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Italia: ¿por fin la esperanza?


No echemos aún las campanas al vuelo y mantengamos los prudentes interrogantes de nuestro titular. Nada es nunca del todo seguro, todo en la vida (en la de la polis y en la vida sin más) es siempre arriesgado: la incertidumbre —esa cosa embriagadora e inquietante a la vez— marca, por fortuna, nuestro mortal destino de hombres.
Javier Ruiz Portella

2 de septiembre de 2008
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JAVIER RUIZ PORTELLA
No echemos aún las campanas al vuelo y mantengamos los prudentes interrogantes de nuestro titular. Nada es nunca del todo seguro, todo en la vida (en la de la polis y en la vida sin más) es siempre arriesgado: la incertidumbre —esa cosa embriagadora e inquietante a la vez— marca, por fortuna, nuestro mortal destino de hombres.
Sí, podría ser que acabaran defraudadas (no sería la primera vez…) las esperanzas que hoy nos llegan desde Italia. Hay algo, sin embargo, de lo que ya no cabe duda: es de esperanzas —defraudadas o confirmadas— de lo que se trata. Es una esperanza, y grande, lo que está en juego en Italia desde que la coalición Pueblo en libertad ganara las elecciones, Gianni Alemanno refrendara la victoria obteniendo para Aleanza Popular la alcaldía de Roma, y se adoptaran por primera vez en toda Europa medidas encaminadas a combatir de forma decidida la plaga que para los desafortunados inmigrantes y pueblos receptores es el éxodo de poblaciones que sobre unos y otros se abate.
Hay más. Todo ello va a consolidarse próximamente a través de la fusión entre Forza Italia (el partido liderado por Silvio Berlusconi) y Aleanza Nazionale, la formación emanada del histórico MSI, el partido “posfascista”, como lo calificó su líder Gianfranco Fini antes de que, en Jerusalén, abjurara públicamente del “fascismo” y obtuviera la imprescindible absolución “democrática”.
La fusión (de la que habla ampliamente Gianni Alemanno en estas mismas páginas) no deja de ser una operación de alto riesgo: el de que el pez grande (Forza Italia representa un 70% de fuerza electoral, frente al 30% de Aleanza Nazionale) se coma al chico para mayor gloria y provecho del Sistema, de su partitocracia y de todas sus demás lacras. Un riesgo que los dirigentes de Aleanza Nazionale, es de suponer, habrán sopesado convenientemente… Salvo si fueran como todos (y en particular como las huestes del magnate Silvio Berlusconi), salvo si también a ellos les importaran un rábano las ideas y los ideales, salvo si lo único que les interesara fuera medrar, hacerse a cualquier precio con el poder.
Si no es así, ¿por qué, entonces, fundirse en un partido con semejante gente? Respuesta simple, inmediata: porque en la vida pública uno no hace casi nunca lo que quiere, sino lo que puede (salvo si opta, por supuesto, por encerrarse en un gueto o en una torre de marfil). Respuesta sibilina (sólo formulable en forma de pregunta): ¿será acaso el pez chico el que puede acabar zampándose al grande?…
Pregunta que ni siquiera en el país de Maquiavelo puede tener, desde luego, clara respuesta. El riesgo de que, por el contrario, sucediera lo más lógico y el pez grande se comiera al chico sería como para echarse a temblar si no se diera una circunstancia que conviene tener muy en cuenta: Aleanza Nazionale constituye un partido sólidamente estructurado y provisto de una larga tradición tanto ideológica como militante, cualidades que no parecen caracterizar precisamente a una agrupación centrada en los intereses más inmediatamente político-electorales, como sucede con el grupo que lidera Berlusconi.
“Al Estado naciente”: con este título dado a la conferencia que reproducimos en nuestro periódico; con este vigoroso saludo al nuevo Estado caracteriza Alemanno la situación existente en su país. No se trata de remendar las viejas, periclitadas estructuras políticas y sociales. Se trata, por el contrario, de que nazca un nuevo Estado, de que surja un nuevo Orden, de que aliente una nueva ilusión, un nuevo proyecto colectivo, una nueva forma de entender la existencia de los hombres entre sí.
Surja o no surja, acaben las cosas fraguándose para bien o para mal, es la posibilidad de que ello ocurra lo que, de momento, ya ha surgido esperanzadamente en nuestro país vecino.
¿Nuestro país vecino?… ¡Por favor! A cientos de miles de kilómetros ideológicos y políticos parece estar Italia de esta España nuestra que tiene, al menos, la suerte de pertenecer a una Europa en la que todavía algunos se plantean las cuestiones realmente cruciales que, entre nosotros, nadie —quedan excluidos nuestros lectores y amigos— siquiera intuye.

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