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NACIÓN
El caso Rufián


Durante uno de los últimos debates de investidura brilló con luz propia una nueva estrella parlamentaria: el diputado Gabriel Rufián, de Esquerra Republicana de Cataluña.
Arturo Pérez-Reverte

4 de noviembre de 2016
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ARTURO PÉREZ-REVERTE


Durante uno de los últimos debates de investidura brilló con luz propia una nueva estrella parlamentaria: el diputado Gabriel Rufián, de Esquerra Republicana de Cataluña. Nieto de un albañil de Granada y de un taxista de Jaén, el joven independentista, nacido en Santa Coloma de Gramanet, milita en un catalanismo radical del que se nutrió toda su intervención en la tribuna: un discurso a medio camino entre la retórica de Paulo Coelho y el humor de Tip y Coll; con el detalle terrible de que allí, en el Parlamento, el joven diputado catalán estaba hablando en serio. O lo pretendía. Para definir el estilo y al individuo, nada más exacto que el comentario publicado en 
La Vanguardia por el periodista Sergi Pàmies: «Una cursilería low cost con toques de confucianismo de bazar que, si el espectador supera los primeros momentos de vergüenza ajena, puede degenerar en ternura».
«Soy lo que ustedes llaman charnego», empezó diciendo Rufián, y siguió por ahí. Sentado ante el televisor, asistí fascinado a su intervención. A menudo el joven diputado aludía a cosas de contenido social con las que estoy completamente de acuerdo. Pero lo embarullaba su discurso sesgado, zafio, pobre de sintaxis, hasta el punto de que llegué a preguntarme si se había preparado antes de subir a la tribuna con algún reconfortante volátil o espirituoso. Pero al poco comprobé que nada de eso. Negativo. Aquél era el estilo propio, el tono auténtico. El individuo.
Me quedé de pasta de boniato. Y acto seguido, lo dije en Twitter: «La España que sentó en el parlamento a Gabriel Rufián merece irse al carajo». No me refería a la España catalana votante de ERC, sino a la España en general, en la que me incluyo. «La España de Aznar, de Zapatero, de Rajoy», precisé. Pero como de costumbre, la habitual falta de comprensión lectora hispana motivó una racha de comentarios irritados -«Pérez-Reverte manda al carajo a Cataluña» y cosas por el estilo-, entre ellos uno del propio Rufián: «No se preocupe, que ya nos vamos». Zanjé por mi parte el asunto con un último comentario: «A usted no le llaman charnego en España, sino en Cataluña. Y ése es el problema, creo. Su necesidad de que no se lo llamen».
Y sí. Lo sigo creyendo y lo creo cada vez más. En la biografía de Gabriel Rufián, semejante a la de otros jóvenes independentistas, hay una línea clave: cuando él mismo afirma que descubrió la lengua y la cultura catalanas «cuando mis padres me matricularon en un instituto de Badalona». Es decir, cuando se vio inmerso en un sistema educativo que, desde hace mucho, tiene por objeto cercenar cualquier vínculo, cualquier memoria, cualquier relación afectiva o cultural con el resto de España. Un sistema perverso, posible gracias al disparatado desconcierto que la educación pública es en España, con diecisiete maneras de ser educado y/o adoctrinado, según donde uno caiga. Donde las autoridades locales se pasan por la bisectriz leyes y razones, y donde su egoísmo cateto, provinciano e insolidario, aplasta cualquier posibilidad de empresa común, de memoria colectiva y de espíritu solidario.
Y no sólo eso. Porque en el caso Rufián, y de tantos como él, se da otra circunstancia aún peor: el abandono de la gente, de los ciudadanos decentes, en manos de la gentuza política local. A cambio de gobernar de cuatro en cuatro años, los sucesivos gobiernos de la democracia han ido dando vitaminas a los canallas y dejando indefensos a los ciudadanos. Y ese desamparo, ese incumplimiento de las leyes, esa cobardía del Estado ante la ambición, primero, y la chulería, después, de los oportunistas periféricos, dejó al ciudadano atado de pies y manos, acosado por el entorno radical, imposibilitado de defenderse, pues ni siquiera las sentencias judiciales sirven para una puñetera mierda. Así que la reacción natural es lógica: mimetizarse con el paisaje, evitar que a sus hijos los señalen con el dedo. Tú más catalán, más vasco, más gallego, más valenciano, más andaluz que nadie, hijo mío. No te compliques la vida y hazte de ellos. Así, gracias al pasteleo de Aznar, la estupidez de Zapatero, la arrogancia de Rajoy, generaciones de Rufiancitos han ido creciendo, primero en el miedo al entorno y luego como parte de él. Y van a más, acicateados por la injusticia, la corrupción y la infamia que ven alrededor.
No les quepa duda: en un par de generaciones, o antes, esos jóvenes votarán independencia con más entusiasmo, incluso, que los catalanes o vascos de vieja pata negra. A estas alturas del disparate nacional no queda sino negociar y salvar los muebles, como mucho. Porque yo también me iría, si fuera ellos. Por eso digo que la imbécil y cobarde España que hizo posibles a jóvenes como Gabriel Rufián, merece de sobra irse al carajo. Y ahí nos vamos, todos, oigan. Al carajo.
© XLSemanal, 20.3.2016


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lunes, 07 de noviembre de 2016

Organismo independiente por la formación total de los españoles

Lo que se tendría que hacer es centralizar la educación en un sólo ministerio, y que éste fuera totalmente independiente del gobierno de turno, nada de pactos por la educación ni ostias. Su misión: formar españoles hombres y mujeres libres, orgullosos de su patria, respetuosos de Dios (católicos por supuesto), cultos y ya después útiles para la sociedad, especialistas en alguna categoría productiva. Pero eso no se va a hacer porque a ningún gobernante le interesa, la educación es una herramienta de adoctrinamiento demasiado importante para renunciar a ella.

# Publicado por: Requiario (Madrid)
viernes, 04 de noviembre de 2016

Los modernos reinos de taifas

Hace unos 25 años que lo escuché a un belga ´´ a ustedes les pasará lo mismo que a nosotros, cada autonomía será una desconocida para la vecina´´. Unos sobrinos míos que viven en el pais vasco, se niegan a ir de vacaciones a España, por mucho que su madre, gallega de nacimiento, lo intente. Eso es el fruto del adoctrinamiento del sistema educativo vasco cuyos planificadores saben muy bien cuales son sus objetivos. Es cuestión de producir una generación en ese sistema educativo. y culpa de los dirigentes estatales que buscan ser reyes por cuatro años aunque al final su reino no sea mayor que el de Granada.

# Publicado por: lusaot (cuenca)
viernes, 04 de noviembre de 2016

Extranjero en tu tierra

Estuve varias veces de turismo y más tarde visitando a amigos en Barcelona allá por los años setenta y, la verdad, guardo unos recuerdos amables de ella y de los catalanes con los que hablé y compartí buenos ratos. Una gran ciudad y la gente muy hospitalaria y atractiva. Eso ha cambiado con el infame nacionalismo que envenena las mentes de los indefensos niños y les inculca una aversión a todo lo español, cuando hemos estado y estamos compartiendo territorio, lengua, cultura y afanes comunes durante tanto tiempo y nos hace a unos y a otros sentirnos extranjeros en nuestra tierra ¡Qué lástima !

# Publicado por: Jose Manuel (Malaga)
viernes, 04 de noviembre de 2016

Pues sí

Pues sí, creo que está bastante bien explicado. Si un servidor se cruzara por casualidad con el Sr. Rufián alguna vez, exclamaría: ´´pobrecito´´.

# Publicado por: Frido (Toledo)
viernes, 04 de noviembre de 2016

Barna/Madrid

Durante los 70, 80 y buena parte de los 90, el PSC era la zona sociológica donde se ubicaban catalanes de izquierda moderada y no especialmente independentistas, ya tuvieran veinte apellidos catalanes o ninguno. Y era una sociología muy amplia. En aquellos años Barcelona era una ciudad mucho más amable que Madrid, que era probablemente la ciudad más hosca y brusca de Occidente, que encima, arrastraba el endiosamiento sofistipaleto de la Movida. Ahora es al contrario: Barna se ha vuelto un poquito rancia y Madrid está mucho más simpática. Menos mal que el independentismo catalán es una pura folklorada y unas simples ganas de tocar un poquito los collons. Ningún catalán se quiere independizar en serio. Ni siquiera Tardá o Rufián. Y lo saben. En Cataluña hay un adagio que dice: ´´Dejémonos de collonadas que esto es un asunto de pela´´. Se hace un referéndum por la Independencia y sale que ´´no´´ en un 90. Seguro.

# Publicado por: Progre descarriado (Ciempozuelos)
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