieron alguna vez en sus carnes y si en puridad lo hubo en España. Alguno de esos paleoprogres es de mis días, y no recuerdo haberlo visto en la calle ante los grises, con el corazón en la boca, porque lo peor no eran los palos sino que te cazaran, ellos o los de la Brigada Social, más tarde, en casa, y te enchironaran, como nos pasó a más de uno.
Mi amigo Bartolomé, que tiene la fe cristiana tan desgastada como yo, dice que es católico no creyente. Sí, ha leído bien el lector. No eso de católico no practicante, que es muy comodón y no está ni bonito.
Por tal definición entiende mi amigo que uno puede y quizá deba no creer en los dogmas de la Trinidad, la Transubstanciación, la infalibilidad pontificia (de 1870, por cierto, ojo al momento), la virginidad de María y cosas así.
Pero que uno puede y desde luego debe manifestarse, por defecto, defensor de la catolicidad en cuanto a que es la mayor fuente cultural y social de Occidente. Lo menos malo que en condición humana se ha despachado por ahora. Así de sencillo. Por supuesto que venimos además de Grecia, del derecho romano, y que el Renacimiento y sobre todo la Ilustración “limaron las uñas al monstruo”, como dice Voltaire en su Diccionario Filosófico. ¿Y qué?
No es menester hacer los primeros viernes de mes para admirar las catedrales, los claustros, para disfrutar los poemas de san Juan de la Cruz, el canto gregoriano y tantas cosas que el espíritu religioso ha plasmado en piedra, en textos, en melodías.
Sobre todo, y esto es superimportante, observe el lector las disyuntivas no sólo sociolegales sino estéticas que han proporcionado y proporcionan los sistemas que se presentan alternativos a la catolicidad, a la cristiandad, si quieren usar un término más amplio. Bakunin aseguraba que la religión era “la protesta del pueblo ante la realidad, y lo que había que hacer era que el pueblo comprendiese esa realidad”. Fácil, ¿no?
Pues no. La realidad siempre ha sido y por ahora va a ser complicada, un arcano, una pausa entre dos noches, como decía Shakespeare, y de la cual intentarán sacar ventaja grupos interesados, en nombre de la patria futura, del paraíso futuro en la tierra, del paraíso futuro en el cielo o en las Chimbambas. Siempre luego. Pero siempre sacrificando el presente en aras de una felicidad tan venidera como inalcanzable.
En un concierto de órgano, hace poco, en un convento cercano, le comenté a un amigo mío, un progre hombre al uso, que en aquel lugar de factura gótica con artesonado mudéjar e imaginería barroca, había concentrada más belleza que toda la que había construido el socialismo real en la URSS en medio siglo. Otro conocido, ya hace tiempo, y era arquitecto, me aseguraba que había que destruir por completo todo vestigio arquitectónico religioso para que no volviese a brotar el estigma de la superstición en el común de las gentes. El insigne merluzo debía de pensar que los templos fabricaban a los fieles y no al contrario. Vamos, que si no vieran iglesias alrededor no se le ocurriría a la plebe ningún pensamiento mitológico trascendente. O cuando se quemaban templos e imágenes para curar el mal de raíz. Genial. Claro que destruir ha sido siempre mucho más sencillo y accesible que construir. Y para muchos, mucho más gustoso. Pues no. Tenemos esa herencia religiosa. No puedo negar que a mí y personas como yo nos hubiera parecido mejor otra, más laica, más humanitaria en su momento, pero es la que hay, y como antes decía, la menos lesiva a estas alturas para la civilización como conjunto. Y conste que estoy en realidad hablando ahora para escépticos o ateos, pero con un mínimo de luces. Nunca hubo ni habrá esa edad de oro que siempre era más antigua que el tiempo en que se vivía. Nunca hubo una humanidad generosa y feliz con guirnaldas en la cabeza, flautitas, danzas y cabritas sueltas alrededor por un campo impoluto de arroyos cantarines y sin preocuparse del mañana. Nunca. Estudien historia. La vida siempre ha sido, es y será dura para casi todos, y más si son honrados y no les toca la primitiva. La alternativa a la cristiandad occidental actual ha sido un páramo gris y tiránico que aún colea en algunos países para quien quiera verlo, o una religión islámica simplista y belicosa desde que nació, y que no es solo para pobres, sino para hacer pobres, y que desconociendo la justicia elemental, en su lugar fomenta la más arbitraria, machista e insegura de las autocracias.
Creo que seguiré sin ir a misa, aunque haya visitado más templos que mi madre, nonagenaria y fervorosa católica, y no me importaría cerrar los ojos para siempre escuchando un coral de alguna cantata de J. S. Bach, por cuya música realmente muero. No tengo otra belleza al alcance del oído. No intenten hacerme más feliz con otra a cambio.