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Una crítica del anarquismo al marxismo



“Cada vez que escucho ‘humanidad’, sé que nos quieren engañar”. Es la lapidaria sentencia de Proudhon(1809-1865), el padre del anarquismo moderno. La sentencia marca uno de los rasgos más profundos de esta corriente filosófico política que tuvo su mayor desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del XX: el de ser una aristocracia popular. El espíritu anarquista está dado por el rescate de la persona, “el único” para Max Stirner (1806-1856), su máximo filósofo, ante el capitalismo y su socialización masificante cada vez más profunda. El desarrollo del capitalismo produce una vulgarización del hombre que lo arranca de sus raíces y cultura popular. Este extrañamiento se explica porque la cultura histórica de la comunidad precede a la cultura económica de la sociedad: la cultura popular conserva un p
Alberto Buela

28 de diciembre de 2007
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Alberto Buela
 
Es que la cultura popular, para el anarquismo, se opone a la cultura proletaria, expresada ésta en la ecuación proletario= trabajador asalariado.
Y entramos aquí en el meollo de la crítica del anarquismo al marxismo, que radica en la incomprensión de este último del carácter contradictorio del concepto mismo de proletariado.
 
Para Marx, los proletarios no existen solos o aislados, sino en tanto que miembros de su clase social, y esta clase es juzgada como revolucionaria. Así, los proletarios son el motor de la historia, que viviendo en una sociedad burguesa se transforman en una “Clase de disolución de clases que se debe abolir a sí misma para la liberación de la humanidad” (Manuscritos económicos filosóficos, 1844). Posteriormente, al darse cuenta de que esto era un imposible, propone la toma del poder y la dictadura del proletariado para luego liberar a la humanidad por el comunismo.
 
El anarquismo no va en su crítica contra las recetas político sociales de Marx, siempre cambiantes, sino que va dirigida contra la incapacidad de Marx para contemplar y comprender al verdadero proletario. Y esta es la crítica de Max Stirner en su libro El único y su propiedad.
 
Lo que dice Max Stirner
 
El proletariado, para el anarquismo, produce de suyo el “desclasamiento” voluntario de sus miembros. El hecho escandaloso para el marxismo, pero al mismo tiempo el más evidente que nos muestra la realidad, es que el proletario busca salir de su “clase” para acceder a la clase media, y lo más común es ver como los proletarios se comportan como individuos singulares baja el lema de nuestros mayores: “yo me llamo Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como”. Es la expresión máxima del anarquismo individualista. Así puede afirmar Max Stirner: “Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero ni lo bueno ni lo justo ni lo libre: es lo mío. No es general sino única, como soy yo único. Nada está, para mí, por encima de mi”. El carácter contradictorio del proletariado es aquello que el anarquismo pone de manifiesto y viene a representar. Porque para él, el proletariado es libre de entrar o no en las relaciones de producción y en las relaciones de consumo.
 
La segunda crítica furibunda del anarquismo al marxismo viene dada por la cita de Proudhon que encabeza este artículo, y es la crítica a su humanismo, categoría que el marxismo, en tanto que pensamiento de la modernidad, toma prestada al liberalismo. Así el anarquismo, criticando la concepción liberal, terminará invalidando la proposición básica del marxismo de “liberar a la humanidad por el comunismo”. Al respecto se pregunta Stirner a quién tiene de semejante el liberal. Al hombre. El liberal te llamará tu hermano. Ve en ti la especie, no a Pablo o a Pedro sino al hombre; no al individuo de carne y hueso, sino al espíritu. La humanidad no tiene manos ni pies, había dicho años antes el danés Soren Kierkegaard. Y termina Stirner afirmando en forma tajante: “Feuerbach (y con él, el marxismo) cree haber descubierto la verdad cuando humaniza lo divino. Pero si el Dios nos ha hecho sufrir cruelmente, “la humanidad” está en situación de martirizarnos más cruelmente aún”.
 
El anarquismo funda su crítica al humanismo en la vaciedad o “universalidad abstracta” de dicho concepto, y de él va a derivar toda una serie de críticas al democratismo, o sea, a la extensión de la democracia a todos los ámbitos, a la muchedumbre, caracterizada como “muchas cabezas y ningún cerebro”, a los partidos políticos, “porque el partido es contradictorio con la imparcialidad y esta última es la manifestación del egoísmo del único, del individuo”. También al pueblo, pues “Desde la Revolución Francesa se procura hacer la felicidad del pueblo, y para hacer al pueblo grande y feliz, etc., se nos hace desgraciados. La felicidad del pueblo es mi desgracia”. Y critica, en definitiva, al comunismo, pues “los comunistas, siendo enemigos del egoísmo, son cristianos subordinados y avasallados a una generalidad, a una abstracción cualquiera (Dios, la Sociedad, etc.)”.
 
El anarquismo, con la defensa raigal de la autonomía del individuo y su organización social directa, se opone a toda subordinación o sumisión y está a favor de la abolición de cualquier tipo de dominación. Así la anarquía (an= sin y arjé= poder o jefatura). Sin necesidad de jefe ni autoridad, busca el ejercicio del poder y la autonomía de cada individuo y sus organizaciones mutuas, voluntarias e igualitarias en democracia directa sin representantes por acclamatio.
 
En el anarquismo se destacaron históricamente cuatro corrientes: el mutualismo de Proudhon, el individualismo radical de Stirner, el colectivismo de Bakunin y el comunismo libertario de Kropotkin. Así, el mutualismo no es otra cosa que la auto organización; el individualismo del “único” es aquel que puede romper con las relaciones de producción y de consumo; el colectivismo se funda en la libre constitución de federaciones agrícolas e industriales, y el comunismo libertario, en la abolición de toda forma de gobierno a favor de una sociedad cooperativa.
El hilo conductor de toda la meditación ácrata es el rescate de la persona de carne y hueso sobre “el hombre”, y el pacto libre sobre la imposición gubernamental. Así, al rescatar de las garras de la modernidad ilustrada al hombre como un ser único, singular e irrepetible y su ejercicio de las libertades concretas, está, probablemente sin saberlo, instalándose en un pensamiento postmoderno de carácter fuerte y no debole como el que nos tienen hoy acostumbrados los mass media.

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