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TRIBUNA
Del Mercado, el Estado y la libertad

¿De verdad el enemigo es el Estado?



El discurso liberal ha terminado por calar en mucha gente: el Estado es el enemigo; cuanto menos Estado, mejor. Sin embargo, quien dicta hoy leyes de muerte o de supervivencia, quien guía las conciencias y los estilos de vivir, ya no es el Estado, sino el Mercado. Y en los Estados Unidos, que son la Meca de esos liberales denigradores del Estado, ha tenido que ser el poder ejecutivo el que intervenga para frenar la crisis hipotecaria, es decir, para enmendar la plana a los desmanes del Mercado. Intervención ésta, por cierto, que no es en absoluto nueva en los Estados Unidos, nación donde el discurso liberal rara vez ha llegado a los extremos de inhibición política que en Europa predican los neoliberales. Pongamos las cosas en su sitio.
José Javier Esparza

14 de diciembre de 2007
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José Javier Esparza
 
El Estado es un monstruo, cierto. El más frío de todos los monstruos fríos, decía Nietzsche. El terrible Leviatán que caracterizó Hobbes. Claro que sí. Pero esa cualidad monstruosa no descansa en el Estado en sí, ni es algo que pertenezca en exclusiva al Estado. El Estado es un aparato: una burocracia, una organización de poder. Como corresponde a todo poder, siempre intentará ocupar todo el espacio disponible. Así fue en el pasado, cuando suplantó a las comunidades naturales. Pero no es imposible ponerle freno: los hombres siempre han sido capaces de hacer frente a Leviatán –a veces, es verdad, a costa de su propia vida-. Dominar al monstruo ha sido uno de los grandes retos de la modernidad; nunca se ha resuelto el problema por completo, pero hoy estamos asistiendo a la agonía de los Estados, desmantelados por la globalización. Prevenir contra el poder del Estado, hoy, aquí, tiene algo de danza macabra: bailamos sobre un cadáver.
 
Y mientras el Estado agonizaba ha surgido un poder nuevo, radiante, triunfal, que muy rápidamente ha ocupado su sitio: el poder del Mercado. El Mercado no se nos presenta como el guardián férreo del orden, sino al contrario, como aquel que vela por la libertad. Ahora bien, ¿la libertad de quién? La libertad del Mercado. Él dicta sus leyes conforme a sí mismo. El resultado es la tendencia al vacío. En eso el Mercado ya no es Leviatán, sino el otro monstruo mítico-político, Behemoth, que Hobbes caracterizó como el caos y la fuerza desatada, la absoluta ausencia de norma, donde sólo encuentra cobijo quien sacrifique en el altar del propio Mercado. ¿Y es posible guiar a este monstruo del ronzal? Sólo si el osado se aparta de la ley de Behemoth; el Mercado es un monstruo al que sólo se puede dominar desde fuera. Cierto que, en ese caso, no faltará quien clame por la libertad perdida. Pero repetimos la pregunta: ¿la libertad de quién?
 
Lo que de verdad importa
 
El poder del Mercado, Behemoth, puede ser más terrible que el del Estado, Leviatán, porque es menos controlable. El Estado se asienta en leyes y normas; fija un campo de lucha y tampoco oculta que lo que está en juego es el poder. Por el contrario, el Mercado se asienta en una supuesta espontaneidad de agentes libres, tiende a rehuir normas y leyes (salvo la sacrosanta ley del mercado); no fija un campo de juego, sino que pretende extenderse a todos los campos, y oculta su lógica de poder bajo la nube de humo de la búsqueda de felicidad. Pero cuando el Mercado se extiende a escala planetaria, entonces es cuando todas las caretas caen: lo que de verdad contemplamos no es la emancipación (la libertad de los individuos), sino la dominación (la sumisión de la vida entera de las personas).
 
Entendámonos: no se trata de elegir entre el Estado o el Mercado; se trata de elegir la libertad en el sentido más profundo del término, es decir, la autonomía de las personas y de las comunidades para decidir sobre su propia forma de vida. Si el Estado la amenaza, habrá que combatir contra el Estado; si el Mercado la conculca, entonces habrá que combatir contra el Mercado. En ambos casos, los hombres disponen de un arma privilegiada: lo político, es decir, la capacidad para dar forma a la vida colectiva según unos principios cargados de sentido.
 
La fórmula es mucho más material de lo que parece. Por ejemplo, un elemental sentido de la justicia lleva a considerar abusivo que los hombres tengan que pagar por un techo cantidades multiplicadas hasta la usura; en esa situación, la intervención política natural llevará a congelar las hipotecas, que es lo que acaba de hacer Bush en los Estados Unidos. Las mismas consideraciones pueden hacerse extensivas a cualesquiera otros campos. También, por supuesto, a aquellos en los que lo político no ha de dirigirse contra el Mercado, sino contra el Estado; por ejemplo, cuando el ciudadano ha de revindicar su soberanía personal contra un Estado que intenta adoctrinar a sus hijos, tal y como está ocurriendo en España con la EpC.
 
Si es suicida dejar lo social a los socialistas, no sería mucho más seguro dejar la libertad a los liberales. Ambos credos reposan sobre una teoría del poder disfrazada de redención. Ambos tuvieron sus días de gloria, que ya no son los de hoy. En los tiempos del Estado-mamá y del Mercado-Dios hacen falta nuevas formas de entender el orden y la libertad.

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