La tercera ola del secesionismo

Lo malo de la tercera ola es que a todos los bañistas les coge desprevenidos pensando que la marejada ya ha pasado. Y cuando llega, pocos son capaces de mantenerse en pie.

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Con el nombre de La ola, se conoce el experimento de Ron Jones que demostraba la facilidad de manipular grupos humanos. En su colegio consiguió en escasos días transformar una clase de indisciplinados adolescentes, en una organización de carácter casi fascista. Sobre este experimento hay una película llamada precisamente La ola, más que interesante para ver.

En realidad, el nombre del experimento viene del efecto denominado la tercera ola. Los ritmos de las crestas al chocar con la costa son triples. Primero, arriba, una ola engañosa, con cierta fuerza que es superada por una segunda en tamaño y volumen y, por fin, la tercera es la que rompe con fuerza y puede causar más estragos.

Este símil tiene mucho que ver con los ritmos del interminable proceso separatista. Nos permite visualizar en qué parte de su transcurso estamos, si ya ha llegado la tercera ola o aún debemos esperar lo peor. Para la inmensa mayoría de ciudadanos, el callejón del proceso se está estrechando definitivamente y más pronto que tarde el grano de pus debería estallar y el absceso sanar. Craso error. La tercera ola está por llegar y de manera sutil e inesperada. Aún se hará esperar y de ahí deriva su peligro, pues pocos la esperan.

La primera ola se puede identificar, sin lugar a dudas, con el catalanismo moderado de Pujol que contenía en germen todo lo que ha advenido estos últimos años. El famoso Programa 2000, escrito en 1990 por Jordi Pujol ya era una hoja de ruta en toda regla hacia la independencia. Durante 30 años, el nacionalismo sumergió a la sociedad catalana en una inmensa ola de clientelismo, supremacía cultural, acomplejamiento, espiral del silencio, servilismo al poder autonómico constituido. La inmersión lingüística (qué ajustado el término inmersión), no era una cuestión idiomática. Fue una inmersión en las categorías nacionalistas en todas y cada una de las dimensiones de la existencia social y personal. El descomunal tamaño de este oleaje fue asumido por la sociedad catalana porque su decurso fue lento y prácticamente imperceptible para la mayoría.

Sin esta primera ola, hubiera sido imposible la segunda. Más corta, pero más brusca. Los desencadenantes fueron muchos: la frustración de CiU ante dos gobiernos del tripartito; la frustración del tripartito por no ser considerado demasiado nacionalista; la irrupción del zopenco Zapatero en la política nacional, la demencia política de Pascual Maragall que llevó a desgajar una parte de la burguesía catalanista de la dirección del PSC, un partido cuyo inmenso poder eran los votantes inmigrantes o sus hijos; el empeño maragaliano de pasar a la historia por promover un nuevo Estatuto; la ineptitud de un Tribunal Constitucional que dejó podrir sus resoluciones cinco años y generar un resentimiento agrio entre nacionalistas. Todo ello fue aprovechado por una CiU hambrienta de poder y temerosa de que sus corruptelas, que apestaban ya demasiado, salieran a la luz pública. La segunda ola se puso así en marcha y está culminando con esta fase que vivimos: choques de trenes contra vagones, pulsos desproporcionados, demagogias a raudales, pactos secretos, postureos clientelares, incluso rememoración de luchas callejeras sesentayochistas. Habrá detenciones, procesos, imputaciones, cárcel … y más resentimiento. Posiblemente en una posterior etapa en la que gobiernen las izquierdas, abundarán indultos y el nacionalismo volverá a crecerse. Se iniciará así la tercera ola.

La tercera ola será sutil, se irá preparando cuando pase la resaca de la segunda, pero si explota, sus consecuencias serán incalculables. Tarde o temprano, Cataluña deberá pasar elecciones y todo augura un frentepopulismo dirigido por Esquerra. ERC es un partido mucho más burgués y moderado de lo que a primera vista muchos pueden pensar. En su fuero interno saben que no pueden ganar un pulso al Estado, pero sí inocularle un “troyano” que dentro de unos años lo deje atenazado. Pero para ello deben estar dentro del tablero de juego.

Cuando se produzcan las elecciones en Cataluña, para algunos “constituyentes”, para otros simplemente autonómicas, se evaluarán los nuevos equilibrios y fuerzas políticas. Un tripartito en Cataluña con ERC a la cabeza, los Comunes (Podemos e IC camuflados) y un más que ambiguo PSC deseoso de protagonismo, es el escenario ideal para arrodillar al gobierno de España. No podemos olvidar que el PP sigue con una exigua mayoría, sin presupuestos y temblando en una cuerda floja, con apoyos –siempre traicioneros– de Europa y el mundo financiero. Tampoco podemos olvidar que el PSOE nunca renegará de su proyecto de Reforma Constitucional de carácter confederal, antesala de la ruptura legal y constitucional de España (adelantamos la frustración de aquellos que verán cómo la ruptura de España podrá a legar ser conforme a la Constitución).

¿Por cuatro lentejas, léase unos años en el poder, el PP se dejará seducir con la reforma constitucional? Ojalá nos equivoquemos, pero creemos que sí. Ya hemos visto de todo en el trozo de historia que nos ha tocado vivir. Tras la segunda ola, aparentemente España volverá a un “orden” constitucional con unas izquierdas aparentemente satisfechas. Pero entonces la tercera onda se pondrá en marcha. Este rompiente contendrá los “troyanos” introducidos en la reforma constitucional y permitirán, en caso de que sean eficaces, una independencia de facto de parte del territorio español, o la sustitución de la monarquía por una república. Lo malo de la tercera ola es que a todos los bañistas les coge desprevenidos pensando que la marejada ya ha pasado. Y cuando llega, pocos son capaces de mantenerse en pie.

© La Gaceta

 

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