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100º aniversario de la Revolución bolchevique

100 años: 100 millones de muertos. Y una paradoja de por medio


Nadie podía predecir el triunfo —hace hoy exactamente cien años— de la Revolución que asoló la Rusia convertida en Unión Soviética.
Javier R. Portella

7 de noviembre de 2017
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JAVIER R. PORTELLA


Nadie podía predecir el triunfo —hace hoy exactamente cien años— de la Revolución que asoló la Rusia convertida en Unión Soviética. Nadie podía predecir tampoco el desmoronamiento, por súbita implosión interna, del imperio comunista el 8 de diciembre de 1991. Los imprevistos de la Historia de los que hablaba Dominique Venner marcan indudablemente su cadencia.

Y entre ambas fechas, 100 cien millones de muertos, millón más, millón menos: tal es el balance —refrendado por los más serios historiadores, como el francés Stéphane Courtois, autor del célebre Libro negro del comunismo— de la más siniestra empresa de toda la Historia. Bien lo sabemos en España, donde desde octubre de 1934 en Asturias hasta el 1º de abril de 1939 en la mitad del país triunfó, con idénticas tropelías y horrores, la misma revolución comunista. Pero la vencimos. Es más, nos cabe el honor de haber sido el único país del mundo que, con las armas en la mano, ha conseguido liberarse por sí mismo del terror rojo.

¿Fue un bien?... Que me perdonen nuestros muertos, que me disculpen nuestros héroes: el mero hecho de formular semejante pregunta pudiera parecer una deslealtad hacia ellos. No lo es en absoluto. La victoria conseguida gracias a aquella lucha —el único comportamiento digno y cabal—constituyó indudablemente el más alto bien. Lo constituyó en lo inmediato. Sucede sin embargo que, cuando casi 80 años después de aquel triunfo aquí y casi 30 años después de aquel hundimiento ahí (en la Unión Soviética y en los países por ella sometidos), uno compara el latido espiritual que mueve a los hombres aquí y ahí, resulta imposible no enfrentarse a la más desgarradora, a la más cruel de las paradojas.

Nada podrá justificar nunca ni cien millones de muertos ni toda la miseria espiritual y material que aquel régimen tan infausto como grotesco engendró. Nada: ni siquiera la paradoja que ahora estalla ante nuestros ojos estupefactos.

La paradoja: la de constatar que las sociedades que, como la rusa, o la húngara, o la  polaca, o la checa…, salen del comunismo son, a día de hoy, las únicas sociedades realmente sanas de Europa; las únicas que proclaman y defienden con fuerza su identidad colectiva; las únicas en las que la patria alcanza su sentido pleno y fuerte; las únicas que se alzan resueltamente frente a la gran amenaza de la invasión islámica y tercermundista; las únicas que afirman valores espirituales; las únicas en las que, sin caer en homofobia alguna o en cavernícolas principios morales (inmorales sería más exacto), se oponen resueltamente a los degenerados delirios de “la ideología de género” y al activismo LGTBI en general.

¿Cómo explicarlo? ¿Cómo entender que tras ochenta años de aquel régimen que de tan brutal y atroz hasta resultaba grotesco, tal sea ahí el estado de espíritu imperante, mientras que tras cuarenta años de liberal libertad, progreso y democracia el resultado, aquí (tanto en España como en el resto del mundo occidental) es exactamente el contrario? Sólo cabe una explicación: fue tal la brutalidad y atrocidad de los desmanes comunistas que sus ideas no hicieron mella en el espíritu de las gentes. No conquistaron su alma. Dejaron desde luego hambrientos los cuerpos y perseguidos los espíritus: pero tanto y hasta tal grado que, por ello mismo, el fondo anímico de la nación no lo consiguieron tocar. Quedaron preservados, mantenidos los valores de antes de la revolución. Aniquilada la imposición del materialismo histórico, se reabrieron las iglesias con inusitada fuerza, renació una pujante espiritualidad, volvieron a brillar, más resplandecientes aún, las doradas cúpulas de los templos ortodoxos.

Exactamente todo lo contrario de lo que consigue la sutil y sofisticada dominación democrático-liberal: esta sujeción que, encubierta tras una infinidad de las más hábiles coartadas, no por ello es menos implacable y eficaz. Lo es infinitamente más. Ella sí que llega —día a día lo constatamos— al fondo mismo de las almas.


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COMENTARIOS
miércoles, 08 de noviembre de 2017

100 años: 100 millones de muertos. Y una paradoja de por medio

Estimado Javier: lograste emocionarme con ésta nota. FELICITACIONES y GRACIAS

# Publicado por: Corina Rios (CABA)
martes, 07 de noviembre de 2017

sobornost

Los paneslavistas rusos (Aksakov, Pogodin, Florenski, Iván Ilin) tenían una palabra que explicaba para ellos la diferencia entre Occidente y el mundo eslavo: ´´sobornost´´, que es el sentido de la comunidad religiosa y nacional, de pertenecer a un ente platónico que supera al yo individual, que es una simple extensión de ese ser colectivo, tan patente en el ´´mir´´ de los aldeanos rusos. Entre 1917 y 1941 ese sentimiento fue reprimido pero no extinguido por una élite de sectarios extranjeros, los comunistas, sanguinarios progres occidentalizantes que trataron de levantar su utopía sobre los huesos de diez millones de muertos a los que inmolaron sin pestañear entre 1917 y 1933.
En 1941, ese régimen se desmoronó con la invasión nazi y sus dirigentes no tuvieron otro remedio que volver al sobornost para tratar de sobrevivir. Allí murió la URSS y renació Rusia. En 1991, esa costra parásita del PCUS se desprendió sin ningún esfuerzo.
´´Sobornost´´ es lo que necesita Occidente, pero veinticinco siglos de aristotelismo nos lo impiden.

# Publicado por: sertorio (cáceres)
martes, 07 de noviembre de 2017

Posible explicación a la paradoja

Respecto a por qué los países ´´del Este´´ son tan nacionalistas e identitarios, la mejor explicación es la que se da en este artículo. Respecto a Rusia, Bielorrusia y Ucrania, creo que la explicación es otra: después de la Gran Guerra Patria en estos tres países se instauró un tremendo nacionalismo paneslavo y se toleró la práctica religiosa (que había sido abundante durante la guerra, de manera oficiosa) ´´bajo la mesa´´. Por otro lado, una sociedad tan militarizada, estuvo poco por las mariconadas sesentaiochistas. Luego hay otra cuestión interesante: la garantía de unos mínimos vitales por parte del Estado, sin la necesidad de una lucha por la existencia constante, como en una sociedad ultracapitalista, permitió una vida familiar muy segura y bucólica. Al menos, eso es lo que la gente mayor de 45 años dice por esos lares. Y los mayores de 60 hablan igual que las abuelas franquistas: ´´había mucha seguridad, nadie te atacaba por la calle, había trabajo´´...

# Publicado por: Derechón (Aranjuez)
martes, 07 de noviembre de 2017

Y más

Hay que añadir los muertos en le Revolución Cultural China (nunca se sabrá cuantos), así que los números de victimas del comunismo quedará como record absoluto. Buena reflexión en cuanto al pueblo ruso: no consiguieron doblegar su espíritu. Quizá porque, como dijo Soljenitsin, esos revolucionarios no tenían nada que ver con Rusia (eran todos judíos sionistas). Y quizá por ello, por estos mismos sionistas nos pasa ahora con Cataluña lo que nos pasa. Nunca nos perdonarán haber ganado la guerra y haber truncado sus planes de poder mundial.

# Publicado por: miguel (madrid)
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