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El abandono de la razón


"La muchedumbre no razona jamás. Es un hecho fundamental de su psicología el que, en ella, lo es todo la emoción." (Gregorio Marañón)
Jesús Laínz

11 de enero de 2018
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JESÚS LAÍNZ


La célebre opinadora Karmele Marchante ha declarado hace unos días que ella ya se considera ciudadana de la república catalana presidida por Puigdemont desde el exilio:

–¿Y qué te ha cambiado al vivir en una república catalana? –inquirió su imperturbable entrevistador.

–Ha cambiado lo que es la afectividad y lo que son las emociones y la emotividad. Y para mí lo que tenía ilusión era estar en una república catalana libre, independiente, feminista y laica.

No hace falta acudir a la célebre sentencia de Churchill para advertir que el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio. Ni a las de tantos que, en toda época y lugar, han advertido del grave problema con el que se encuentra la Humanidad desde que, para tomar decisiones políticas, se pasó de pesar las opiniones a contarlas.

Ortega y Gasset, por ejemplo, aconsejó a sus contemporáneos no hacer caso de la opinión de la gente, pues la razón no suele tener mucho que ver con ello: "Fijaos y advertiréis que la gente no sabe nunca por qué dice lo que dice, no prueba sus opiniones, juzga por pasión, no por razón". Y el insigne representante del liberalismo español de la primera mitad del siglo XX, Gregorio Marañón, señaló en la misma dirección:

La multitud ha sido, en todas las épocas de la historia, arrastrada por gestos más que por ideas. Una idea, es decir, un razonamiento lógico y frío, jamás ha movido a la masa humana. La acción de un hombre aislado sí puede tener por motor una idea. Mas la muchedumbre no razona jamás. Es un hecho fundamental de su psicología el que, en ella, lo es todo la emoción.

En pocas ocasiones se ha podido comprobar este emotivo fenómeno con tanta claridad como en las últimas elecciones catalanas. Vaya por delante la evidencia de que las elecciones no son el terreno de los argumentos, sino el de los eslóganes, los gestos y las emociones. Los argumentos hay que desarrollarlos antes, todos los días que median entre votación y votación, y en mil lugares y ocasiones. Y la desigualdad de condiciones para argumentar existente entre los separatistas y los que no lo son es precisamente lo que ha definido la Cataluña de los últimos cuarenta años. Pues el régimen totalitario construido por el honorable Pujol ha conseguido que los medios de comunicación, la escuela, la universidad, la iglesia y prácticamente cualquier ámbito social estén monolíticamente entregados y alineados con los gobernantes separatistas. ¡Milagros de las modas ideológicas y de la subvención! Por eso han vuelto a vencer en las urnas: con educación y medios monopolizados durante cuarenta años se forjan mayorías que no se desmontan en dos meses de articulitos descafeinados y dos semanas de campaña electoral, sino en muchos años de libertad.

Dadas estas condiciones, aberrantes en un régimen que se tiene por democrático, la razón, la mesura, el conocimiento, los argumentos no tienen el camino fácil en la Cataluña clónica. Pero, aparte de este mínimo común denominador, permitido e incluso alimentado por todos los Gobiernos del PP y el PSOE, estas últimas elecciones se han distinguido por su excepcional irracionalidad. Recuérdese simplemente el Icetatón, portentosa imbecilidad elevada a la categoría de argumento político. Aunque la palma se la lleva indudablemente la sentimentaloide maniobra de los lacitos amarillos –y mil gestos más, como el del votante disfrazado de plátano– para protestar contra el encarcelamiento de unos presos políticos inexistentes. He aquí una prueba irrefutable de la inutilidad de los argumentos: a quienes su pasión nacionalista les ha convencido de que los Jordis y compañía son presos políticos no habrá manera humana de explicarles que están entre rejas por haber cometido delitos tipificados en el Código Penal, no por sus ideas. Patología de larga tradición en España: ¿acaso el mundo nacionalista vasco no sigue teniendo por presos políticos a quienes están en chirona por extorsiones, secuestros y asesinatos?

La irracionalidad también se ha manifestado, y sigue manifestándose, en las curiosas interpretaciones que cada uno hace de los resultados de la votación. Unos dicen que a ellos les han votado los cultos y a los otros, los iletrados. Otros, que han acumulado el voto urbano frente al rural de los adversarios. Otros, que los jóvenes están con ellos y los viejos se agolpan con los de enfrente. Y otros, que a ellos les han votado los catalanes de pata negra mientras que a los partidos enemigos les han votado ésos a los que llaman "colonos". Estos dos últimos argumentos, por cierto, llevan a los separatistas a prometérselas muy felices para próximas votaciones, sabedores de que los jóvenes están mayoritariamente de su lado y confiados en que, una vez fallecidos los llegados de otras partes de España en la gran emigración de hace medio siglo, sus charneguísimos hijos y nietos, ya nacionalistizados, votarán por dejar de ser españoles. ¡Hermosa confesión del proceso de lavado de cerebro al que les han sometido! Sólo este dato bastaría para suspender cualquier votación en Cataluña mientras no se haya extirpado hasta el último tentáculo del régimen totalitario que ha provocado semejante aberración.

Además, ¿qué sentido tienen, en un régimen democrático, esas jerarquizaciones de votos por estudios, comarcas, barrios, profesiones, edades o proveniencias? En los réprobos reaccionarios como servidor, que confiesa maldecir 1789 todas las mañanas antes de desayunar, quizá pudiese responder a cierta lógica. Pero entre fanáticos demócratas es indignante. ¿No habíamos quedado en el sacrosanto principio igualitario de "un hombre, un voto"? ¿A qué vienen ahora tantas ínfulas, tanta distinción, tanto aristocratismo, tanto desprecio?

Y para terminar, una sinrazón económica. Algunos se sorprenden de que los catalanes, tras el éxodo empresarial, insistan en el separatismo. Por ejemplo, unos vecinos de San Sadurní de Noya, capital del cava, votando mayoritariamente a unos partidos separatistas cuyo triunfo no parece convenir a la prosperidad económica de la comarca. Pero, tras cuatro décadas de envenenamiento nacionalista, ¿cabría esperar de los catalanes una traición a la patria por treinta monedas? Ábrase un libro de historia y échese un vistazo a la reacción de los proletarios socialistas franceses, rusos y alemanes, aparentemente confabulados para negarse a ir al frente a defender las patrias de los burgueses, cuando estalló la gran tragedia de 1914. ¿Prestamos atención a las enseñanzas de la historia o a las de Mariano Rajoy, insigne ideólogo marxista y autor de la inmortal "Lo importante es la economía"?

Porque, lamentablemente, ya no nos encontramos ante un intercambio de argumentos, sino ante una lucha de vísceras.

© Libertad Digital


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