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TRIBUNA
Una teoría de Castilla

Aquilino Duque

21 de julio de 2008
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Hace ya bastantes años, en el otoño de 1983, tuve que presentar al novelista Miguel Delibes en la Fundación El Monte, y aproveché la ocasión para darle a él la bienvenida, como hombre de Castilla, a lo que yo llamé Castilla la Novísima. Nunca lo hubiera hecho. Una parte del público, la más estentórea, protestó airadamente y, aunque aguanté el tipo hasta el final, no pude menos de observar por lo menos cierto pasmo en la parte más respetable del público aquel, encabezada por don Ramón Carande y el Padre Javierre. Un joven periodista presente en cambio me dijo que situaciones semejantes le movían a risa, y yo me quedé en la duda de si lo que le parecía gracioso era mi postura o la de mis detractores. El propio Delibes trató de serenar el ambiente – al fin y al cabo los estentóreos gritaban que habían venido a oírlo a él y no a mí – y dijo que las nubes que yo veía no tardarían en disiparse. Esas nubes tenían que ver con el socialismo y el separatismo. Luego nos llevaron a cenar y Delibes me dijo amistosamente que yo era un político y yo le contesté que en cambio él era un cazador.
 
Unos tres o cuatro años atrás, en un homenaje que se hizo en la Universidad de Roma al hispanista Vittorio Bodini, cité un verso suyo en el que decía que Madrid era la verdadera capital de la Apulia, su tierra natal, y yo no perdí tiempo en agradecérselo y admirarme de que alguien reclamase en Italia la capitalidad de Madrid en un momento en que todos la rechazaban en una España que renegaba de sí misma. Allí por lo menos se me trató con cortesía, y eso que el respetable público lo encabezaban Rafael Alberti y el jesuita catalán Batllori, pero un espolique del poeta, sardo de nación, me comentó con retintín al pasar a mi lado : “con que una España que reniega de sí misma, ¿eh?…” 
 
En el otoño de 2003, al concluir una intervención mía en la tribuna de El Monte, se me acercó un señor para decirme que él había sido uno de los energúmenos que me habían abucheado cuando presenté a Delibes y que venía a pedirme perdón y decirme que tenía yo toda la razón en decir lo que dije. 
 
Yo agradecí y agradezco este rasgo, pero más hubiera agradecido que su autor no se hubiera visto impulsado a él por unos hechos lamentables que confirmaban mis temores, unos temores que en 1983 a muchos, con Delibes a la cabeza, se les antojaban infundados. El hecho es que cada vez son más los españoles a los que se les abren los ojos y el entendimiento, con gran preocupación de la clase política y de la historiografía revanchista. Tanto es así que al aparecer en 2004 el libro “Adiós, España” del santanderino Jesús Laínz, los editores le confesaron al autor que cinco años atrás no se habrían atrevido a publicarlo. Ya en el año 2000, sin embargo, apareció, seguramente por impulso de la derecha vergonzante entonces en el poder, el libro de Domínguez Ortiz, España, tres milenios de historia, uno de los resúmenes mejores de nuestra historia al que sólo le sobran los obligados ditirambos a la mirífica Transición, y de poco después data un informe de la Real Academia de la Historia, apadrinado por Gonzalo Anes, que levantó ampollas en las delicadas epidermis de algunos jefes de tribu. En estos tiempos de ignorancia y desinformación, yo recomiendo vivamente el libro de Domínguez Ortiz al que quiera tener una idea de la Historia general de España, como recomiendo el libro Franco, de Pío Moa, al que quiera saber qué es lo que pasó de verdad entre la proclamación de la segunda República y el final por ley de vida del régimen de Franco. El mismo Moa ha ido ganando posiciones frente a la historiografía revanchista por muchos apoyos oficiales de que ésta disfrute, pero no está solo, y no pasa un día sin que aparezca un libro o un testimonio de españoles o extranjeros incluso en los que la vergüenza le ha podido al miedo. En octubre de 2006 ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría el recién depuesto director del Museo Arqueológico de Sevilla don Fernando Fernández Muñoz, y su discurso fue una emocionante lección de historia que situó los orígenes de España como nación en los siglos de la dominación romana.
 
También de fechas recientes es otro libro de Jesús Laínz, La nación falsificada, en el que nos recuerda a todos los españoles la aportación a la grandeza de nuestra patria de compatriotas nacidos en los que por comodidad y por extensión vamos a llamar países vascongados y catalanes.
 
A esta línea de combate se incorpora por último don Ramón Peralta con su Teoría de Castilla, en la que nos recuerda la función capital de Castilla en la forja de la nación española, mejor dicho en su refundición, a lo largo de los ocho siglos de la Reconquista, a los que hay que sumar tres más de hazañas ultramarinas.
 

Son muchos los datos y muchas las ideas que hay en este libro breve y denso, en el que nos asomamos al nacimiento de la lengua que se llamaría española y la oímos galopar por la Península en el Cantar de Mío Cid y en el Poema de Fernán González. Es inevitable pensar en Ortega aunque sólo sea porque el título de este libro hace pensar en la Teoría de Andalucía, para apresurarse a señalar que el de Peralta no es un ensayo más o menos brillante y discutible, sino un estudio histórico de un profesional de la investigación y la enseñanza. Por ejemplo, el feudalismo no lo despacha con la desenvoltura con que lo hace Ortega en su España invertebrada. Hay que reconocer que en el nacimiento de Castilla está uno de los más malignos de nuestros demonios familiares, el del separatismo, pues tanto en el derecho como en la lengua, Castilla, nacida entre Cantabria y Vasconia, se separa del reino de León y opta por el derecho consuetudinario y un romance con fonemas germánicos, frente al Fuero Juzgo y un dialecto latino de matiz galaico y asturiano, más próximo de lo que con el tiempo sería el portugués que del castellano o español. Pero en ocho siglos pueden pasar muchas cosas, y lo que pasó es la Historia que, con todos sus altibajos y sus contradicciones, nos han contado o hemos estudiado los españoles que tenemos cierta edad, no la que a los “educandos para la ciudadanía” les vienen contando los que reniegan de España y falsifican su Historia.

* Teoría de Castilla. Para una comprensión nacional de España. Ramón Peralta. ACTAS, Madrid, 2006.


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