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TRIBUNA
El patíbulo de Tyburn

Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y esposa de Enrique VIII de Inglaterra.

Cuando quien está leyendo estas líneas viaje a Londres le recomiendo que aproveche y se asome por la iglesita y convento de Tyburn.
Francisco Núñez Roldán

13 de febrero de 2018
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FRANCISCO NÚÑEZ ROLDÁN


Cuando quien está leyendo estas líneas viaje otra vez a Londres para comprar las mismas cosas que puede comprar aquí, o quizá para pasear por Hyde Park, que eso sí vale la pena, le recomiendo que aproveche y se asome por la iglesita y convento de Tyburn, justo al lado del parque referido, en su zona norte, y muy cerca de Marble Arch. Hasta el siglo XVIII, Tyburn era una aldeíta periférica de la urbe londinense. Una vez absorbida por la expansión de ésta, dejó de tener el siniestro sentido aparejado a su nombre: era el principal sitio de ejecuciones de la corona desde la Alta Edad Media. El lector viajero, piadoso o no, deberá entrar en la capillita indicada, donde verá la discreta referencia a los mártires –el sustantivo es exacto– ejecutados por los protestantes. Numerosos en tiempos de Enrique VIII. Muy numerosos en los de Isabel I. El delito se llamaba traición al Estado. Por ejemplo, san John Houghton, inmortalizado por Zurbarán en uno de los cuadros de la cartuja jerezana, y hoy en el museo de Cádiz. El fraile se atrevió a no aprobar el divorcio de Enrique VIII con Catalina de Aragón. No se olvide que desde la Reforma el monarca era –es– nada menos que cabeza de la Iglesia Anglicana. No había problemas de inquisiciones ni de relajar al condenado al brazo secular, eufemismo para que el poder civil ejecutase las sentencias de muerte del Santo Oficio. Allí, la unificación de la autoridad religiosa con la monarquía facilitaba los trámites burocráticos para la eliminación del piadoso disidente. Y, mira por dónde, los ingleses son la vanguardia del mantenimiento de la leyenda negra española. Leyenda que numerosos papanatas hispanos hemos asumido de forma que somos los primeros en defenderla e incluso en exhibirla, regodeándonos en ella con series televisivas tan políticamente correctísimas como La Peste.

En cuanto a los ingleses, ya una vez descubiertos los derechos del hombre, ojo, siguieron aplicando en sus colonias la discriminación y el esclavismo vergonzante del Apartheid sudafricano, cosa en vigor hasta tiempos recientes. Todo con la ayuda de los colonos holandeses, quizá los más crueles colonizadores que ha tenido África, y sobre todo Indonesia, hasta 1946, un lugar donde la jungla y el silencio oficial han ocultado las múltiples arbitrariedades del pueblo más pirata que ha conocido la edad moderna. Y no es preciso recordar la sistemática eliminación, nada de mestizaje, de los norteamericanos hacia los indios de allí, aún hoy reducidos en reservas muchos de ellos. Todo eso, no en el caos humanitario del siglo XVI europeo, que nos incluía a los españoles, sino cuando, insisto, ya se habían establecido los derechos del hombre. Hay una diferencia sustancial. ¿O no? Sin embargo, nosotros… ¡Ay, nosotros y nuestra sempiterna Inquisición! El reciente libro de María Elvira Roca Imperiofobia y Leyenda Negra pone bastante las cosas en su sitio, en la línea que ya en 1913 inició Julián Juderías con su estudio La Leyenda Negra. Pero son y serán muchos más quienes verán y asumirán como ciertas las tesis de la serie La Peste, con sus mil pifias, cursilerías e inexactitudes culturales, políticas y estéticas. Una serie hecha por una sociedad que cada vez tiene menos autoestima, lo cual es la mejor vía para perder la estima de los otros hacia ella.

Por supuesto, a los creadores y admiradores de la mefítica producción televisiva no se les pasará por la cabeza, qué se les va a pasar, la idea de que ellos, los hipercorrectos políticos del momento, habrían sido los perfectos inquisidores en su día, y que quienes protestan por la tiranía de la moda ideológica habrían resultado perseguidos entonces, como lo son ahora. Porque quienes van contra lo que se lleva, contra lo que impera, contra lo que manda, son los mismos en un tiempo y en otro, que lo vital es creerse los dictados del poder o ser crítico con él. Que el intelectual, el artista, o es crítico o es un apesebrado, vamos. Item más, que quienes pidieron la libertad de Barrabás en su momento son exactamente quienes ahora aplauden bodrios como La Peste, quienes mataron en Tyburn, quienes quemaron en El Prado de san Sebastián, quienes mutilaban negros en el Congo Belga en el siglo XX, aunque ellos lógicamente crean, necios siniestros, que los antiguos eran los malos, que ellos, siguiendo la marejada del último grito social, son por fin los benéficos muñidores del paraíso en la tierra.


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