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TRIBUNA
La fascinación por el liberalismo

Josep Carles Laínez

17 de mayo de 2008
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“Liberalismo” –como “socialismo”, “comunismo” o “progresismo”– es un término manchado, corrompido, que si aún tiene denotaciones, no connota absolutamente nada, y de hacerlo, no serían elementos positivos. Según frase de Mariano José de Larra, el liberalismo es “símbolo del movimiento perpetuo”, es decir, la idea de que la humanidad siempre irá a mejor; liberales, pues, serían aquellas personas para las cuales no puede llegarse a un punto de bienestar y paz; a cada instante, parece, habrán de buscar nuevas empresas en las que embarcarse.
 
Ahora bien, peor que ser liberal es querer, a toda costa, serlo, no desde la aposentada serenidad de una elección filosófica, sino por acomodarse a un sistema económico y a sus factota (detrás de cada medida económica, no lo olvidemos, hay un hombre interesado). Y esto le está pasando al Partido Popular desde la derrota en las últimas Elecciones Generales de 2008; un ejemplo más, por si alguien no quería percatarse, de que a muchos de quienes pululan por ese partido no les importa ni la religión, ni la nación, ni los valores, ni las grandes cosas que, en teoría, dicen defender. Su objetivo, estos últimos meses, es acentuar la deriva hacia una imagen de partido cuyo modelo económico beneficia a los grandes empresarios y olvida a los sectores menos favorecidos; paralelamente, va aceptando una moral no conservadora a pesar de las apariencias, y un Estado abocado a la federación; estas características, de forma curiosa, coinciden con las pregonadas por los medios de comunicación afectos al “socialismo” (El País, Público, Cuatro, La Sexta…). Sólo faltaba la bendición del rey a ZP, afirmando que sabe muy bien adónde va, y que es un presidente íntegro, para dejar a los españoles sin referencias. ¿Alguien ha cambiado algo que ahora todo es igual?
 
Nadie nos ha engañado nunca sobre cuál es la trampa de la partitocracia. Bien lo sabemos. La única transformación es que se está haciendo cada vez más obscena. Si el PP pierde sus magras características de partido conservador, habrá borrado las diferencias con el PSOE. Serán idénticos (aquello de los perros y los collares...), y sólo en acciones absolutamente nimias veremos alguna discrepancia: el color de los coches oficiales, de los vestidos de las ministras, o de las palabras: ZP dira “progresismo”, Rajoy o quien sea dirá “centrismo”, pero los dos querrán decir “capitalismo” (lo mismo con “autonomía”, “aborto”, “cultura” o “terrorismo”).
 
En este sentido, la descripción de ZP que hacía Julio Anguita en una reciente entrevista es definitoria:
Zapatero es un neoliberal con cuatro brochazos progres. Estos brochazos, no hemos de ser muy avispados, son los experimentos llevados a cabo desde planteamientos ideológicos ofensivos, a fin de hacer emerger a un consumidor despreocupado de cuestiones espirituales o del intelecto: destruyamos la escuela, bombardeemos propaganda, y el individuo estará domesticado. Pero, si consultamos hemerotecas, la boutade de Anguita no nos sorprendería: antes de llegar a la presidencia del gobierno, ZP defendía su proyecto como “socialismo liberal” (a lo que se añade que Soraya Sáenz de Santamaría ha bautizado su ideología con el concepto “liberalismo social”). Además, algunos prohombres políticos valencianos no han tenido empacho de afirmar en público que ellos, en tanto marxistas, son más liberales que los liberales (Emèrit Bono dixit).
 
Por consiguiente, si el PP, mezcla de conservadores, centristas, liberales, libertarianos y todas las familias de la “derecha”, se convierte en un partido “liberal” tout court, y el PSOE se define, asimismo, “liberal”, ¿qué divergencia existe? ¿El matrimonio homosexual? Un liberal pensará que es perfecto, pues abre un nicho de mercado. ¿La cosoberanía de Ceuta y Melilla con Marruecos? Un liberal pensará que es genial, por la posibilidad de intercambios de comercio con el reino alauita. ¿Dejar de financiar a la Iglesia católica? Un liberal verá en ello la enésima maravilla, porque el Estado, para él, no ha de ser “papá Estado” ni pagar los caprichos de la religión mayoritaria.
 
Desengañése quien deba: un liberal sólo piensa en el mercado, y en su provecho; en nada más, porque le sobra. Liberalismo será sinónimo de muchas palabras, pero estoy convencido de que de ninguna de estas tres: patria, justicia y pan.

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