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Del imperio de la ley a la república de la trampa

Aquilino Duque

14 de julio de 2008
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Soy el primero en celebrar que una parte importante de nuestras masas encefálicas decida, aunque sea con treinta años de retraso, darse por enterada de las consecuencias que en algunas regiones españolas tiene la chapuza constitucional del 78 en lo que a la lengua se refiere. Más vale tarde que nunca, pero la estrategia está mal planteada pues, a mi juicio, no es la lengua española o castellana la que está amenazada, sino los españolitos que tienen la desdicha de habitar en esas regiones y a los que se pretende encerrar en ghettos dialectales. No es que los demás españolitos sean más afortunados, excepción hecha de los que pertenezcan a familias cultas o pudientes que los manden a colegios de pago. Quiero decir que la cuestión regional no es más que una secuela de la cuestión nacional.  
 
Una vez me sorprendió en Málaga la conmemoración del Día de la Constitución, en que la Santa Madre Iglesia festeja a San Nicolás, y todo lo que vi fue un par de automóviles erizados de banderas de la Segunda República. Esperaba yo un autobús y comenté en voz alta que vaya manera de conmemorar la Constitución, con una bandera anticonstitucional, y una joven señora me dijo con desprecio que en la Constitución cabe todo. En otro orden de cosas, que es el mismo, creo haber leído en un artículo de un profesor de derecho constitucional que, con la Constitución en la mano, Ibarreche tiene perfecto derecho a convocar un referéndum ilegal. Con la Constitución en la mano todo es posible en este cerrado de vacas locas que es el “Estado de las Autonomías”. De esta suerte, pocas ilusiones podemos hacernos con ella, hoy que el imperio de la ley es en realidad la república de la trampa. Recurrir al Supremo es como jugar a la ruleta, y acudir al Constitucional, exponerse a que sus miembros y miembras hagan una vez más con esta Constitución que llevamos en la mano un cartucho de pescado frito.
 
Si el efímero patriotismo futbolístico tuviera alguna continuidad y alguna consistencia, hoy estarían, no las masas encefálicas, sino las “masas rojas”, clamando por la suspensión de las “autonomías” en las regiones donde con toda impunidad se incumple la Constitución. Tampoco sería mala cosa suspender de empleo y sueldo a toda la clase política, cosa que no vendría nada mal para conjurar la crisis que amenaza. Ni Gobierno ni Oposición, cada día más intercambiables, están por la labor de salvar a la patria, ¡oh, anatema!; antes bien, dan la impresión de que conspiran contra ella. Uno y otra, incluso cuando trocaban los papeles, nos han traído a la presente situación, y ya ni se preocupan de guardar las formas ni de sostener las máscaras. Por cierto, ¿qué quería decir Spengler con aquello de que “caerán las máscaras de los interregnos parlamentarios”?    

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