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Aquilino Duque

2 de enero de 2008
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Dice Nicolás Gómez Dávila: “En sociedades en que todos se creen iguales la inevitable superioridad de unos pocos hace que los demás se sientan fracasados”. Quiere eso decir que sólo se siente fracasado aquél que se cree que no hay nadie mejor que él. En principio, nadie es más que nadie a la hora de meter una papeleta en una urna, pero a la hora del escrutinio, son los más los que se creen mejores que los menos. Poco a poco, los más van dándose cuenta de que no por ser más son los mejores, y sólo se sienten fracasados los fanáticos del igualitarismo que no admiten su inferioridad natural. En la escala social, intelectual, física o moral, siempre se está por debajo de alguien o por encima de alguien.
 
En un coloquio televisivo trataba yo de exponer la teoría del etólogo Konrad Lorenz de que una sociedad es un organismo vivo y sólo puede funcionar bien cuando se ajusta al esquema que rige el funcionamiento de esos organismos en la naturaleza, cuya base es la jerarquía y la diferenciación, y que la rotura de la cadena de mando interrumpe la transmisión de información, dispara la anarquía celular y surgen los procesos cancerosos. Se me replicó que esa noción de la jerarquía de las células era una noción propia del darwinismo social que hoy en día ha sido sustituida por la democrática noción de la colaboración de las células. Mirándolo bien, todo es cuestión de palabras. La única manera que un subordinado tiene de colaborar con un superior es obedecer sus órdenes, y así funcionan no ya los ejércitos, sino los partidos políticos y los sindicatos, donde, según frase corriente entre demócratas, “el que se mueva no sale en la foto.” En la Francia de la ocupación se llamó “colaboracionistas” a los que obedecían sin rechistar las órdenes del ocupante.

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