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Eso sí fue educación para la ciudadanía

“Corazón”, Marco y la Institución Libre de Enseñanza


Una de las lecturas predilectas de mi infancia fue Corazón, de Edmundo de Amicis, en la versión española de Hermenegildo Giner de los Ríos. El libro lo heredé de mi padre, que debió de tenerlo de libro de lectura en la escuela nacional. Ya en mi época, 1937-38, no era libro de texto, en mi escuela al menos, aunque me figuro que muchos niños españoles lo leían por lo mismo que yo: por haberlo heredado de sus padres. Es posible que los niños de la era audiovisual supieran de él por la serie de dibujos animados Marco, basada en el “cuento mensual” De Los Apeninos a los Andes. Entre los siete y los diez años nunca me cansé de leerlo y muchos de sus personajes infantiles fueron mis primeros héroes. Por eso, no dejó de asombrarme años después, a mediados de los 40 por lo menos, la noticia de su prohibición como tex
Aquilino Duque

17 de octubre de 2007
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AQUILINO DUQUE
Al niño o adolescente que yo era no se le podía ocurrir anotar el nombre del periódico ni la fecha, pero el recorte lo conservo y dice así: Avila, 1 (Logos). – El Boletín Oficial de la Diócesis publica una disposición del Prelado por la que se prohibe la lectura del libro “Corazón”, de Edmundo de Amicis, como texto escolar por estar repleto de indiferencia y naturalismo religioso y negar la inmortalidad del alma, rayano en el desprecio, para los sentimientos cristianos, haciendo despertar el odio, la crueldad y la venganza.”
  
 
Por lo visto, los niños de la época éramos tan inocentes y tan ignorantes que no veíamos nada de esto en el libro, y esa inocencia y esa ignorancia no las hemos perdido algunos que, ya adultos, no vemos en un sus páginas nada de lo que veía el prelado abulense.   Abro el libro al azar y leo en una de las cartas que al joven autor del diario dirige su madre y que se titula Esperanza. “Domingo, 29. Mucho me ha gustado, Enrique mío, el arranque con que te has echado en brazos de tu madre al volver de clase de Religión. ¡Qué cosas tan hermosas y consoladoras te ha dicho el maestro! Dios, que nos ha arrojado al uno en brazos del otro, no nos separará jamás, cuando yo muera, cuando muera tu padre, no nos diremos aquellas tremendas y desconsoladoras palabras: “Madre, padre, Enrique, ¡no te veré ya más!”. Nosotros nos volveremos a ver en la otra vida, en la que el que ha sufrido mucho en ésta tendrá su compensación; en la que el que ha amado mucho sobre la tierra, volverá a encontrar las almas que ha querido, en un mundo sin culpa, sin llanto y sin muerte; pero debemos todos hacernos dignos de esa otra vida.”
 
La Institución Libre de Enseñanza
 
Corazón es además y sobre todas las cosas un catecismo del Risorgimento, un homenaje a la unidad de Italia, una unidad que se hizo en lucha contra Austria, los Estados Pontificios y los Borbones de Nápoles. Es, pues, explicable que las semblanzas de Cavour, Mazzini y Garibaldi irritaran a un obispo que debió de formarse en Roma antes de los Pactos de San Juan de Letrán, cuando por obra de Mussolini, el Reino de Italia hizo las paces con la Santa Sede. Del nombre del traductor, hermano de don Francisco, cabe deducir que fue la Institución Libre de Enseñanza la que propagó el libro en nuestra patria. Esta traducción, “revisada por el autor, y exclusivamente  autorizada para España y América”, debe de ser la de 1893, pues está hecha a partir de la 44ª edición italiana, aunque ya había otra, de 1887, al año apenas de la aparición del libro en Italia.   Tampoco en Italia se libró Cuore de censuras y críticas. A muchos católicos no les gustaba que el culto de la patria sustituyera al de Dios, un Dios por otra parte que tenía más de Supremo Arquitecto que de Divino Hacedor, ni que las buenas obras se presentaran como rasgos de civismo más que como virtudes cristianas. A muchos liberales humanitarios les disgustaba su crudo realismo y su sensiblería lacrimógena, una sensiblería que les parecía poco viril a los fascistas que juraban por Nietzsche. Eso por no hablar, ya muy posteriormente, en 1963, del gamberrismo de un Umberto Eco en su Elogio di Franti, ya en pleno desenfreno de la inversión de valores que culminó en el 68.
 
No fueron ciertamente idílicas las relaciones de la Institución con la Santa Madre Iglesia, a la que no agradaba ni poco ni mucho su propósito de secularizar la enseñanza. Tampoco se le puede negar un sectarismo que acabó pagando caro, pero aun así no se puede decir que su pedagogía fuese inmoral o nihilista ni persiguiera, como persigue el neopaganismo, una inversión radical de valores.
 
Cuando yo supe algo de lo que significó en su día la Institución Libre de Enseñanza, los peores ataques le venían de la izquierda, y fue en esos años de apertura a sinistra en lo político y de aggiornamento en lo eclesiástico en los que yo quise romper una lanza por ella. Y es que quienes ahora la atacaban, lo hacían dentro de una ofensiva más amplia contra la civilización occidental. Escribía yo entonces: Las ideas pedagógicas de Giner de los Ríos, juzgadas subversivas en su día por el orden establecido, no es probable que resulten demasiado atractivas tampoco para los actuales profesionales de la subversión, aunque sólo sea por eso; por ser ideas y por ser pedagógicas./…/ Frente a aquella mentalidad constructiva, fundada en la razón y guiada por el espíritu, surge esta otra mentalidad nihilista, destructiva y abandonada a los instintos.
 
Con todas sus virtudes y todos sus defectos, Corazón  tenía por finalidad inculcar a los niños de una Italia unida la conciencia de la patria, la religión y la familia y todas esas virtudes que profesa o profesaba lo que Tocqueville entendía que era un liberal: un cristiano que no sabe que lo es. Es así como se “educaba para la ciudadanía” a los italianitos de la Italia risorta, de una Italia orgullosa de su flamante unidad.

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