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TRIBUNA
Los engaños y la política

César Borgia... y Pedro Sánchez

El problema no es que en ese inmenso teatro que es la arena pública se engañe, se intrigue y se falsee todo cuanto falsear se pueda. El problema es: engañar… ¿para qué, en aras de qué?
Javier R. Portella

27 de septiembre de 2018
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JAVIER R. PORTELLA


Tiene toda la razón Gabriel Albiac en el brillante
artículo que reprodujimos ayer y en el que distingue la responsabilidad que corresponde a la actuación política de Pedro Sánchez y la que afecta al comportamiento universitario del todavía Doctor Sánchez. «Que el Doctor Sánchez —escribe Albiac— pueda mentir en el ejercicio de sus funciones, no me incomoda. Sería yo un perfecto necio si ignorase el aserto maquiaveliano que es piedra de toque de las lógicas de Estado: “un príncipe no necesita ser virtuoso, sino parecerlo” […]. Mentir va incluido en el normal ejercicio del poder. Si uno no quiere ser manchado por eso, puede abstenerse de su roce en la medida en que le sea posible.»

La reflexión merece dos acotaciones. La primera está ya indirectamente contenida en el párrafo citado. Si, como dice Maquiavelo, «un príncipe no necesita ser virtuoso, sino parecerlo», todo el problema de la tesis plagiada por el «negro» Ocaña es que, al ser pillado con el carrito del helado, y aunque éste sea de elaboración privada, el príncipe…, en fin, el principito pierde cualquier apariencia de virtud.

Ahondemos, sin embargo, un poco más en el asunto. No en el de la tesis (que, total…), sino en el asunto de esa «máquina masiva del engaño» que, como explica Albiac, es la acción política. Una máquina que no se ha puesto a funcionar hoy, sino que lleva haciéndolo desde siempre: gloriosas épocas hubo en que incluso lo hacía más a fondo, como veremos en seguida.

El problema no es que en ese inmenso teatro que es la arena pública se engañe, se intrigue y se falsee todo cuanto falsear se pueda. El problema es: engañar… ¿para qué, en aras de qué? El problema no es la voluntad de poder, que decía aquél. El problema es: ¿cuál es la sustancia del poder por cuyo ejercicio tanto se falsea?

No hay sustancia, no hay ningún contenido, dice la teoría liberal que configura nuestro orden democrático. El poder es un cuenco vacío en el que cabe estrictamente todo, cualquier cosa, con tal de que la voluntad mayoritaria lo decida soberanamente.

Así lo proclaman la teoría y la ley. Asunto distinto es que la práctica —a través especialmente de los medios y de la educación— se cuida muy mucho de rellenar el cuenco vacío. Lo hace atiborrándolo con una sola concepción de las cosas —esa papilla materialista e individualista, prosaica y vulgar que tanto conocemos—, mientras relega a la periferia, extramuros de la ciudad, cualquier otra concepción.

Pero no es en eso en lo que quería insistir.[1] Limitémonos a esa ausencia de contenido, a esa insustancialidad que la democracia lleva ahuecada en su corazón. Volvamos a la pregunta de antes. Al combatir en la arena política, al mezclarse uno con su barro, las argucias, los fingimientos y las intrigas son inevitables. De acuerdo, pero ¿con vistas a qué, en aras de qué contenido, de qué proyecto de mundo se intriga y se finge tanto?

¿En aras de nada? ¿En aras del cuenco vacío en que consiste la apariencia democrática? O peor, ¿en aras de esa cosa triste y gris en que se plasma su realidad? Por ello sin duda, aparte de por la santurronería de los tiempos y la confusión entre lo público y lo privado, es por lo que hoy nos resulta más insoportable que nunca el que se mienta tan desaforadamente en el ejercicio del poder.

En otros tiempos (en los del Renacimiento, por ejemplo, de los que en seguida se hablará) también se mentía y falseaba, se intrigaba y traicionaba. ¡Y cómo! Pero no era la nada, no era la insustancialidad lo que alentaba bajo la voluntad de poder de aquellas gentes de otro temple. Era la majestad y la sacralidad, la grandeza y la belleza lo que envolvía al poder y, junto con el poder, al mundo.

Es eso lo que viene a decir Álvaro Mutis en ese luminoso artículo que reproducimos a continuación.

 

En favor de César Borgia

 ÁLVARO MUTIS

Deseo evocar hoy la memoria de Cesar Borgia —Borja para ser más correctos—, duque de Valentino. Fue el más joven de los hijos naturales del futuro Alejandro VI y de Vanozza Cattanei. Lleno de ambición y de energía, desdeñoso de todas las leyes divinas y humanas, con notorias dotes de guerrero y administrador, fue hecho cardenal a los dieciséis años por su padre, que ocupaba ya la silla de San Pedro. Asesinó a su hermano Juan, duque de Gandía, al que sucedió como capitán general de la Iglesia. Aliado con Luis XII de Francia para estabilizar el poder papal, recibió de este rey el título de duque de Valentino —italianismo por Valentinois. Fue luego nombrado por su padre duque de Romagna. Para librarse de sus principales enemigos, los citó con falsos pretextos en el castillo de Senigallia y allí, después de compartir con ellos en un espléndido banquete, los mandó ahorcar. Fue hombre de sólida cultura, dominaba el griego, el latín, el español, el francés y hablaba un catalán recio y sonoro. […] A la muerte de Alejandro VI fue hecho prisionero por el papa Julio II, escapó de la prisión y de nuevo fue encerrado por el gran capitán Gonzalo de Córdoba. […] César Borgia dejó entre los pueblos que gobernara reputación de príncipe severo pero justo. Protegió las artes, fue amigo de Pinturicchio y de Leonardo da Vinci. Sirvió de modelo al texto más importante y duradero que se haya escrito sobre política: El príncipe, de Nicolás Maquiavelo.

He tratado de ser escueto y de relatar, con la mayor objetividad, los hechos comprobados de la vida de esta personalidad radiante del Renacimiento italiano sobre la cual se ha vertido un sucio caudal de literatura barata, de santurronería hipócrita y de oscura necedad. […]

Debe recordarse que este príncipe y guerrero que buscó con avidez el poder y lo logró sin tener en cuenta los medios usados para conseguirlo:

• Jamás dijo a los pueblos que gobernara que su único compromiso era con los desvalidos y con su patria amada.
• Jamás prometió garantías a los banqueros e industriales para desarrollar sus actividades dentro de las normas de la ley y en beneficio de todos.
• Jamás dijo que la liberación de la clase obrera es el gran objetivo a que debe supeditarse cualquier movimiento político, ni ofreció trabajar para establecer la dictadura del proletariado.
• No pensó nunca en algo tan extraño como que todos los hombres son iguales y tienen iguales derechos para elegir a sus gobernantes.

Quiero decir con esto que jamás engañó a nadie sobre sus intenciones, que fueron siempre bien claras y simples: obtener el poder y conservarlo a toda costa.

Sería asunto un poco largo de explicar, pero confieso que prefiero mil veces ser gobernado por el Valentino que por la complicada urdimbre burocrática del Estado moderno, tan sospechosamente interesado en mi bienestar y en el ejercicio de mi personal albedrío. Cuestión de gustos… y de saberlo pensar un poco a la luz de los últimos ciento cincuenta años de historia universal.

Novedades, México, 10–V–1980

 



[1] La cuestión se halla ampliamente desarrollada en mi último libro, El abismo democrático, de próxima publicación.


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COMENTARIOS
jueves, 27 de septiembre de 2018

Habría que distinguir

Sin pretender ser quisquilloso, me parece que la defensa de Borgia lo es del realismo de la ambición política. Ahora bien, dentro de esa ambición hay un modo de gobernar desde la responsabilidad por tus compatriotas (se me ocurre De Gaulle como ejemplo) y otra desnudar tu ambición hasta la exhibición soez, y restregarla por la cara de los que sufrimos los exabruptos de tan grosera vacuidad (ejemplo: Sanchez).

# Publicado por: miguel (madrid)
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