''¿Le interesa este artículo?
¡A sus amigos también!
Mándeselo. (Click aquí.)''

Cerrar
 
Este website utiliza cookies propias y de terceros. Alguna de estas cookies sirven para realizar analíticas de visitas, otras para gestionar la publicidad y otras son necesarias para el correcto funcionamiento del sitio. Si continúa navegando o pulsa en aceptar, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies?
 Háganos su página de inicio

 Añadir a favoritos
  

    El Manifiesto. Periódico política y socialmente incorrecto

Hemeroteca 

Quiénes somos 

Contactar 
Domingo, 22 de julio de 2018 
  SECCIONES     REVISTA EN PAPEL El Manifiesto: Todos los números   Director: Javier R. Portella  
La detención del jefe de los golpistas
Ver más
Lo que somos. Lo que nos mueve

Javier R. Portella

SERTORIO
Eterno Franco

JAVIER R. PORTELLA
La neomojigatería
Hazte amigo de elmanifiesto.com en Facebook
 Editar un libro
 Autoedición de libros
 Revistas Baratas
 Quiero publicar un libro
TRIBUNA
Dios, dioses y mitos


Mitos: relatos tan imaginarios como poéticamente fundadores de mundo, engendradores de sentido.
Javier R. Portella

27 de junio de 2018
Comparte esta noticia en FacebookComparte esta noticia en TwitterAñadir a YahooRSS Imprimir esta noticia
Enviar a amigos
 Aumentar tamaño Disminuir tamaño Reestablecer tamaño  

JAVIER R. PORTELLA


A raíz del libro La edad de la penumbra, de Catherine Nixey, que atribuye al cristianismo la principal responsabilidad en la destrucción de la cultura antigua, se ha desarrollado en nuestras páginas una apasionante polémica en torno a dicha cuestión histórica. En ella se ha puesto en juego, sin embargo, algo mucho más importante aún: la relación con lo sagrado, esa cosa que ha marcado la vida y la muerte de todos los hombres y de todas las culturas, y que hoy no marca el corazón –ya simple órgano, ya mera carne– de nadie, salvo el de los creyentes, por supuesto, así como el de quienes vibran ante el estremecimiento de la belleza, pero tomados unos y otros como individuos y no como integrantes de una comunidad política o social.[1]

Antes de de profundizar en tan decisivo asunto, se impone volver un instante a la cuestión histórica en torno a la cual se inició el debate. No voy a entrar –nos llevaría demasiado tiempo y páginas– en la detallada, erudita y brillante exculpación del cristianismo que lleva a cabo Boethius. Me limitaré, a fin de rebatirla, a efectuar dos preguntas. Antes de ello me complace, sin embargo, coincidir con Boethius en lo obvio: si la sociedad romana no hubiera estado sumida en la profunda descomposición que la caracterizó en sus últimos tiempos, jamás aquella pequeña secta procedente de Judea hubiera podido triunfar como triunfó al cabo, es cierto, de trescientos años de enormes sacrificios, tesón y perseverancia. (Lo cual nos permite sacar una lección: demos muestras de paciencia y perseverancia quienes consideramos que a lo que hoy está abocado el mundo, si quiere salvarse, es a una transformación de signo distinto, desde luego, pero de envergadura tan considerable como lo que significó el triunfo del cristianismo.)

Vayamos a mis preguntas. ¿Cabe imaginar un solo instante que se hubieran incumplido disposiciones tan categóricas como, por citar las más importantes, las de Teodosio I (al que por ello mismo llaman “el Grande”) ordenando destruir los templos de “aquellos –proclamaba el Edicto de Tesalónica– a los que juzgamos dementes y locos”? ¿Cabe imaginar, de igual modo, que aquel cristianismo que iba a implantar la religión del “único Dios verdadero” hubiera sido tan inconsecuente consigo mismo como para no destruir unos templos, monumentos y estatuas que consideraba obra y expresión, no ya de unas divinidades a las que se enfrentaba, sino del mismísimo diablo?

Es inimaginable, impensable, por supuesto. Y si alguien acaso lo piensa (o si piensa que sólo se le pueden achacar al cristianismo unos pocos y puntuales excesos), queda en este caso otra pregunta: ¿quién entonces destruyó todo aquello? Porque alguien lo destruyó, de eso no cabe la menor duda. ¿Fueron los bárbaros? ¿Serían ellos los principales responsables? Supongámoslo. Ocurre, sin embargo, que cuando los bárbaros invadieron el Imperio la mayoría ya habían sido convertidos. Con lo cual, que las destrucciones hayan sido obra de cristianos romanos o de cristianos bárbaros (dicho sea sin juego de palabras), nada cambia en el asunto.

Y, sin embargo, por importante que haya sido toda aquella aniquilación de arte, cultura y belleza (como unos setecientos oscuros años –hasta la luz del Románico y, sobre todo, del Gótico– tardó en recuperarse Europa, siendo indiferente que, mientras tanto, hayan podido subsistir algunos islotes), lo decisivo no está en absoluto ahí.

Lo decisivo, lo realmente esencial, no fue la destrucción de templos, monumentos y estatuas. Infinitamente más crucial fue la destrucción de toda una concepción del mundo, de todo un imaginario, de toda una sensibilidad que acogía lo sagrado como parte integrante, intrínseca del mundo y de la tierra. Éste fue el cambio fundamental, ésta fue la pérdida irreparable.

¡Ah, si sólo se hubiesen destruido los dioses, sus templos e imágenes! Pero no. Lo que se derrumba con el nuevo Dios no son sólo los dioses; es, en últimas…, la posibilidad misma de Dios. Es una especie de autodestrucción lo que emprende ese insólito Dios que, socavando su base terrestre y mundana, hace que lo sagrado deje de estar consubstancialmente presente en la naturaleza, en el mundo y entre los mortales.

La cosa, es cierto, no sucedió de inmediato. Tardó siglos en culminar, pero ya estaba en germen desde un comienzo. ¿Cómo hubiera podido el mundo no acabar privado del influjo de lo sagrado, cómo hubiera podido mantenerse envuelto en el aliento de lo maravilloso y misterioso, cuando lo sagrado fue expulsado del mundo para ser ubicado en un inaccesible (salvo para los muertos y bienaventurados) Más Allá?

Mil elementos hacían, por supuesto, que “el Valle de lágrimas” estuviera en permanente relación con el Más Allá que pretendía haberlo creado y que constituía un orden de realidad radicalmente distinto. Desde él, desde el Altísimo, llegaban al mundo órdenes y admoniciones; o bondades y favores, da igual. Da igual porque –esto es lo que importa– lo que se había abolido era el mundo entendido como una única realidad internamente desdoblada en dos caras: la de los hombres y la de los dioses. Unos dioses que disponían, por supuesto, de considerables poderes, pero eran cualquier cosa menos omnipotentes; unos dioses que eran como la expresión simbólica de las potencias y pasiones que conforman a los hombres; unos dioses que eran tan buenos y tan malos, tan misteriosos y tan luminosos, tan lujuriosos y apasionados, tan sometidos al destino y a su incertidumbre como los mortales mismos.

Es esto lo que quedó abolido. Es esto lo que fue remplazado por el ansia de lo absolutamente eterno, unívoco y verdadero; por esa ansia encarnada en el Dios que no puede, por consguiente sino oponerse radicalmente al mundo: a ese mundo llevado por el tiempo y el cambio, por la vida y la muerte, por la indeterminación y la pujanza, por la incertidumbre y la afirmación; a ese mundo tan maravilloso como inquietante que, de tal modo, conoce y sólo así puede conocer la belleza.

El Dios de lo absoluto y sobrenatural ha mantenido su presencia y establecido su marca durante largos siglos. Para hacerlo, tuvo que componer con el mundo en mil diversos asuntos. Como por ejemplo (y sin entrar en detalles de lo que constituye el doble rostro de un cristianismo que ha permitido de tal modo la grandeza de nuestra civilización) cuando la Iglesia compuso con el mundo al contrarrestar su profundo igualitarismo con el aristocratismo social y político en cuyo orden se insertó y al que afianzó durante estos mismos siglos.

Ya no sirven tales componendas, la última de las cuales habrá consistido en el aggiornamento posconciliar, esa desacralización de la mismísima Iglesia, como la calificaba en mi artículo. El Dios de lo absoluto ha dejado de marcar al mundo. “Ha muerto”, como decía aquél. El problema, sin embargo, no es esa muerte como tal. El problema es que, al dejar de marcar al mundo, ha hecho que se desvaneciera en él toda posibilidad de lo sagrado. ¿Cómo podría ser de otro modo cuando nuestro corazón y nuestra mente han quedado marcados a fuego por la idea de que lo divino es sinónimo de lo eterno, absoluto y verdadero?

Nada expresa hoy lo sagrado, nada encarna lo maravilloso y misterioso del desgarrado y jubiloso hecho de existir. El alma mundi no alienta en sitio alguno. Todo, entonces, se hunde; todo, entonces, se desmorona. La pregunta es, pues: ¿cómo podría lo sagrado –un sagrado intramundano, desprendido tanto de su naturaleza sobrenatural como de su pretensión a la verdad eterna y absoluta– volver a latir entre nosotros?

¿Podría ello suceder si regresaran acaso los antiguos dioses? No, en absoluto. En la historia –es lo que los reaccionarios no entienden ni jamás entenderán– no cabe vuelta atrás. Ni siquiera cupo cuando, en el Renacimiento, los dioses y sus mitos regresaron, para escándalo de Lutero, en una simbiosis tan insólita como magnífica con el Dios cristiano. Si los antiguos dioses me importan, si defiendo con ardor su memoria, no es en absoluto pensando en la posibilidad de su regreso. Es por otro motivo: es porque su presencia constituyó lo más parecido posible al latir de lo sagrado en el mundo. Es porque los dioses nos dicen –y da igual que no lo hubieran dicho categóricamente, que sólo lo insinuaran, que medio lo balbucearan– que la naturaleza de lo divino sólo es y sólo puede ser imaginaria, simbólica, mítica. Y por ello mismo real: tan real como la de la belleza que en el arte se plasma y en la naturaleza exulta.

¿Podría algo parecido ser algún día posible entre nosotros? Quién sabe… Tendría que ser posible, si se quiere que lo sagrado florezca de nuevo. Pero no es seguro, claro está. Lo único seguro es que, además de los antiguos dioses, quien tampoco va a resucitar –desengáñate, amigo Sertorio– es el Dios de nuestros mayores: aquel topoderoso Dios, juez de nuestra vida y fiscalizador de nuestros amores, que ubicado en un ignoto Más Allá, proclamaba y prometía cosas tan absurdas como la verdad y la vida eternas. ¿Cómo podría semejante Dios volver a dar sentido a la vida de unos hombres cuya Revelación les aparece y no puede sino aparecerles como el relato mítico que es?

Un relato mítico… Mítico, en efecto, es tanto lo que cuenta la Biblia como lo que relata la Teogonía de Hesíodo. Tan mítico es que Atenea surja de la cabeza de su padre Zeus o que Afrodita nazca de la espuma del mar, como que, por mediación del Espíritu Santo, la Virgen María engendre sin cópula al Hijo de Dios. Mitos son. Con una diferencia, no obstante, entre ambos: los segundos exigían ser aceptados como inquebrantables dogmas de fe, mientras que los primeros daban juego para poder ser sentidos como la verdad del poema en la que, entre luces y sombras, consiste todo mito.

Mitos: relatos tan imaginarios como poéticamente fundadores de mundo, engendradores de sentido; lo cual es, por supuesto, lo que el hombre moderno, desvirtuando la naturaleza íntima del mito, ignora tanto como desprecia. Cree el muy necio que decir mito es lo mismo que decir engaño o falsedad.

Reconocer el mito en cuanto mito, estimar y adherir a todo lo que semejante reconocimiento implica: es ello –no el regreso al periclitado orden de otros tiempos– lo que de verdad nos puede salvar.

Los artículos del debate

Javier R. Portella: “El cristianismo y la destrucción del mundo clásico” (5.6.2018).

Fernando Sánchez Dragó: “La edad de la penumbra” (13.6.2018).

Boethius: “Historiando la penumbra” (19.6.2018).

Sertorio: “El crepúsculo de los dioses” (21.6.2018).

 

 



[1] Al final del artículo figuran los enlaces a los textos de Dragó y mío; al artículo de Boethius, que va en sentido contrario al nuestro, y al de Sertorio, que se sitúa, por así decirlo, a medio camino entre ambos.


¿Te ha gustado el artículo?
Su publicación ha sido posible gracias a la contribución generosa de nuestros lectores. Súmate también a ellos. ¡Une tu voz a El Manifiesto! Tu contribución, por mínima que sea, dará alas a la libertad.
Aportar
¿Te ha gustado el artículo?
¡Dilo en tus redes sociales! ¡Ayuda a promover El Manifiesto!

Comparte esta noticia en Facebook  Comparte esta noticia en Twitter  
  Enviar a Meneamé


COMENTARIOS
viernes, 29 de junio de 2018

Religión y míto

¿Puede una religión mítica y consciente de ser mítica llegar a ser algo más que una sofisticada elucubración de minorías intelectuales -y como tal, social e históricamente irrelevante- y convertirse en una religión popular? Mi respuesta es, sin duda, que no. No nos engañemos: un campesino griego de hace 25 siglos creía en la literalidad de los mitos helenos del mismo modo que un cristiano digno de tal nombre cree en la verdad histórica de los Evangelios y de los dogmas de su religión. Y cuando esos campesinos antiguos cambiaron de fe literalista, nada pudieron contra ello las elucubraciones de los minorías intelectuales.

# Publicado por: Osvaldo (Madrid)
viernes, 29 de junio de 2018

Eleonor

Aquí un cristiano que no es anti pagano. Incluso muy pro pagano.
Creo que Dios es una realidad real. Pero subjetiva. Dios no existe objetivamente ni falta que le hace. Y es algo que al creyente tampoco debería hacerle ninguna falta. Con la propia experiencia personal debería bastarle.
El paganismo de los panteones de dioses no va a regresar porque el monoteísmo es una superación y simplificación del politeísmo. Lo que sí puede retornar es el paganismo del culto a la Naturaleza, en forma de dendrolatría, por ejemplo.

# Publicado por: Derechón (Galapagar)
jueves, 28 de junio de 2018

Estoy curiosa

Estoy muy curiosa de saber lo que piensan sobre la naturaleza de los hechos y personajes bíblicos los lectores cristianos a quienes les ha disgustado este brillante artículo. ¿Consideran que se trata de una ´´realidad real´´ (valga la redundancia) o de una ´´realidad mitológica´´, como dice el artículo y como es evidente.

Pondría mi mano en el fuego de que, ante la incomodidad y las implicaciones de tal cuestión, ninguno de ellos responderá siquiera.

# Publicado por: Eleonor Ramos (Santander)
jueves, 28 de junio de 2018

La edad de la penumbra no ha terminado

´´El Dios de lo absoluto ha dejado de marcar al mundo´´. ´´Ha muerto´´, No me parece cierto. Una post moderna y misilesca destrucion de lo que dejaron las hordas cristianas ´´romanas o bárbaras´´ se inició en 1980 con Ronald Reagan y ha continuado hasta hoy en manos de los ultranservadores autobautizados como ´´la nueva derecha cristiana´´. La destrucción de hoy de lo que queda de la civilización en Oriente Medio sigue siendo obra de los mismos cristianos de siempre.

# Publicado por: alizo rojo (Bangladesh)
jueves, 28 de junio de 2018

Sangre y Suelo

Ahora, desde la AltRight se está recuperando ese concepto. La restauración de lo sagrado sólo puede ir por ahí. El que produce engendros siendo cristiano cree en la posibilidad de la condenación eterna del alma inmortal de los mismos. El que produce engendros siendo ateo, cree que éstos no son más que materia sin alma, al igual que él mismo. Robots de carne y hueso. Ambas visiones son monstruosas y sin embargo, son las mayoritarias y habituales. Pero el que produce engendros como una forma de garantizar ´´la supervivencia de las razas blancas´´ (como decía Bertrand Russell) sí está en sintonía con lo sagrado. Cuando observamos la belleza de la mujer nórdica y de la mujer eslava lo entendemos en un instante. Cuando se habla de la raza blanca hiperbórea como de la ´´raza superior´´ es un error. No es la raza superior: es la raza sagrada. Esto es evidente cuando en la industria del porno, controlada por judíos, el tipo racial exaltado no es el de la mujer judía sino el de la fémina blanca y rubia. El acceso carnal a este tipo de féminas, aunque se traten de golfas de discoteca, criaderos de ETS´s, es el acceso a lo sagrado. Es deber del hombre rescatar del descarrío a este tipo de mujeres y convertirlas en madres y esposas.

# Publicado por: Derechón (Galapagar)
miércoles, 27 de junio de 2018

Religación con lo sagrado

Conviene, de entrada, recordar que los bárbaros saquearon el Imperio no por cristianos, sino por bárbaros. Que Roma estuviera ya cristianizada frenó muy poco de su belicosidad y su agonismo, lo cual deja en entredicho que el cristianismo fuese la religión de los débiles, los eunucos y los esclavos. Por otro lado, también sufrió la ciudad eterna la rapiña del muy pagano Atila... cuyo proyecto de sacudir la capital fue zanjado tras la audiencia del huno con el Papa.

En cuanto a la santificación del mundo, persistió afortunadamente en la religiosidad popular hasta, como mínimo, el siglo XVIII, más aún en el ámbito rural, junto a otras supersticiones (aspersiones de agua bendita, invocaciones, mariofanías, etc.) totalmente comprensibles en una Europa diariamente penetrada por lo sagrado y las emisiones del mundo sobrenatural. La concepción lacrimógena de la vida en la que los curas insistieron en ahormar al pueblo europeo no tuvo tanto éxito como acaso hubiesen deseado.

Por tanto, sin ser ni mucho menos una religión impoluta, es con diferencia lo más parecido que hay en Europa a un pálpito de lo divino en este mundo material(ista). Por más que pueda ser espléndido como ejercicio teórico, dudo mucho que el neopaganismo, como constructo intelectual y mero fósil religioso que es, vaya a movilizar masas en pos de la reconexión con el reino de los dioses.

# Publicado por: Guillermo (Madrid )
miércoles, 27 de junio de 2018

Puntualización

Habría que preguntarse si la destrucción de la belleza clásica por parte de los cristianos no tenía que ver precisamente con el sensualismo libertino y pervertido que llevó a la sociedad romana a su justa decadencia. En todo caso, habrá que recordar que la incapacidad de nuestro mundo para el Mito no se debe al Cristianismo tanto como a la tecnocrática y calculadora mentalidad, que desacraliza la Naturaleza emplazándola a responder a nuestros deseos (Heidegger). Por último, advertir que ya Nietzsche vió cómo platonismos y neoplatonismos, muy anteriores al Cristianismo, habían concebido ya ´´trasmundos´´ y ´´más allá´´ que, indudablemente, acunaron de antemano el Más Allá Cristiano. Me parece que, siendo interesante este debate, podemos, no obstante, caer en la proyección a lo Sagrado de lo que son nuestras míseras migajas ideológicas mundanas.

# Publicado por: miguel (madrid)
  AÑADIR UN COMENTARIO  
  Nombre:  
  Localidad:  
  E-mail (*):  
  Clave (*):
Para mandar comentarios, es necesario estar registrado, si no lo está pulse aquí
Si ha olvidado su clave, pulse aquí
 
  Titulo:  
  Comentario:
* La extensión máxima de los comentarios es de 1.500 caracteres. La página está destinada a efectuar comentarios puntuales y no a desarrollar largos artículos que nadie ha solicitado.
 
 
Por favor rellene el siguiente campo con las letras y números que aparecen en la imagen de su izquierda
 
  * El e-mail nunca será visible  
      
  CLÁUSULA DE EXENCIÓN DE RESPONSABILIDAD
Los comentarios del website Elmanifiesto.com tienen caracter divulgativo e informativo y pretenden poner a disposición de cualquier persona la posibilidad de dar su opinión sobre las noticias y los reportajes publicados. No obstante, es preciso puntualizar lo siguiente:
Todos los comentarios publicados pueden ser revisados por el equipo de redacción de Elmanifiesto.com y podrán ser modificados, entre otros, errores gramaticales y ortográficos. Todos los comentarios inapropiados, obscenos o insultantes serán eliminados.
Elmanifiesto.com declina toda responsabilidad respecto a los comentarios publicados.
 
Otros artículos de Javier R. Portella
La neomojigatería
Ya están aquí
El cristianismo y la destrucción del mundo clásico
El libertinaje, lo sagrado y lo hortera
El artebasura contemporáneo
Cataluña, Europa, la nación y la región
El doble rostro de Mayo del 68
Retirada una obra maestra. Mujeres bellas y desnudas expresan concupiscencia en su mirada
¡Viva Tabarnia, libre y española!
Quien siembra vientos recoge tempestades
El Homo festivus se casa (consigo mismo)
¿Perder las próximas elecciones? Nada perderían Rajoy y los suyos
100 años: 100 millones de muertos. Y una paradoja de por medio
¿Qué demonios estuvieron (o están) trapicheando?
En España empieza a amanecer
Dos sediciosos al trullo
¿Nos vamos a tragar el sapo?
El timo del tocomocho
Resurrexit
¡Gracias sean dadas a los separatistas!
El felón promete pastelear con los golpistas
Mariano Kerensky no se entera
Cuando salta, incandescente, la Historia
Banderita, tú eres roja. Banderita, tú eres gualda
Ya que tanto les gustan las leyes…
La paradoja de la Cataluña identitaria y… nihilista
La Cataluña sometida a la dhimmitud
¡A por los (verdaderos) culpables!
Los 300 de Ceuta
"¡Turistas fuera!" "Refugees Welcome!"
Vuelve un héroe a morir. Vuelven los cerdos a gruñir
Reflexiones después de la derrota
¿Y ahora qué?
De "Bienvenido, Mister Marshall" a "Bienvenido, Mister Trump"
Renace la identidad europea. Se espantan los apátridas
Un fantasma recorre Europa: el populismo identitario
El autobús, el pene y la vulva
¿Existe un populismo de izquierdas? El caso de Podemos
Las provocaciones a la Trump… y a la friki-facha
Los tiempos cambian
«Fidel Castro is dead!» (Donald Trump)
Napoleón, el comunismo y Donald Trump
Contra la plebe alta y la plebe baja
Las feministas islamistas
Los bonachones escupen sobre la muerte de un torero
Ganó el Brexit. Ganó Europa: la verdadera
La disidencia a través de la belleza
Europa: nuestra patria carnal
La gran biografía de Wiesenthal sobre Rilke
Ada Colau sigue combatiendo al monstruo turístico
Darse de baja del boletín
Ir a Portada
Páginas culturales
1 SERTORIO
Eterno Franco
2 Pensamiento extremo
3 CATHERINE VINCENT
Los robots van a modificar la psicología humana



Revistas Baratas


http://www.elmanifiesto.com | Aviso Legal | Política de Privacidad | Política de Cookies | Quiénes somos | Contactar |