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Juan Luis Calleja, en las manos de Dios

Aquilino Duque

17 de junio de 2008
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En los inciertos años finales del séptimo decenio del siglo XX, cuando a los españoles los cegaban los polvos que habían de traer los presentes lodos, una de las pocas luces claras que a mí por lo menos me sirvieron para orientarme, eran las terceras en ABC de Juan Luís Calleja. Aquellas luces no tardarían en apagarse, según el prestigioso diario se sumía en la polvareda ambiente, pero en mí siguieron vivas, tanto es así que al salir por fin mi libro El mito de Doñana en 1979, me dirigí a Calleja, a quien no conocía, con la esperanza de que se hiciera eco de mis afanes. Esa carta, que remití al periódico, donde él tuvo vara alta, nunca llegó al destinatario, caído en desgracia pese a haber figurado durante años en su consejo editorial y estar galardonado con el Mariano de Cavia. Yo estaba ya en deuda con él porque gracias a sus ideas pude alumbrar algunas de la mías; para no ir más lejos, él me hizo ver las peligrosas contradicciones en el proyecto de una Constitución de la que sólo males para la patria podían derivarse. Fue, pues, maestro mío antes de ser amigo, y su amistad, que es una de las cosas mejores que me han pasado en los últimos treinta años, tan ricos en satisfacciones y recompensas para mí, se la debo a otro gran desaparecido, a Ángel Palomino, que me propuso asistir a una de las cenas de los Amigos de Julio Camba en Casa Ciriaco.
 
En una esquina de la calle Mayor hizo Ángel las presentaciones. Juan Luís iba con Merche, que se iría de esta vida pocos meses antes que él. Yo acababa de refugiarme en El Alcázar, después de pasar por Informaciones y Ya, y Juan Luís me había leído en todos esos medios y además le habían hecho buenas ausencias mías Serrano Suñer, Gamero del Castillo, Fernández de la Mora y Manuel Halcón. Gracias a éste último quedé finalista en el González Ruano y con Juan Luís, Ángel Palomino, Pérez Escolar y otros compartí mesa y mantel en la cena de gala correspondiente. Ya como particulares, no pasaba yo por Madrid sin que Ángel y Juan Luís me convidaran a comer, casi siempre en el Rabo de Oro de la calle Ayala. Treinta años dan mucho de sí, y en ellos no faltan momentos de tristeza asociados a otros de alegría. Calleja era de los primeros en recibir libros míos que se apresuraba a reseñar, en Razón Española mayormente, y me acompañó en más de una ocasión a conferencias y presentaciones, como una en Valladolid en el Colegio de Santa Cruz, donde encima de llevarme en su auto desde Madrid, me hizo una bonita presentación, y otra, memorable en la Residencia de Estudiantes, que motivó un viaje suyo a Zufre, para conocer de visu el escenario de mi niñez. A Zufre se disponía a venir Juan Luís en diciembre de 2003 con motivo de unos azulejos que me pusieron cuando se lo impidió un infarto. Fue Ángel Palomino quien me lo avisó, y, lo que son las cosas, no pasó un mes sin que fuera él quien me diera la noticia de la muerte repentina de Ángel. Otra vez fuimos a Guadalajara acompañando a éste, que hablaba de Franco en una mesa redonda con Tusell, Fernando Suárez y el Sr. Prat. Son tantos los lugares –el Rastrillo, el Pardo, Winterthur, el Valle de los Caídos, la Gran Peña– que me evocan la presencia y la voz de Juan Luís que ya pierdo la cuenta. El último fue una librería de El Escorial hace justamente un año, acto del que por lo menos queda recuerdo gráfico. Hasta en La Habana lo tuve presente al pasar un día por delante del Hotel Capri en el Vedado, donde muchos años antes él y Merche paraban durante una reunión de empresarios de turismo al comienzo de la Revolución. Hemos sido además cuasi vecinos, pues sobre todo desde que Merche quedó inválida, vivía prácticamente en La Alquería, su bonita finca entre Los Negrales y Alpedrete, y o bien iba yo a verlo o venía él a San Lorenzo a casa de mi hija Marina. En una de estas visitas, mi nieto, que tendría cinco años, le trajo un estuche de Cuentos de Calleja para que se lo dedicara y él le puso: “Nunca los nietos están a la altura de sus abuelos. Tú, William, serás la excepción”.
 
Tengo en mi mesa un sobre dirigido a él hoy mismo que ya no irá al Correo. Ya está Juan Luís Calleja, como diría nuestro viejo amigo Panero, “en las manos de Dios”.


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