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Publicado por el periódico El Mundo
en junio de 2002 |
MANIFIESTO CONTRA LA MUERTE DEL ESPÍRITU
Y DE LA TIERRA Lanzado por Javier Ruiz
Portella con el respaldo de Álvaro Mutis
Quienes estampamos nuestra firma al pie de este Manifiesto no estamos
movidos por ninguno de los afanes que caracterizan habitualmente
al signatario de proclamas, protestas y reivindicaciones. El Manifiesto
no pretende denunciar políticas gubernamentales, ni repudiar
actuaciones económicas, ni protestar contra específicas
actividades sociales. Contra lo que se alza es contra algo mucho
más general, hondo… y por lo tanto difuso: contra la profunda
pérdida de sentido que conmueve a la sociedad contemporánea.
Aún sigue existiendo, es cierto, algo parecido al sentido;
algo que, por sorprendente que sea, aún justifica y llena
la vida de los hombres de hoy. Por ello, el presente Manifiesto
se alza, hablando con mayor propiedad, contra la reducción
de dicho sentido a la función de preservar y mejorar (en
un grado, es cierto, inigualado por ninguna otra sociedad) la vida
material de los hombres.
Trabajar, producir y consumir: tal es todo el horizonte que da
sentido a la existencia de los hombres y mujeres de hoy. Basta,
para constatarlo, leer las páginas de los periódicos,
escuchar los programas de radio, regodearse ante las imágenes
de la televisión: un único horizonte existencial (si
se le puede denominar así) preside a cuanto se expresa en
los medios de comunicación de masas. Contando con el enfervorizado
aplauso de éstas, dicho horizonte proclama que de una sola
cosa se trata en la vida: de incrementar al máximo la producción
de objetos, productos y esparcimientos puestos al servicio de nuestro
confort material.
Producir y consumir: tal es nuestro santo y seña. Y divertirse:
entretenerse en los pasatiempos (se denominan con acertado término:
“actividades de ocio”) que la industria cultural y los medios de
comunicación lanzan al mercado con objeto de llenar lo que,
sólo indebidamente, puede calificarse de “vida espiritual”;
con objeto de llenar, más propiamente hablando, lo que constituye
ese vacío, esa falta de inquietud y de acción que
la palabra ocio expresa con todo rigor.
A ello se reduce la vida y el sentido del hombre de hoy, la de
ese “hombre fisiológico” que parece encontrar su mayor plenitud
en la satisfacción de las necesidades derivadas de su mantenimiento
y sustento. Resulta obligado reconocer, por supuesto, que en semejante
empeño —muy especialmente en la mejora de las condiciones
sanitarias y en el incremento de una longevidad que casi se ha duplicado
en el curso de un siglo—, los éxitos alcanzados son absolutamente
espectaculares. También lo son los grandes avances que la
ciencia ha efectuado en la comprensión de las leyes que rigen
los fenómenos físicos que conforman el universo en
general y la tierra en particular. Lejos de repudiar tales avances,
los signatarios del presente Manifiesto no podemos sino saludarlos
con hondo y sincero júbilo.
Es precisamente este júbilo el que nos lleva a expresar
nuestro asombro y angustia ante la paradoja de que, en el momento
en que tales conquistas han permitido aliviar considerablemente
el sufrimiento de la enfermedad, mitigar la dureza del trabajo,
expandir la posibilidad del conocimiento (en un grado jamás
experimentado y en unas condiciones de igualdad jamás conocidas):
en un momento caracterizado por tan saludables provechos, resulta
que es entonces cuando, reducidas todas las perspectivas al mero
incremento del bienestar, corre el riesgo de quedar aniquilada la
vida del espíritu.
Lo que peligra no son, salvo hecatombe ecológica, los beneficios
materiales así alcanzados; lo que se ve amenazada es la vida
del espíritu. Lo prueba, entre mil otras cosas, el mero hecho
de que incluso se ha vuelto problemático usar el término
“espíritu”. Es tal el materialismo que impregna los más
íntimos resortes de nuestro pensamiento y de nuestro corazón,
que basta utilizar positivamente el término “espíritu”,
basta atacar en su nombre el materialismo reinante, para que la
palabra “espíritu” se vea automáticamente cargada
de despectivas connotaciones religiosas, si ya no esotéricas.
Se impone por ello precisar que no es la inquietud religiosa la
que mueve a los signatarios del presente Manifiesto, independientemente
de lo que éstos puedan considerar acerca de la relación
entre “lo espiritual” y “lo divino”.
Lo que nos mueve no es la inquietud ante la muerte de Dios, sino
ante la del espíritu: ante la desaparición de ese
aliento por el que los hombres se afirman como hombres y no sólo
como entidades orgánicas. La inquietud que aquí se
expresa es la derivada de ver desvanecerse ese afán gracias
al cual los hombres son y no sólo están en el mundo;
esa ansia por la que expresan toda su dicha y su angustia, todo
su júbilo y su desasosiego, toda su afirmación y su
interrogación ante el portento del que ninguna razón
podrá nunca dar cuenta: el portento de ser, el milagro de
que hombres y cosas sean, existan: estén dotados de sentido
y significación.
¿Para qué vivimos y morimos nosotros: los hombres
que creemos haber dominado el mundo…, el mundo material, se entiende?
¿Cuál es nuestro sentido, nuestro proyecto, nuestros
símbolos…, estos valores sin los que ningún hombre
ni ninguna colectividad existirían? ¿Cuál es
nuestro destino? Si tal es la pregunta que cimienta y da sentido
a cualquier civilización, lo propio de la nuestra es ignorar
y desdeñar tal tipo de pregunta: una pregunta que ni siquiera
es formulada, o que, si lo fuera, tendría que ser contestada
diciendo: “Nuestro destino es estar privados de destino, es carecer
de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir”.
Carecer de destino, estar privados de un principio regulador, de
una verdad que garantice y guíe nuestros pasos: semejante
ausencia —semejante nada— es sin duda lo que trata de llenar la
vorágine de productos y distracciones con que nos atiborramos
y cegamos. De ahí proceden nuestros males. Pero de ahí
procede también —o mejor dicho: de ahí podría
proceder, si lo asumiéramos de muy distinta manera— toda
nuestra fuerza y grandeza: la de los hombres libres; la grandeza
de los hombres no sometidos a ningún Principio absoluto,
a ninguna Verdad predeterminada; el honor y la grandeza de los hombres
que buscan, se interrogan y anhelan: sin rumbo ni destino fijo.
Libres, es decir, desamparados. Sin techo ni protección.
Abiertos a la muerte.
Esbozar la anterior perspectiva no significa, ni que decir tiene,
resolver nada. Contrariamente a todos los Manifiestos al uso, no
pretende éste apuntar medidas, plantear acciones, proponer
soluciones. Ya ha pasado afortunadamente el tiempo en que un grupo
de intelectuales podían imaginarse que, plasmando sus ansias
y proyectos en una hoja tan blanca como el mundo al que pretendían
modelar, iba éste a seguir el rumbo fijado. Tal es el sueño
—el señuelo— del pensamiento revolucionario: este pensamiento
que, habiendo conseguido poner los fórceps del poder al servicio
de sus ideas, sí logró —pero con las consecuencias
que sabemos— transformar el mundo durante unas breves y horrendas
décadas.
El mundo no es en absoluto la hoja en blanco que se imaginaban
los revolucionarios. El mundo es un fascinante y a veces aterrador
libro trenzado de pasado, enigmas y espesor. No pretenden pues los
firmantes del presente Manifiesto plasmar ningún nuevo programa
de redención en ninguna nueva hoja en blanco. Pretenden ante
todo, y ya sería mucho, conglomerar voces unidas por un parecido
malestar.
Ya sería mucho, en efecto: pues lo más curioso, por
no decir lo más inquietante, es que semejante malestar no
haya encontrado hasta la fecha ningún auténtico cauce
de expresión. Aún más angustioso que la propia
muerte del espíritu, es el hecho de que, salvo algunas voces
aisladas, dicha muerte parece dejar a nuestros contemporáneos
sumidos en la más completa de las indiferencias.
Por ello, el primer objetivo que se propone este Manifiesto es
el de saber en qué medida tales reflexiones son susceptibles
de suscitar un mínimo, mediano o (acaso) amplio eco. A pesar
del pesimismo que embarga a este Manifiesto, late en él la
descabellada esperanza de pensar que no es posible que sólo
algunas voces aisladas se alcen a veces para oponerse al sentir
que caracteriza a nuestro tiempo. En la medida en que dicho sentir
siga siendo dominante, es evidente que inquietudes como las aquí
expresadas sólo podrán plasmarse en un grito, en una
denuncia. Esto es obvio. Pero no lo es el que semejante grito no
figure siquiera inscrito en aquel talante crítico, impugnador
y transgresor, que tanto había caracterizado a la modernidad,
al menos durante sus inicios. Como si todo fuera de lo mejor en
el mejor de los mundos, casi nada queda de aquella actitud crítica:
lo único que hoy mueve a la protesta son las reivindicaciones
ecologistas (tan legítimas como encerradas, las más
de las veces, en un chato materialismo), a las que cabría
añadir los restos de un comunismo igual de materialista y
tan trasnochado que ni siquiera parece haber oído hablar
de los crímenes que, cometidos bajo su bandera, sólo
son equiparables a los realizados por el otro totalitarismo de signo
aparentemente opuesto.
Desvanecido el talante inquieto y crítico que honró
antaño a la modernidad, entregado nuestro tiempo a las exclusivas
manos de los señores de la riqueza y del dinero —de ese dinero
cuyo espíritu impregna por igual a sus vasallos—, sólo
queda entonces la posibilidad de lanzar un grito, de expresar una
angustia. Tal es el propósito del presente Manifiesto, el
cual, además de lanzar dicho grito, también pretende
posibilitar que se abra un profundo debate. Ni que decir tiene que
tanto las cuestiones explícitamente apuntadas aquí,
como las muchas otras que éstas implican, no pueden encontrar
su cabal expresión en el breve espacio de un Manifiesto.
Por ello, ya se verían abundantemente colmados los propósitos
de éste, si a raíz de su publicación se abriera
un debate en el que participaran cuantos se sintieran concernidos
por las inquietudes aquí esbozadas.
Apuntemos tan sólo algunas de las cuestiones en torno a
las cuales podría lanzarse tal debate. Si “el tema de nuestro
tiempo”, por parafrasear a Ortega, no es otro que el constituido
por esta profunda paradoja: la necesidad de que se abra un destino
para los hombres privados de destino y que han de seguir estándolo;
si nuestra cuestión es la exigencia de que se abra un sentido
para un mundo que descubre —aunque encubierta, desfiguradamente—
todo el sinsentido del mundo; si tal es, en fin, nuestro “tema”,
la cuestión que entonces se plantea es: ¿mediante
qué cauces, a través de qué medios, de qué
contenido, de qué símbolos, de qué proyectos…
puede llegar a abrirse semejante donación de sentido?
La anterior paradoja —disponer y no disponer de destino; afirmar
un sentido establecido sobre el sinsentido mismo del mundo—; todo
este arriesgado pero enaltecedor ejercicio de equilibrio sobre el
abismo, todo este mantenerse en la movediza “frontera” que media
entre la tierra firme y el vacío: ¿no se parece todo
ello al abismo, a la paradoja misma del arte: del verdadero arte,
del que nada tiene que ver con el entretenimiento que se vende hoy
bajo su nombre? “Tenemos el arte para no perecer a causa de la verdad”,
es decir, de la racionalidad, decía Nietzsche. Quizá
sí, quizá sea el arte lo que pudiera sacar al mundo
de su abulia y torpor. Para ello, haría falta desde luego
que la imaginación artística recobrara nuevo impulso
y vigor. Pero ello no bastaría. También haría
falta que, dejando de ser tanto un entretenimiento como un mero
ornamento estético, el arte recuperara el lugar que le corresponde
en el mundo; pasara a ser asumido como la expresión de la
verdad que el arte es y que nada tiene que ver con la mera contemplación
efectuada por un ocioso espectador.
Ahora bien, ¿es ello posible en este mundo en el que no
sólo la banalidad y la mediocridad, sino la fealdad misma
(fealdad arquitectónica y decorativa, fealdad vestimentaria
y musical…) parece estar convirtiéndose en uno de sus ejes
centrales? ¿Es posible esta presencia viva del arte en un
mundo dominado por la sensibilidad y el aplauso de las masas? ¿Es
posible que el arte se instale en el corazón del mundo sin
que reviva —pero ¿cómo?— lo que fue durante siglos
la auténtica, la vivísima cultura popular? Dicha cultura
ha desaparecido hoy, inmolada en el altar de una igualdad que mide
a todos por el mismo rasero, que impone a todos la sumisión
a la única cultura —la culta— que nuestra sociedad considera
posible y legítima. ¿No es pues la cuestión
misma de la igualdad —la de sus condiciones, posibilidades y consecuencias—
la que queda de tal modo abierta, la que resulta ineludible plantear?
Esbocemos una última cuestión, quizá la más
decisiva. Toda la desespiritualización aquí denunciada
está íntimamente relacionada con lo que cabría
denominar el desencanto de un mundo que ha realizado el más
profundo de los desencantamientos: ha aniquilado a las fuerzas sobrenaturales
que, desde el comienzo de los tiempos, regían la vida de
los hombres y daban sentido a las cosas. No hace falta insistir
en la necesidad de dicho desencantamiento para explicar los fenómenos
físicos que conforman el universo. Imprescindibles resultan
para ello las armas de una razón cuyas conquistas materiales
(tanto teóricas como prácticas) están sobradamente
probadas. Ahora bien, ¿no son estas mismas armas y estas
mismas conquistas las que lo pervierten todo, cuando, dejando de
aplicarse a lo material, intentan dar cuenta de lo espiritual? ¿No
es el poder de la razón el que lo reduce todo a un mecánico
engranaje de causas y efectos, de funciones y utilidades, cuando
pretende encarar la significación del mundo, cuando intenta
enfrentarse al sentido de la existencia? El fondo del problema,
¿no estriba en este desmesurado poder que se ha atribuido
el hombre al proclamarse no sólo “dueño y señor
de la naturaleza”, sino también dueño y señor
del sentido? Sólo gracias a la presencia del hombre, es cierto,
surge, se dispensa esta “cosa”, la más portentosa de todas,
a la que denominamos sentido. Pero de ello no se deriva en absoluto
que el hombre disponga del sentido, sea su dueño y señor,
domine y controle un misterio que siempre le trascenderá.
Semejante trascendencia no es en el fondo otra cosa que lo que,
durante siglos, se ha visto expresado bajo el nombre de “Dios”.
Enfocar las cosas desde tal perspectiva, ¿no equivale pues
a plantear —pero sobre bases radicalmente nuevas— la cuestión
que la modernidad había creído poder obviar para siempre:
la cuestión de Dios?
Dejemos abierta, al igual que las anteriores, esta última
cuestión: la de un insólito dios (quizá conviniera
por ello escribir su nombre con minúscula), la cuestión
de un dios que, careciendo de realidad propia —no perteneciendo
ni al mundo natural ni al sobrenatural—, sería tan dependiente
de los hombres y de la imaginación como éstos lo son
de él y de ésta. ¿A qué mundo, a qué
orden de realidad podría pertenecer semejante dios? No podría
desde luego pertenecer a ese orden sobrenatural cuya realidad física
hasta ha sido desmentida… por Su Santidad el Papa, quien en julio
de 1999 —pero nadie se enteró— afirmaba que “el cielo […]
no es ni una abstracción ni un lugar físico entre
las nubes, sino una relación viva y personal con Dios”. ¿Dónde
puede morar dios, en qué puede consistir la naturaleza divina,
si ningún lugar físico le conviene, si sólo
de una “relación” se trata? ¿Dónde puede morar
dios, sino en este lugar aún más prodigioso y maravilloso
que está constituido por las creaciones de la imaginación?
Plantear la cuestión de dios no es otra cosa, en últimas,
que plantear la cuestión de la imaginación, interrogarnos
sobre su naturaleza: la de esa fuerza que, a partir de nada, crea
signos y significaciones, creencias y pasiones, instituciones y
símbolos…; esa fuerza de la que quizá todo dependa
y de la que el hombre moderno, como no podía ser menos, también
se pretende dueño y señor. Así lo cree este
hombre que, mirando con condescendiente sonrisa a los signos y símbolos
de ayer o de hoy, exclama burlón: “¡Bah, sólo
son imaginaciones!”, mentiras, pues.
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