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Claro, empiezan a hablar de las cenizas de Cervantes y rueda la noticia y al final aparece el cementerio de ilustres por antonomasia, el Pêre Lachaise de París, y recuerdo lo que publiqué hace unos años, tras mi última visita a aquel hermoso pudridero:
José Vicente Pascual

26 de marzo de 2015
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JOSÉ VICENTE PASCUAL


Claro, empiezan a hablar de las cenizas de Cervantes y rueda la noticia y al final aparece el cementerio de ilustres por antonomasia, el Pêre Lachaise de París, y recuerdo lo que publiqué hace unos años, tras mi última visita a aquel hermoso pudridero:

"Cualquiera que haya leído De Profundis y visite el cementerio Père Lachaise, donde reposan los restos mortales de Óscar Wilde, comprenderá por qué el escritor aborrecería de plano el desmadre de su sepulcro, el cual, más que digna sepultura, asemeja una carroza del Día del Orgullo Gay, con esa estridencia ornamental, esa locura floral, los besos pegados a la piedra con carmín, el entusiasmo chillón de quienes consideran a Wilde una especie de adalid, mártir y profeta del movimiento LGTB...

Pero aclarémonos. Óscar Wilde no fue precursor ni líder de ninguna causa. Jamás habría deseado convertirse en tal y mucho menos pasar las penalidades de su juicio, prisión y exilio -"arruinado económicamente, moralmente y espiritualmente "-; todo a causa de aquella piltrafa de persona de la que tuvo la mala idea de enamorarse, el aborrecible Lord Alfred Douglas, “Bosie” para los amigos; un repugnante parásito que encontró en la debilidad de Wilde motivo insaciable para vivir hasta el delirio los sueños más sórdidos que su endiablada estupidez le sugería. Óscar Wilde no fue llevado a juicio por estar enamorado de Bosie. Fue él, el brillante escritor, intachable caballero irlandés, quien denunció y puso ante los tribunales al padre de Bosie, tras dejarse convencer por su amante de que un buen pleito por difamación contra el severo aristócrata les depararía a ambos magníficos beneficios.

El problema fue que la legislación británica de la época permitía "revertir la acción", lo que en España se llama "reconvenir". Absuelto el padre de Alfred Douglas, tuvo éste oportunidad de dirigir la iniciativa penal contra el querellante. De tal forma, Wilde, sin quererlo ni haber pensado seriamente sobre las consecuencias de sus actos y su descabellada pretensión legal, se vio envuelto en el terrible juicio por sodomía que acabó por destruirle. Un juicio que supuso el escándalo, la cárcel y el desmoronamiento absoluto de uno de los escritores más brillantes que se han expresado en lengua inglesa. Y mientras él se pudría en presidio, consumido por los trabajos forzados, destilando su espíritu una amargura aniquiladora, el impresentable, ruin, manipulador, egoísta y perfectamente imbécil “Bosie” se reconciliaba con su padre, conseguía dinero para seguir la fiesta, coleccionaba amantes como quien junta cáscaras de pipas e intentaba introducirse en la sociedad literaria de Londres, bajo la adefésica aura de "viuda en vida de Wilde". Porque el muchachito tenía sus inquietudes poéticas, como casi todo el mundo.

La primavera es la mejor época del año para visitar el cementerio Père Lachaise. Sin embargo, otra recomendación debe hacerse a los viajeros sensibles: si no quieren llevarse un disgusto, no visiten el mausoleo de Óscar Wilde. Nada más verlo se darán cuenta de que está adornado, groseramente pintarrajeado, por quienes lo recuerdan no como maravilloso escritor sino como eminente maricón. Es la última y definitiva fechoría perpetrada contra su memoria por todos los Bosies de este mundo".

Creo que hace un tiempo, a petición de la familia y sucesores de Wilde, la administración del Père Lachaise instaló una mampara protectora. Lo que no quita que la misma mampara esté llena de besurracos impresos en carmín, pero bueno... Algo es algo.


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