''¿Le interesa este artículo?
¡A sus amigos también!
Mándeselo. (Click aquí.)''

Cerrar
 
Este website utiliza cookies propias y de terceros. Alguna de estas cookies sirven para realizar analíticas de visitas, otras para gestionar la publicidad y otras son necesarias para el correcto funcionamiento del sitio. Si continúa navegando o pulsa en aceptar, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies?
 Háganos su página de inicio

 Añadir a favoritos
  

    El Manifiesto. Periódico política y socialmente incorrecto

Hemeroteca 

Quiénes somos 

Contactar 
Viernes, 17 de noviembre de 2017 
  SECCIONES     REVISTA EN PAPEL El Manifiesto: Todos los números   Director: Javier R. Portella  
Encuentro de Puigdemont con los flamencos de Bruselas
Ver más
Lo que somos. Lo que nos mueve

Javier R. Portella


SERTORIO
La era Trump

JAVIER R. PORTELLA
¿Perder las próximas elecciones? Nada perderían Rajoy y los suyos

ALAIN DE BENOIST
¡Sí a la autonomía, no al independentismo!

JESÚS LAÍNZ
¿Está Carles? Que se ponga

JOSÉ VICENTE PASCUAL
¿Cultura? ¿Eso qué es?
Hazte amigo de elmanifiesto.com en Facebook
 Editar un libro
 Autoedición de libros
 Revistas Baratas
 Quiero publicar un libro
TRIBUNA
Los Cuadernos de Rusia de Dionisio Ridruejo


Aquilino Duque

16 de enero de 2008
Comparte esta noticia en FacebookComparte esta noticia en TwitterAñadir a YahooRSS Imprimir esta noticia
Enviar a amigos

En el asiento correspondiente al 22 de enero de 1942 de Los cuadernos de Rusia, escribe Dionisio Ridruejo: En la Embajada conozco a una muchacha rusa –Missi Vasiloff– que en fotografía parece una Greta Garbo joven y más bonita. Al natural no persiste el parecido. Ésta es demasiado monumental. Pero el pecho que lleva libre y visible tras el velo de un traje malva es de una perfección impresionante. La que Dionisio llama Missi Vasiloff  se llamaba en realidad Marie Vassiltchikov, Missie para sus íntimos, y era una aristócrata rusa refugiada con su familia en Alemania a raíz de la revolución soviética y atrapada en este país por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Missie, empleada sucesivamente en el Servicio de Radiodifusión y en el Ministerio de Exteriores del Reich, redactó en inglés unos diarios de los que tuve noticia por una reseña publicada en ABC por el Marqués de Tamarón más o menos en las fechas en que su hijo Diego contraía matrimonio con una aristócrata sevillana de linaje catalán descendiente directa de Missie. El gran mundo es un pañuelo.
 
Lo que Los cuadernos de Rusia pueda tener de crónica mundana se reduce al mes y medio que el autor hubo de pasar en Berlín para reparar su maltrecha salud, alojado en la Embajada que regía su amigo el conde de Mayalde, y con ser interesante y curioso, no es más que un paréntesis en la gran aventura trágica y heroica de la División Azul.
 
En algún libro mío he aludido en tono menor a esa aventura haciéndome eco de las maledicencias de contemporáneos. Otro hubiera sido mi tono de haber leído Los cuadernos de Rusia o de haber tenido con su autor alguna conversación sobre el tema, cosa harto impensable en la época en que merecí su amistad. Yo conocí a Ridruejo en octubre de 1959, a los postres de una cena con que la intelectualidad madrileña obsequió al poeta francés Pierre Emmanuel, y aún estaban muy próximas la guerra nuestra y la mundial como para tener interés histórico. El presente y el porvenir nos preocupaban más que el pasado, pero al margen del contenido de nuestras conversaciones en las que, como es natural, llevaba él la voz cantante, debo decir que lo tuve tanto por amigo como por maestro, como tuve a Rosales y a Panero y a tantos otros que daban el tono superior de la vida cultural en la España de entonces. Aun así, tengo sobre mi conciencia la reseña, más bien mezquina, que por encargo de Rosales hice para Cuadernos Hispanoamericanos, de su Diario de una tregua. Y es que debo confesar que en aquella fase de mi vida, un poco por fuerza del ambiente, ponía lo político por encima de lo poético. Cuando él murió, puede decirse que se habían invertido mis preferencias, y a eso quiero atribuir que pasara por alto sus escritos póstumos, entre ellos estos Cuadernos.
 
Amor y guerra
 
No se limita en ellos Dionisio a relatar las marchas, las guardias, los golpes de mano, las penalidades y los ocios (les longs loisirs de que hablaba Apollinaire) de la guerra, sino que describe con toda precisión las posiciones, las chabolas improvisadas, las isbas de las aldeas en las que se alojan él y sus camaradas, a veces solos y a veces, las más, en compañía de los pobres dueños. No sé si Ridruejo había leído a su contemporáneo Jünger, embarcado además en la misma aventura, pero su visión de la guerra está más cerca de la de éste que de la de otro escritor a quien menciona, Remarque, para abominar de su derrotismo pacifista y de las escenas obscenas, valga el oxímoron, a que éste reduce la convivencia de los soldados en las trincheras. Ridruejo no huye el bulto y no deja de mencionar la falta de recato con que los naturales del país hacen por ejemplo su vida matrimonial aunque compartan la misma habitación con varios soldados extranjeros. Empezaban a dormir – escribe Dionisio – cuando los patrones han vuelto a casa y desnudándose parsimoniosamente han ocupado su camastro. Al poco tiempo han empezado a sonar sus amorosos rugidos y todos los rumores de la lucha. El matrimonio usaba de sus derechos con perfecta sinceridad, sin disimulo alguno, ante los oídos atónitos de mis amigos que –hundido el rostro en los colchones– sofocaban la risa para no ser indiscretos.
 
No dice más y lo dice todo. Aun con mayor elegancia refiere un idilio propio en Berlín, un idilio de convalecientes, primero él y luego ella. El 14 de enero le pareció encantadora una señora de pelo castaño, preciosos ojos azules, cuerpo esbelto, con una conversación divertidísima… Se llama Podevils (condesa, creo) y está empleada en la prensa extranjera. Es hija de un diplomático retirado de origen bávaro. El 31 de enero anota: Salgo un par de veces con Hexe Podevils, que se divierte mucho con mis discursos y tiene unos ojos bastante eficaces. El 2 de febrero escribe: Por la noche invito a Hexe a cenar conmigo en el hotel. De pronto me dice que yo soy el hombre con quien exactamente le gustaría vivir toda la vida. Me quedo estupefacto y divertido. Naturalmente, hubiera sido indecoroso no besarla apasionadamente al dejarla en su casa. El regreso al frente interrumpe el idilio. Cuando a Dionisio lo evacúan definitivamente por su mal estado de salud, es ella la que está convaleciente de una operación y escribe él el 21 de abril: …almuerzo con Hexe por última vez. Acaso por última vez del todo. Me despide con mucha ternura. Está preciosa, casi sobrenatural, con su palidez de convaleciente. Sé, sin embargo, que un breve vuelo de seis horas va a borrarlo todo muy seguramente.
 
La guerra es un estado de excepción en el que el ser humano da lo mejor y lo peor de sí mismo, y Dionisio tiene del ser humano tan buena opinión que acaba, más que simpatizando con un pueblo y una tierra de los que lo separan la guerra y el idioma, por amarlos. Sólo a esta infinita dimensión puede amanecer así… Primero las pocas nubes que recorren el cielo aparecen como brasas leves, enrojecidas. Luego crece por mucho tiempo, intensa, una franja rosada en el horizonte. Desvaneciéndola aparece el sol, completándose poco a poco hasta ser un inmenso globo rojo. Plenamente visible es espantosa la desolación del paisaje; tierra de humus, ennegrecida. A los lados de la carretera unos cuantos árboles carbonizados, esqueletos, espectros de árboles que angustian el aire con su gesto inmóvil. Hasta el horizonte, una infecundidad sin límites, desierta y sin alivio; sin fisonomía. No obstante, amo esto. Del combatiente enemigo habla siempre con respeto y del prisionero y del sujeto pasivo de la guerra con piedad. Se lanzan apelotonados y por centenares, medio ebrios de vodka, vociferando terriblemente con estentóreos “hurras”… El arma blanca les impresiona especialmente y aun más si quienes la empuñan avanzan cantando. Cantar y acometer con machete calado es ya entre los nuestros un “truco” consagrado por la buena experiencia. No obstante, entre ellos, es brava la oficialidad, más brava que experta, y bravísimos los comisarios políticos, es decir, los responsables. Entre sus camaradas, los más próximos le son Agustín Aznar, desbordante de humanidad física y afectiva, y Enrique Sotomayor, con el que va trabando una amistad que truncaría la muerte de éste en combate.
 
La figura de éste, al principio velada por una bruma de recelo, va cobrando nitidez y relieve a lo largo de las páginas y contrapone con su inteligencia un toque de realidad a las abstracciones de su interlocutor. Otro amigo, Agustín de Foxá, escribe a sus padres desde Berlín el 22 de agosto de 1941: Ayer, gran almuerzo en la Embajada en honor de Muñoz Grandes. Asistieron Ridruejo y Aznar vestidos de soldados. El embajador levantó la copa de champagne y dijo: “Por la entrada en Moscú”. Hace unos años cayeron en mis manos los cuadernos de notas manuscritas de Foxá y en ellos pude leer una versión más completa de ese almuerzo, en la que por ejemplo se dice que en un determinado momento, Dionisio le dijo a Muñoz Grandes, que lucía uniforme de general alemán con pantalón de raya roja: “Mi general, ustedes los héroes serán en la historia lo que digamos los poetas.” Al general no le hizo mucha gracia tamaña impertinencia y el anfitrión, Mayalde, resolvió la situación con el brindis susodicho.
 
No es difícil ver en ciertas reflexiones y en ciertos desengaños el origen de la evolución posterior del pensamiento de Dionisio, aún muy apegado a aquellas convicciones que lo llevaron a alistarse en la División. Hay en él opiniones que no tienen nada de subversivas, pero que es muy posible que se lo parecieran a los custodios de la ortodoxia del Movimiento, y eso acaso explique que el libro no saliera en vida del autor. Por un lado estaba la Censura oficial, que no iba a pasar por alto juicios reticentes sobre el Generalísimo como guionista de cine por ejemplo, y por otro la oficiosa, que no iba a tolerar por ejemplo que al Führer se le elogiara con una eficaz sobriedad. Ya ésta, la oficiosa, campaba por sus respetos en 1978, año de la mirífica Constitución, y puede que a eso se deba el que pasara poco menos que desapercibido uno de los mejores libros a mi juicio del siglo XX español.
¿Te ha gustado el artículo?
¡Dilo en tus redes sociales! ¡Ayuda a promover El Manifiesto!

Comparte esta noticia en Facebook  Comparte esta noticia en Twitter  
  Enviar a Meneamé


Otros artículos de Aquilino Duque
Crisis general y mitología política
Se ipsa torquens
Una teoría de Castilla
Del imperio de la ley a la república de la trampa
El Trágala: los liberales y la derecha
Guitarra de mesón, música y letra
El Planeta de los Simios
Juan Luis Calleja, en las manos de Dios
Los vascos, la Hispanidad y el verdadero origen de la ikurriña
Una aventura militar

La abogada de Satanás

Demócrata-cristianos y martirologio
La derecha como abogada de Satanás
La política del sentido común
Tejero y Calvo Sotelo: dos personajes para René Girard
Género lírico contra política de género
Más sobre Romero Murube y la amistad
Romero Murube, I
Criminología
Carmen Gippini, la madre de Enrique Sotomayor
La jerarquía y el caos
Raíz y decoro del toreo
La defensión del pueblo
Regeneración y Constitución
Tanatofilia
Tensión electoral
Federicomplejines
Reflexiones cuaresmales
A golpe de comicios
Al hilo de los Mundiales de fútbol
Un terrestre en Marte
Los agujeros de la democracia
Obediencia o colaboración
Pemán en su tiempo y el nuestro
Poesía sefardita: Juan Gelman
"Tiempo de Manolete"
El placer
Maestros de juventudes: Dionisio, Aranguren, Rosales
Triunfalismo y derrotismo
Quince codazos: a propósito de un libro de Miguel D’Ors
Bienvenida andaluza a un hombre de Castilla: Delibes
Lenguajes
Con Z de Zorrapastro
“Corazón”, Marco y la Institución Libre de Enseñanza
España: burricie y xenofobia
Guerra de símbolos
Épica sevillista: el Ángel Volador
Las garras del Anticristo
Liberalismo retroactivo
La historia virtual
Darse de baja del boletín
Ir a Portada
Páginas culturales
1 SERTORIO
Los hackers
2 MARÍA ELVIRA ROCA BAREA
Lo de Cataluña: una versión renovada de la Leyenda Negra
3 JAVIER R. PORTELLA
¿Perder las próximas elecciones? Nada perderían Rajoy y los suyos
4 SERTORIO
Gary Snyder: "La mente salvaje"
5 SERTORIO
La era Trump



Revistas Baratas


http://www.elmanifiesto.com | Aviso Legal | Política de Privacidad | Quiénes somos | Contactar |