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TRIBUNA
En torno al libro de Catherine Nixey

El cristianismo y la destrucción del mundo clásico


Observemos a aquellos dioses que tampoco se entrometían ni en el alma ni en el lecho de los mortales, y retengamos lo más esencial.
Javier R. Portella

5 de junio de 2018
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JAVIER R. PORTELLA


¿Qué sentido tiene, dirán algunos, remover aguas tan viejas como éstas? Aguas de hace mil quinientos años y que fueron, es cierto, históricamente determinantes, pero ya no lo son. Sólo son aguas pútridas, hediondas; y precisamente por ello, porque su hediondez ha sido tapada y perfumada durante siglos, la historiadora británica Catherine Nixey se dedica a removerlas en su reciente libro La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico.[1]

Flota entre tales aguas la muerte: la de “la mayor destrucción de arte y cultura de la historia de la humanidad”, afirma Catherine Nixey basándose en una abrumadora plétora de datos. Tuvo lugar tal destrucción entre el Edicto de Milán (313 d.C.) y los dos siglos siguientes. Acarreó, entre otras cosas, la pérdida —precisa la historiadora— del “90% de la literatura griega y del 99% de la latina”; una hecatombe para constatar la cual basta contemplar la Afrodita que, con su nariz rota, sus ojos arrancados y la cruz mancillándole la frente, figura en la portada del libro. También cabe constatar tal hecatombe con sólo acercarnos, roto de dolor el corazón, pero extasiado por tanta belleza como aún queda, a cualquiera de los cientos de ruinas de lo que fueron gloriosos templos, palacios, foros, ágoras…

No, semejante destrucción no fue obra del tiempo, o sólo en muy pequeña parte. Quien demolió toda aquella belleza no fue ese mismo tiempo que ha dejado afortunadamente indemnes la casi totalidad de las edificaciones ulteriores. Quienes se dedicaron a infligir cruces en la frente de Afrodita tampoco fueron los bárbaros que invadieron el imperio.

Fueron otros. Los mismos que, abandonando tiempo después los desiertos, ascetismos y laceraciones del cristianismo primitivo, recuperarían, es cierto, los restos no demolidos del pasado, alzarían templos y desplegarían cultos llenos de belleza y sensualidad —algo que nunca hicieron los actuales destructores de Palmira, víctima ayer del cristianismo y víctima hoy del islam. Se salvó así Europa al tiempo que se dibujaba un doble y contradictorio rostro: el que ha caracterizado durante toda su existencia a la religión que, perviviendo hoy en la sola conciencia de los creyentes, ha dejado de latir en el corazón vivo del mundo.

Si ello es así, ¿para qué remover aguas tan viejas? Por legítimo que sea denunciar aquellas brutalidades de hace siglos, ¿para qué zaherir con su recuerdo a nuestros amigos cristianos, ellos que ya son suficientemente atacados por el enemigo común, el de “¡Arderéis como en el treinta y seis!”, “¡Saca tu rosario de mis ovarios!”, etcétera? Un enemigo común que, más allá de la dicotomía izquierda-derecha, no es otro, en realidad, que la desacralización nihilista del mundo, esa plaga que afecta por igual a las denominadas “derechas” y a las llamadas “izquierdas”.

Semejante desacralización —o lo que es lo mismo: semejante desvanecimiento del aliento maravilloso y misterioso que conduce al mundo— va mucho más allá, por supuesto, del ámbito de lo religioso, pero le concierne obviamente también. ¿Qué sentido tiene entonces emprenderla de pronto con la religión?

No tiene ningún sentido, por supuesto. Y es por ello por lo que nadie aquí está atacando la religión. Todo lo contrario. “Sólo un dios puede salvarnos”, dejó enigmáticamente escrito Heidegger. Sólo si lo divino renace de algún modo en el mundo, podrá un día palpitar el aliento de lo que, escapando a nuestra razón e imponiéndose a nuestra determinación, denominamos lo sagrado.


Si renace de algún modo lo divino…

¿De qué modo puede renacer? He ahí la cuestión. Una cuestión tan inmensa que no queda más remedio que dejarla abierta, siendo imposible abordar en un artículo lo que es empresa de, como mínimo, un libro.[2] Una sola cosa, sin embargo, está clara. Si algo parecido a un dios puede salvarnos, difícilmente podrá ser éste el de la religión que, más allá de la destrucción de imágenes y templos, implantó dos cosas que resultarían aún mucho más destructoras. Son ellas las que impiden, por lo que al ámbito religioso se refiere, que resuene hoy cualquier eco de lo sagrado. Estas dos cosas son: por un lado, la intromisión del control divino —con su culpa y su pecado— en el alma y la carne de los mortales; por otro lado, la sed de lo Absoluto, Unívoco y Eterno.

De semejante sed la Iglesia contemporánea parece haberse desprendido en parte. Debería saludarse con júbilo semejante desprendimiento si no fuera que el precio pagado ha sido más que ingente: incalculable. Abriéndose a la indeterminación que, para bien y para mal, caracteriza al mundo moderno, la Iglesia se ha sometido a lo peor del mismo. Destruyendo la grandeza de sus antiguos ritos y cultos, ha implantado la vulgaridad y la fealdad ahí donde reinaban la grandeza y la belleza. Lejos de imprimir aliento sagrado al mundo, la Iglesia no ha hecho otra cosa que desacralizarse a sí misma.

Giremos la vista atrás, observemos a nuestros antiguos dioses (han seguido vivos, por lo demás, en el arte y la literatura desde el siglo XV hasta bien entrado el XIX). Observemos lo que nos enseñan esos dioses que, siglos antes de que el Concilio Vaticano II descubriera el ecumenismo, ya acogían la pluralidad de cultos y divinidades. Lo cual significa: ya conocían toda la carga de indeterminación —de relativismo, si se prefiere— que ello implica. Aceptaban, en efecto, coexistir con dioses venidos de fuera. Entre ellos también habría habido sitio para aquel nuevo Dios procedente de Judea si, dejando el cristianismo de tomarse por la religión del único Dios verdadero, no hubiese pretendido acabar con todos los demás. O lo que es lo mismo: si su objetivo no hubiese sido acabar —y efectivamente se acabó— con el orden espiritual, y por tanto político y social, que vertebraba a Roma.

Observemos a aquellos dioses que tampoco se entrometían ni en el alma ni en el lecho de los mortales, y retengamos lo más esencial. Sí, es perfectamente posible conjuntar dos cosas aparentemente opuestas: el pálpito engrandecedor y sobrecogedor de lo sagrado, y esa otra cosa que, indeterminada e indeterminable, marca el destino de los hombres y recibe el nombre de libertad.

No sólo es posible conjuntar ambas cosas: hacerlo es condición ineludible para que un día puedan afirmarse ambas con todo el arraigo y todo el poderío del que hoy carecen.



[1] Edulcorada traducción del título original (The Darkening Age) y que, recientemente publicado en España, lleva ya varias semanas en los primeros puestos de libros más vendidos.

[2] Libro que verá la luz el próximo mes de septiembre con el título El abismo democrático (Ediciones Insólitas).


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COMENTARIOS
miércoles, 13 de junio de 2018

Wicca e islam

La Iglesia Anglicana asimiló bien el paganismo local; la wicca. El cristianismo más purista se fue a la Iglesia Metodista, al Ejército de Salvación o a los quáqueros..
El problema es que la wicca está siendo seriamente amenazada por el islam, y lo que es peor: muchas mujeres inglesas, apoyan al islam. Van a un país islámico, oyen al muecín, se emocionan, luego se acuestan con algún moro, y, ya con eso, vuelven a Inglaterra dispuestas a darlo todo por la Yihad. No creo que sea el caso de Nixey, que hace un paralelismo del antiguo cristianismo con el moderno islam, pero sí es el caso de muchas de sus compatriotas. La británica es una mujer naturalmente jovial, ebria y ligera de cascos, y quizá ha llegado a un punto en que necesita ser embridada para no despeñarse como la cabra loca que es. Y encuentra ese embridamiento en el islam. Adiós a las chicas de discoteca anglozorronas de Torremolinos. Ahora tendremos unas aburridas y modosas con el hiyab..

# Publicado por: Derechón (Madrid)
miércoles, 13 de junio de 2018

No es un ensayo serio.

El enlace que adjunta Guillermo Hispánico es demoledor. No hace mucho estuvo entre los más vendidos otro ensayo que ´´demostraba´´ que el cristianismo fue un invento de un secretario del emperador Constantino; cualquier cosa vale para alimentar el rencor de la progresía. Ahora la traumatizada hija de un sacerdote y una monja secularizados se forrará a costa de las neuras de esta gente, otro ensayito como a los que nos tiene acostumbrados la escuela anglosajona de las últimas décadas, escrito para el nivel del público al que va dirijido.

# Publicado por: Jaime Fdez de Córdoba (Vigo)
miércoles, 6 de junio de 2018

Cristo sálvanos de tus seguidores

Lo que cuenta la autora en el ensayo y remarca don Javier es muy cierto. Lo es, también, que los motivos por los cuales se produjeron conversiones en masa en el Imperio fue, precisamente, que los dioses no se entrometían en el alma de los mortales. Al paganismo le faltaba corazón. Marx tenía razón cuando dijo que ´´el cristianismo es el corazón de un mundo sin corazón´´. El otro motivo es que la iniciación no era alambicada ni cara. Era (es) simple y gratis. ´´El momento del arrepentimiento es el momento de la iniciación´´, dijo Wilde.
Algunos cristianos atesoraron la cultura clásica (¿cómo podía ser de otra manera cuando el Koiné Diatiké está escrito en griego y pleno de filosofía helena?) Y los más brutos (la mayoría, los que describe Gore Vidal en ´´Juliano´´) la emprendieron contra el mundo grecolatino primero, y luego contra los mundos celta, vikingo y eslavo. La venganza del paganismo fue una Iglesia católica paganizada, contra la que se rebeló Lutero, y, posteriormente una Iglesia Anglicana infestada de druidismo y de Wicca. Más tarde llegó la odinización de las iglesias luteranas nórdicas. En cuanto a la Iglesia ortodoxa... Mircea Eliade describe bien el proceso de paganización telúrica.

# Publicado por: Derechón (Madrid)
miércoles, 6 de junio de 2018

A Víctor Rebena

A ver si nos entendemos. En mis palabras se puede deducir con meridiana claridad que no incluyo a D. Javier en el saco de los palmeros del laicismo. Y por sus artículos se puede además deducir que no renuncia a reconstruir lo sagrado en Europa... a modo de mero constructo intelectual y, a lo sumo, estético; despojado de una verdadera penetración en y por lo sagrado; aparatoso, estéril y artificial para el religioso ser humano y por tanto, condenado al fracaso, igual que el deísmo de la Ilustración: las abstracciones teóricas y humanas no generan el misterio necesario para excitar las pasiones religiosas del pueblo sacralizado.

No merece la pena, a la vista está, seguir discutiendo contigo, puesto que tu comentario delata dos cosas: que me tachas de dogmático y que no te has molestado en leer el artículo del enlace o informarte más, lo cual da que pensar que el dogmático eres más bien tú.

# Publicado por: Guillermo Hispánico (Madrid )
martes, 5 de junio de 2018

Dudo esa versión

Algunos piensan que la idea del pecado es un invento cristiano para contener los impetus depravados de las gentes; creen que más o menos pueden contenerse estos ímpetus y reconducirse de tal modo que no haya daños colaterales, y sin embargo el hombre pueda disfrutar plenamente de los placeres que el mundo puede ofrecer.
Pues no señor, lo que hace la religión católica (o hacía antes del concilio satánico vaticano II) es enseñar al hombre las verdades del mundo, no inventar nada ni en materia de moral, ni de religión. La verdad de que Dios creo al hombre y éste al desobedecerlo trajo sobre sí la desgracia, y desató sus bajas pasiones y a partir de eso, cómo poder llevar una vida lo más correcta posible. Pretender que el hombre sea feliz a espaldas de su creador es tan absurdo como imposible. La sociedad católica es la única que ha conseguido traer algo de civilización al mundo, a pesar de sus defectos, ya que las utopias de mundos perfectos llenos de felicidad son eso: utopias imposibles de alcanzar.
Durante el imperio romano el 80 de la población eran esclavos del otro 20, sí, los patricios vivian bien y creaban mucho arte. Y si los libros que han desaparecido estaban basados en mentiras desarrolladas a partir de mitologías paganas, no se ha perdido mucho; aunque no dudo que si se perdió eso fue más bien por las invasiones barbaras que acabaron con el imperio.

# Publicado por: Requiario (Madrid)
martes, 5 de junio de 2018

Ahora resulta que el artículo de Portella defiende el laicismo...

Como dice Portella en este extraordinario artículo (significa, por cierto, no haber entendido nada pretender que es un ´´palmero del laicismo´´), hay algo más grave aún que todas las incalculables destrucciones realizadas por el cristianismo, por no hablar también de todos los miles de asesinatos cometidos desde que, a partir del emperador Teodosio I, se declaró pena de muerte (¿o algún historiador cristiano pretende que ello no sucedió?) contra quienquiera practicara los cultos prohibidos. Todo en aras del ´´único y verdadero Dios´´. Lo peor es eso precisamente: esa prepotencia insensata de quienes se han tomado hasta hace poco tiempo por la única religión verdadera en un mundo en el que pululan cientos de dioses y de religiones. ¿Y por qué sería la única verdadera y habría que acabar, por tanto, con las falsas? Pues porque así lo escribió alguien en unas Escrituras. Esto es todo. ¿O tienen alguna otra razón? No, por supuesto, pero da igual. Ya se sabe que no es un asunto de razón sino de fe.

# Publicado por: Víctor Rebena (Heidelberg)
martes, 5 de junio de 2018

Esperpéntico libro

Menos mal que ya ha publicado D. Javier su anunciada reseña. Es que si no lo hace, revienta él... y reviento yo, por no poder decirle un par de verdades en forma de preguntas retóricas sobre este libro, muy jaleado por todos los palmeros del laicismo... y por ni un solo historiador de la Edad Antigua.

¿Sabes usted, D. Javier, lo que supone para la cultura antigua el derrumbe del Imperio Romano, azotado por, entre otras cosas, bárbaros (paganos) que durante siglos decapitaron el despunte intelectual de Occidente; y la pervivencia de la Iglesia como única institución pública sólida e invulnerable a la barbarie? ¿De verdad cree que los cristianos y los paganos eran tan diferentes como se piensa usted? ¿Acaso no hubo cristianos aficionados a la filosofía y la ciencia antiguas? ¿De verdad el paganismo fue siempre la religión de la exaltación vitalista, la santificación de la naturaleza, la libertad de conciencia y la complacencia sensual? ¿En serio los paganos no gemían con miedo supersticioso ante sus propios dioses, viciosos y carentes de amor hacia la humanidad? Dado el límite de espacio de los comentarios, le aconsejo que le eche un vistazo a este artículo, que le hará cambiar de parecer radicalmente:

https://www.religionenlibertad.com/edad-penumbra-bulo-los-arqueologos-niegan-que-64552.htm

# Publicado por: Guillermo Hispánico (Madrid)
martes, 5 de junio de 2018

Cristo, héroe griego

Los paganos más inteligentes, como Oscar Wilde, observaron la cualidad de dios griego de Cristo, pero con un ´´superpoder´´ del que carecían estos: la capacidad de redimir el pasado: ´´todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro´´. También observó que apenas ha habido cristianos después de Cristo, aunque hubo algunos cristianos antes de Cristo. Casi nadie ha entendido la naturaleza del Galileo: ´´El verdadero lugar de Cristo se halla entre los poetas. Todo su concepto de la Humanidad provino de la imaginación y sólo mediante ella puede ser comprendido. El hombre fue para Él lo que Dios para el Panteísta. Fue el primero que vio la unidad de las razas divididas. Antes de Él había habido dioses y hombres. Sólo Él comprendió que en las montañas de la vida estaban Dios y el Hombre, y sintiendo mediante el misticismo de la simpatía que ambos encarnaban en Él, se llamó unas veces Hijo del Hombre y otras Hijo de Dios.´´

# Publicado por: Derechón (Madrid)
martes, 5 de junio de 2018

Dos matices

No es culpa ni pecado, es la voz de nuestra propia conciencia la que nos debe guiar. Tampoco hace falta la SED de absoluto o de eternidad, sino espera serena y confiada en una eternidad que vislumbramos, tras habernos fatigado en los mil conflictos del mundo finito. En efecto, la tarea de hacer que vuelvan los dioses ni siquiera está en nuestra mano, pero si lo está recuperar su sentido. Lo demás es paciente espera. Magnífico articulo D. Javier

# Publicado por: miguel (madrid)
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