En los cien años del gran actor

[CINE] Marlon Brando

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Se cumplen hoy cien años del nacimiento del intérprete que revolucionó la forma de actuación en Hollywood. Voy a ser más nítido: no la cambió, la destrozó. En pedazos infinitos. No es que Bogart, Gable, Peck o Grant fuesen actores malos ni poco consagrados. No. Eran estrellas rutilantes de la gran pantalla, pero artificiosas. Brando era el talento de lo mayúsculo. Cuando entraba en erupción volcánica, era algo inefable. ¿Recuerdan a Lope, a Shakespeare, a Di Stéfano, a Velázquez, a Bach? Son diablos que pululan y taladran nuestro hemisferio derecho llenando de lubricante emocional nuestra red neuronal.

La cara de arrepentimiento y de dolor, de vergüenza enclaustrada en la portentosa Ley del silencio es algo que conmueve e irrita. Y la furia desmedida del grasiento Kowalski a la prematura edad de veintisiete años hizo que incluso Vivien Leigh se mostrase frágil como el ala de una libélula. ¿Y qué decir de su papel en El padrino? Nadie acarició nunca un gato como él, con una mirada que atravesaba.

Sí, ya sé que De Niro es colosal, que Day Lewis es magnífico, pero a veces sus actuaciones son diminutas comparándolas con Brando. La madre alcohólica y el padre maltratador influyeron en su carácter indomable.

Almodóvar, ese insignificante titiritero socialista que seguramente practica la coprofilia, subvencionado y masoquista lo censuró una vez. La respuesta de auténticos cinéfilos fue contumaz. Lloró como una cerda pariendo en celo. Boyero, ese gran crítico de cine que sabe tanto de su oficio, dijo que "sus seis sentidos estaban puestos en la pantalla cada vez que actuaba". No nos engañemos, no se trata del método de Stanislavski. No , esto va de mucho más. Es simplemente genialidad desbordante, pureza de estilo y sensación aterradora en su aureola camaleónica. Se nace con eso, para bien o para mal. La rabia interior, la pulsión voraz, es algo salvaje y natural del ser humano, aunque no sepamos cómo identificarla o construirla. Él lo hacía porque se doblaba por dentro, se engullía y se violaba en la intimidad. El sufrimiento se puede sacar o permanecer en la letanía del Hades. Este mamón era sublime en eso, aunque luego fuera un mal padre o un pésimo esposo. Ésa es otra cuestión. En su oficio fue el mejor, el amo absoluto del rebaño. Como las verdades absolutas no existen y las paradojas, las arbitrariedades y las profecías estúpidas son innecesarias para tenerles afecto, Monty Clift tuvo o fue (utilicemos en este caso el pretérito perfecto) una analogía sorprendente con este duque universal. La mirada de Montgomery se desdibujó después del accidente, pero su presencia, al igual que la del actor de Nebraska era plástica. Brando era varonil, arrogante y quizás con un acerbo despiadado. Clift era la delicada mariposa que revolotea alrededor en plena primavera.

Newman, empero, era más bello, pero no potenciaba tanto la líbido femenina. Dean era un niño enfadado que lo imitaba hasta la torpeza.

Felicidades, señor Brando: con usted aprendí a llorar y a sufrir. Mala idea.

 


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