Estas cosas ya no las dice nadie

El capitalismo no es la única economía posible: lo dice el Papa



Podrá parecer sorprendente, pero el hecho es que la Iglesia es la única institución internacional que disiente del credo económico de la globalización y el capitalismo a escala planetaria. “Todo el mundo es mercado”, dice el discurso dominante. Y Benedicto XVI contesta: “El capitalismo no es el único modelo válido de organización económica”. Lo dijo en el rezo del Ángelus del pasado domingo. En esto, por cierto, el Papa retoma estrictamente las palabras de Juan Pablo II, coherentes con la doctrina social de la Iglesia. Seguro que a más de un neoliberal le habrán escocido las orejas. Y no miramos a nadie.
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Las palabras de Benedicto XVI, que deberían alentar un ancho debate en cierta derecha europea en general y española en particular, son literalmente las siguientes:
 
“Podría abrirse un vasto y complejo campo de reflexión sobre el tema de la riqueza y de la pobreza, también a nivel mundial, donde se confrontan dos lógicas económicas: la lógica del beneficio y la de la equitativa distribución de los bienes, que no están en contradicción una con otra, con tal de que su relación esté bien ordenada. La doctrina social católica siempre ha sostenido que la distribución equitativa de los bienes es prioritaria. El beneficio es naturalmente legítimo y, en la justa medida, necesario para el desarrollo económico. Juan Pablo II escribió en la Encíclica Centesimus annus: «La moderna economía de empresa comporta aspectos positivos, cuya raíz es la libertad de la persona, que se expresa en el campo económico y en otros campos». Sin embargo, añade, el capitalismo no hay que considerarlo como el único modelo válido de organización económica. La emergencia del hambre y la ecológica denuncian, con creciente evidencia, que la lógica del beneficio, si es predominante, incrementa la desproporción entre ricos y pobres y una ruinosa explotación del planeta. Cuando, en cambio, prevalece la lógica de compartir y de la solidaridad, es posible enderezar la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo y sostenible”.
 
Este rapapolvo al poder de nuestro tiempo tenía, evidentemente, su fundamento evangélico. Contando la parábola de un administrador deshonesto, pero más bien astuto –informa zenit.org-, Cristo enseña a sus discípulos cuál es la mejor manera de utilizar el dinero y las riquezas materiales, esto es, compartirlas con los pobres procurándose así su amistad, en vista del Reino de los cielos. «Haceos amigos con el dinero injusto –dice Jesús-, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas». El dinero no es «deshonesto» en sí mismo –señala el papa Ratzinger-, pero más que cualquier otra cosa puede cerrar al hombre en un ciego egoísmo. Se trata por lo tanto de realizar una especie de «conversión» de los bienes económicos: en lugar de usarlos sólo por interés propio, hay que pensar también en la necesidad de los pobres, imitando a Cristo mismo, el cual –escribe Pablo- «siendo rico se hizo pobre para enriquecernos a nosotros con su pobreza». Parece una paradoja –concluía el Papa-: Cristo no nos ha enriquecido con su riqueza, sino con su pobreza, esto es, con su amor que le empujó a darse totalmente a nosotros.
 
Ese espíritu lo sintetizó el Papa en su oración dominical del siguiente modo: “Que María Santísima, que en el Magnificat proclama: el Señor «a los hambrientos colma de bienes, a los ricos los despide vacíos», ayude a los cristianos a usar con sabiduría evangélica, esto es, con generosa solidaridad, los bienes terrenos, e inspire a los gobiernos y a los economistas estrategias de miras amplias que favorezcan el auténtico progreso de los pueblos”.
 
El hecho es interesante porque la Iglesia, aunque nunca ha abandonado su “doctrina social”, que es tradicionalmente crítica con el capitalismo, tampoco se ha postulado como una fuerza “antiglobalización” en el paisaje contemporáneo. En ese sentido, esta declaración de Benedicto XVI debería mover a reflexión tanto dentro como fuera de la Iglesia.