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Una aventura militar

Aquilino Duque

4 de junio de 2008
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Uno de los episodios más crueles de una historia pletórica de crueldades como la de Rusia fue el sucedido a orillas del lago Ladoga, en la sombría fortaleza de Schlüsselburg, o Petrokrepost, donde Catalina la Grande tuvo sepultado en vida desde la más tierna edad a una criatura cuyo único delito fue, como el de Segismundo, el de haber nacido. Esa criatura, el zarevich Iván, a quien por derecho correspondía ceñir la corona de todas las Rusias, reducida a una piltrafa humana, pereció por fin a manos de sus carceleros.
 
Henri Troyat escribió una novela sobre el asunto: El preso número 1. El lago Ladoga dota al castillo de un foso natural, que sólo es tal a partir del deshielo. En sus proximidades se alza un gran bunker de cemento armado: el monumento a la gran batalla que obligó a las fuerzas invasoras a levantar el sitio de Leningrado. En su interior, en una cámara circular, está descrita gráficamente la batalla, con los aviones en picado, los convoyes sobre el lago helado, el cielo plomizo rayado por los reflectores; las llamaradas, las polvaredas, las explosiones, en suma, un círculo dantesco del que no hay manera de salir. El ancho y apacible Neva formó parte del frente, y en él estuvo, con el Ejército sitiador, con empleo de teniente de Artillería y en misión de municionamiento, mi colega académico don Enrique de la Vega, que nos daría su versión de los combates en una pequeña historia de la División Azul, en cuyas filas combatió, titulada piadosamente Rusia no es culpable.
 
El título del parte de guerra en que consiste el libro se explica por la curiosa convivencia de los voluntarios españoles y la población civil rusa. El coronel de la Vega nos da la versión oficial de aquella expedición militar: liberar a Rusia del comunismo. Los españoles, pues, no tenían nada contra los rusos, sino contra los soviéticos, cuya visita venían a devolver. Hace ya casi medio siglo, mi amigo Juan Antonio Campuzano me hizo leer las ya amarillentas cuartillas de sus Cuadernos de Ivan Ivánovich, su diario de campaña por así decir. Campuzano era un liberalito gaditano que fue voluntario a Rusia, entre otras cosas, para eludir la persecución antimasónica en España. Campuzano no dejó de anotar en sus cuadernos ciertos aspectos positivos del sistema socialista y en ellos da cuenta de su amistad y sus conversaciones con un profesor Nakorenko, que dominaba el francés. Campuzano sirvió también como teniente de Artillería y en todas sus páginas queda confirmado lo de la íntima convivencia de los voluntarios españoles con la población invadida. Otra confirmación, más reciente, fue la de un reportaje sobre los caídos de la División emitido por la segunda cadena de TVE.
 
El envío a Rusia de aquella División tuvo su lógica, dentro de lo absurdo de la campaña en que se vio envuelta. España, la España de Franco, tenía con la Alemania de Hitler una deuda pendiente y el envío de una división de voluntarios al frente oriental fue el arbitrio más hábil para saldarla. Franco se apoyó mientras pudo en el precedente finlandés de las dos guerras hasta que, presionado por los anglosajones, hubo de retirar a sus voluntarios. Entre éstos hubo de todo. El propio Campuzano decía que él estaba convencido de que aquello iba a ser un paseo militar. Hubo quien se alistó para desertar y “escoger la libertad” en el paraíso soviético; otros, como el coronel de la Vega, como Dionisio Ridruejo, como Enrique Sotomayor, para proseguir la lucha contra el marxismo iniciada en España.
 
No hace mucho falleció en el pueblo de Zufre otro ex divisionario, veterano de las dos guerras, la nuestra y la mundial, en las cuales llegó incluso a estar copado. Vivía de milagro, pues lo encontraron herido y semicongelado, rodeado de cadáveres, en un cráter de bomba. Se llamaba Perico Hato Meca y era hijo del herrador del pueblo, que a su vez había combatido en Cuba. Este hombre estaba amargado al ver el derrumbamiento de los ideales por los que tanto su padre como él se habían jugado la vida.


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